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Réquiem por Luis

De lo vivido y lo peleado. Así tituló uno de sus libros este hombre que, con 94 primaveras entre pecho y espalda, se despidió de la vida física. Su impronta residirá siempre en los corazones de las personas que aman y fundan.

| La Habana (Cuba)
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En la localidad de Pelluco, Chile, abrió sus ojos un 14 de septiembre del año 16 en el pasado siglo. Le dieron por nombre Luis Alberto, por apellidos Corvalán Lepe.

Su piel, curtida en los avatares de la vida, conocía de las sombras y humedad de las prisiones. ¿Delito? Ser revolucionario. Tras la batida que sacó al Partido Comunista Chileno (PCCh) de la circulación, en 1947, fue confinado a los campos de concentración de Pitrufquén y Piragua. Gobernaba el país entonces Gabriel González Videla (1946-1952).

En la fecunda existencia de su vida ejerció el difícil y riesgoso oficio de periodista –también escritor—. Antes de convertirse a la política, sus reportajes y artículos aparecieron en los libelos Frente Popular y El Siglo. Siempre por delante el verbo agudo, filoso, contra todo lo que conspirara contra el bienestar de su amado pueblo chileno.

Hacia 1950, es designado miembro del Comité Central del PCCh. Ocho años más tarde es elegido, hasta 1990, como secretario general de la organización partidista. Calificado como dirigente emblemático, la muerte le impidió finalizar su último libro, precisamente sobre la historia del Partido Comunista en la austral nación.

Durante el gobierno de Salvador Allende (1970-73), se desempeñó como senador y colaborador del mandatario. Al producirse el golpe de estado del 11 de septiembre por el genocida Augusto Pinochet, es aprehendido nuevamente y enviado a otro campo de concentración en la Isla de Dawson. Allí, en 1974, le fue otorgado el Premio Lenin de la Paz.

Durante el cautiverio guardó prisión, además, en los centros de tortura de Ritoque y Tres Álamos.

Ante la notable presión y condena internacional, Corvalán fue liberado en 1976 y deportado hacia la antigua Unión Soviética, nación en la que residió como exiliado hasta 1988, cuando regresó a Santiago de Chile. Transcurrirían aún dos largos y tristes años en su natal terruño bajo la zarpa de Pinochet.

“Lucho” o “Patitas cortas” fueron los motes que sus compatriotas le endilgaron. En lo personal, fue amigo del líder cubano Fidel Castro y del Guerrillero de América Ernesto Che Guevara y de su coterráneo y colega Pablo Neruda.

Carmen Hertz, abogada de los derechos humanos, añora que se le recuerde como fue: “hombre que contribuyó a que la sociedad chilena fuera más justa, más democrática, más solidaria; como hombre de grandes convicciones”.

El diputado del Partido Comunista Guillermo Teillier, asegura que Luis "siempre se daba mañana para buscar los acuerdos con la gente", y agrega: "fue un luchador desde muy joven".

Luis, Lucho… en fin, como quieran llevarte de la mano los chilenos. Réquiem por tu fecunda, valiente e imperecedera obra. La gente no te deja solo ahora, en tu nueva vida.

Agencia Cubana de Noticias

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