A tenor de los acontecimientos recientísimos ya es posible otear de qué magnitud será el descalabro del oficialismo en la contienda presidencial del 2011. Baste con recordar qué ha hecho el grupo que rodea y revolotea alrededor del señor Alan García Pérez: ¡retirar con terror de muerte la candidatura a la alcaldía de Lima de Carlos Roca Cáceres!

¿Maneja el presidente alguna bola de cristal que le permita afirmar categóricamente que sólo llegará su colectivo al 1%? A nadie es desconocida la decencia y acrisolada honradez del mandatario como para suponer que guarda o conserva trabazón íntima con cualquiera de las encuestadoras. ¿No es cierto?

El soldado. como se auto-define Carlos Roca, hace escaso favor a los hombres de uniforme, una de cuyas tareas, acaso la fundamental, estriba en pelear y mostrar coraje, ánimo, enteriza capacidad de ser hombre o mujer en toda circunstancia y de rendir en el triunfo o en el sacrificio, la vida si fuera necesario. Como todos han visto, el metal de que está constituido el ex embajador no es de acero, sino de hojalata. Ni en la más abyecta imaginación, salvo la de mercenarios, cabe el mangoneo y el cuarto de hora de audacia para tanto nadar y ahogarse en la playa. Sin pena ni gloria, huérfano de candidatura, aquél sobrevive carente de prestigio –si alguna vez lo tuvo-, ayunante de la más mínima molécula de la bizarría de un Manuel Búfalo Barreto, Manuel Arévalo, Manuel Serna, Agripina Mimbela, Luis Negreiros o cualquiera de las decenas de miles que a partir de 1930 transitaron los tres caminos clásicos que entonces se abrieron a los peruanos: encierro, destierro o entierro, el sino de sus vidas en la lucha por la justicia social.

Entonces es posible, inequívocamente, concluir que el señor García Pérez posee una voluntad de fracaso. En buena cuenta esa ha sido su tarea primordial desde hace más de 25 años: destruir al movimiento que lo cobijó y le dio sus votos para llegar en 1985 y 2006 a la presidencia. ¿De qué otro modo puede entenderse la dinámica que apareja el todo vale, los cuchillos largos, la puñalada artera que fue constante desde entonces en su agrupación partidaria? En proporción simétrica con su ascenso meteórico a lo Carlos Andrés Pérez (la grita popular recordaba al ministro venezolano: ¡Este hombre sí camina, deja un muerto en cada esquina!), hay que evocar tan sólo cómo la fraternidad aprista se quebró y lo que debió ser triunfo en 1980 devino en catastrófica derrota por más de 700 mil votos ante Fernando Belaunde apenas a un año de la desaparición física de Haya de la Torre.

Si el partido se reduce, tal como lo anuncia el jefe de Estado, a la expresión ridícula del mínimo guarismo porcentual en Lima, no deberá causar sorpresa que en el resto del país, los números sean igualmente miserables. No es casualidad, entonces, que la pugnacidad de Alan García esté procurando, como antaño, barrer los escombros de la otrora portentosa maquinaria política, la más importante de la historia política del Perú, el Apra.

¿Y para qué todo esto? Muy fácil, el Mesías adviene salvador y prodigante de estímulos y alientos que sólo él puede crear con ilusión en el resto del electorado. Cierto que bajo la premisa que él y no otro, es la savia milagrosa o la piedra filosofal que puede salvar al Perú. Hay megalomanías nocivas y que sólo florecen en océanos de mediocridades. Alan triunfa en ausencia más que por competencia y por la simple razón que tiene deudores robustos a quienes conoce no la hoja de vida sino los prontuarios de cuyos escándalos hay muestra suficiente entre 1985-1990 y el 2006 a la fecha presente.

¿Para qué existe un partido político? Obvio: para la toma del poder. Pero bien advirtió Haya de la Torre: el camino a Palacio se compra con oro o con fusiles.

Huir con premuras asustadas de la competencia electoral es la primera condición vedada para cualquier agrupación. Hacerlo implica no sólo confesar la cobardía de someterse al escrutinio de las ánforas sino también proclamar la miseria moral de quienes así actúan. ¿Y dónde está la taifa partidaria que acompaña al señor García Pérez?: en Palacio. Caídas hondas del alma que cantaba el poeta.

No sólo llegó a Palacio el señor García Pérez. También, y esta es su genuina herencia doctrinaria, matrimonió sus administraciones 1985-1990 y 2006 a la fecha, como las estaciones de la corrupción masiva, del escándalo sin castigo, de la componenda y la claudicación. Preguntado cualquier ciudadano por la palabra Apra ¡casi de inmediato la vincula con la monra, la estafa, el robo, la ratería! Es decir, muchos millones de ciudadanos creen que todos los apristas son malhechores y hampones.

Día que pasa, día que trae la evangélica que empiézase a distinguir el aprismo como doctrina y comportamiento cívico del alanismo cuyo significado no guarda misterio alguno.

Es innecesario ser agorero o pitoniso para advertir que ¡Ni Cristo, con falda o sin faldas, salvará al oficialismo el 2011! Debiera saber la bella ministra Aráoz que el Cristo mítico y revolucionario desalojaría, látigo en mano, a los mercaderes del templo!

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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