Cuando ayer conmemoramos –no celebramos- el aniversario de la Batalla de Arica ocurrida un 7 de junio de 1880 y leímos el texto de un documento ilustrativo, nos cupo el enorme privilegio docente y militante de comprender que sí hay un pueblo que reivindica la memoria de sus héroes, abomina de las traiciones de sus gobiernos y vitupera la pusilanimidad de las castas políticas, militares, diplomáticas, gobernantes que, desde 1879, jamás supieron asimilar las lecciones de esa brutal catástrofe y, por tanto, persistieron perdiendo al Perú, de cuando en cuando, hacia los precipicios recurrentes del entreguismo, la venta jugosa y rentable del patrimonio nacional. Los días que corren no son sino muestra palmaria que semejante afirmación tiene asidero. Y, lo que es comprobable, protesta popular.

No fue la revolución de la Independencia proclamada en Lima y parcialmente el 28 de julio de 1821 la que marcó, a sangre y fuego, de manera permanente y profunda, al Perú. Desde entonces hay pueblos enteros en el país que jamás supieron de goces libertarios y siempre, en cambio, padecieron la exclusión, el racismo, el centralismo monstruoso de una capital frívola, constipada de estulticia y plena en taras como Lima. La gran fractura, el trauma fundamental, la herida no sanada, el complejo destructor, fue la guerra de rapiña propiciada por Chile a partir del 5 de abril de 1879 y hasta 1883 en que el gobierno proditor de Miguel Iglesias firmó el Tratado de Ancón que regaló definitivamente –y por acción de las bayonetas caladas foráneas- Tarapacá. Al año siguiente, un Congreso extraordinario ratificó el irreversible entreguismo. Amén que Arica y Tacna quedaron, por el plazo de diez años, en poder del invasor. Como se recuerda el plebiscito de los pueblos, para escoger a qué nación pertenecer, si –como fue siempre- a Perú o bajo el dominio del arrogante vencedor, no se realizó nunca. Y sólo hasta 1929, con el Tratado de Lima y su Protocolo Complementario del 3 de junio de ese año, recién pudo obtenerse la reivindicación de Tacna y la pérdida de su puerto natural, Arica.

De manera que si hay un hecho que solivianta el espíritu nacional peruano ligado a su accidentada historia, éste se refiere inequívocamente a la guerra de rapiña de 1879. Recuérdese que Perú no limitaba con Chile entonces y que nuestras abúlicas y mediocres pandillas gobernantes habían firmado un tratado -1873- con Bolivia. A la larga, éste documento jurídico de cuya inutilidad no hay hesitación posible, nos llevó a una conflagración que mutiló la geografía patria, nos hundió en océanos de sangre y produjo el cataclismo psicológico más traumático de la república.

En el programa radial del martes las llamadas se sucedían con ímpetu sobresaliente, las preguntas plagadas de imprecisiones y mitos menudeaban pero dieron cuenta de una emoción vibrante que inquiría por más y más conocimientos. Es decir el pueblo hablaba de tal manera que alguien nos dijo que habían puesto los altavoces a todo meter en un mercado para que la gente escuchara lo que los políticos, gobernantes, partidos, instituciones múltiples, olvidan por ociosidad pusilánime de enfrentar los yerros del pasado con ánimo constructor del futuro y con el propósito de edificar el porvenir que nos debe victorias que tenemos que arrancar con sabiduría y plenos del conocimiento geopolítico que nos da una tierra ubérrima, con materias primas transformables y premunida de agua y gas, herramientas de negociación de que otros países carecen.

¡He allí un enorme reto! Juntar voluntades, compartir conocimientos, destruir ignorancias, convivir con países tradicionalmente invasores para complementar en la genialidad digna de sabernos iguales, las fortalezas de unos y otros. Transformar odios primarios y elementales en potentes faros iluminadores de las avenidas del progreso e inclusión de todos los pueblos del Perú en un solo fanal, unificado su cuerpo político bajo el concepto integral de país-estado, rector por su situación geográfica y por la simple razón que así lo dictan los conceptos de economía. Inferir un trato equitativo para los habitantes que merecen el estímulo en todas las etapas de su desarrollo, es una obligación ineludible. Bajo la premisa que la dirección política incluye y no excluye. Y que la carga tributaria, quien más gana más paga, es columna de un nuevo Estado y que es hora de cerrar, con ingenio y genio, las heridas del pasado y de imponer el colectivo Perú con los fundamentos de su poder real, de sus 28 millones de habitantes y de una voluntad férrea de liderazgo. ¿No fue eso lo que demostraron como posible los Incas? ¿Y no es un reto contemporáneo a cuya respuesta debemos concurrir masivamente?

La conmemoración y homenaje a los héroes de Arica, su arrojo valetudinario en condiciones de monstruosa inferioridad numérica, su promesa cumplida de luchar y morir por la Patria, ayer en Señal de Alerta, fue un hito del cual no vamos a apartarnos por ninguna razón. El pueblo acaba de confirmarnos que es más sabio que todos los sabios.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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