Los contrasentidos, el absurdo y la mentira se viven en el Ecuador como política de Estado. Un ejemplo claro fue la última reunión del ALBA (Alianza Bolivariana para los Pueblos de nuestra América), que trataría sobre la integración de indígenas y afro descendientes a un modelo de Estado intercultural y plurinacional, pero que se desarrolló en medio de un cerco militar, excluyó y reprimió a la principal organización indígena a nivel nacional. Y no solo eso, sino que el gobierno anfitrión, que dice liderar una supuesta “revolución ciudadana”, acusa de terroristas a dirigentes como Delfín Tenesaca, presidente de la ECUARUNARI, y a Marlon Santi, presidente de la CONAIE, por exigir el derecho de sus pueblos a ser incluidos, a ser visibilizados en el contexto lationamericano. Contrasentido, doble discurso y mentira en que, lamentablemente, parece habérselos hecho caer a Evo Morales y Hugo Chávez, hasta ahora considerados como gobernantes patrióticos, democráticos y antiimperialistas. Justo cuando se conmemoran 20 años del levantamiento indígena en el Ecuador, acontecimiento que dio su partida de nacimiento a la vida política del país a los pueblos y nacionalidades. Justo después de una batalla heroica de las organizaciones indígenas y campesinas en defensa del agua, justo en momentos en que se teje un proceso de unidad histórico de estas organizaciones con el movimiento popular y la izquierda revolucionaria. Es en estos momentos cuando Rafael Correa evidencia la verdadera condición de su gobierno, su verdadera concepción ideológica y política. Correa no representa los intereses de los pueblos y nacionalidades indígenas, se afirma en las posturas derechistas y retoma los pasos de los gobiernos de la oscura y larga noche neoliberal. Correa no representa el interés de los indígenas pero tampoco el de los trabajadores y pueblos en general, más bien les ha declarado la guerra, busca desarticularlos, desacreditarlos, deslegitimarlos a través de una multimillonaria maquinaria propagandística.

“Vivimos un momento especial en el Ecuador, porque abre oportunidades, mientras más insultadas recibimos más fortalecidos nos volvemos, más visibles vamos a ser”, dijo el ex coordinador y líder nacional del movimiento indígena y de Pachakutik, Jorge Guamán, durante un foro sobre los 20 años del movimiento indígena que reportamos en esta edición. Y es cierto, la calificación de la tendencia democrática, progresista y de izquierda, que llevó a la presidencia de la república a Rafael Correa, es una realidad. Es un proceso sinuoso, difícil y que hasta ahora cuesta vidas de valiosos dirigentes, y la libertad de otros, como el presidente de la FEUE, Marcelo Rivera, pero que va visualizando de manera más clara el horizonte de las transformaciones revolucionarias que requiere el Ecuador.

Quienes deben salir ganando en este proceso no son los prepotentes y arrogantes pequeñoburgueses que creen haber cambiado de color su sangre al llegar a Carondelet; son los pueblos, son los trabajadores que generan la riqueza, las nacionalidades indígenas, toda la diversidad popular que se identifica con un proyecto político de cambio.

De hoy en adelante, encuentros como el del ALBA, en Ecuador, contarán con más policías y militares que con gente del pueblo. De hoy en adelante todo espectáculo coctelero que organice el gobierno y en el que se hable de izquierda, de socialismo, no será más que una payasada, un contrasentido que no se compadece con la historia, con la realidad de América Latina. Hoy se afirman más los anhelos de una patria nueva, de la posibilidad cierta del socialismo en el Ecuador, no el del discurso vacuo de Correa, sino el Socialismo científico, el socialismo comunitario, como el que visualizan los pueblos.