Lo quise contestarle porque temía que se fuera a disgustar y alterar las magníficas relaciones de amistad que mantenía con toda la familia Gutiérrez Concha-rememora el doctor Franklin Tello Mercado- pero mi opinión es totalmente diferente. Cuando yo era niño, la provincia de Esmeraldas era un mundo aparte, era un mundo fuera del Ecuador”. El retrato costumbrista continúa así: “La población de Esmeraldas era en un 50 % auténticamente negra3. Y esos hombres negros eran castigados, apaleados, puestos en cepos por más de 24 horas, se les daba látigo y se les cobraba multas y odiaban con todas sus fuerzas a los blancos provenientes de la Sierra y especialmente a las autoridades. De tal manera, que cuando se inició la Revolución, Carlos Concha encontró un terreno abonado, una especie de pajonal al cual bastó con arrojarle un fósforo”.4 Que nadie olvide la trinidad motora de una guerra: “… el odio, la enemistad y la violencia primigenia de su esencia…”

Las rebeliones armadas suelen comenzar por el ataque a cuarteles y la didáctica del convencimiento tiene ideas y pretextos tan sólidos que los historiadores de rumbo independiente suelen aceptarlos de buena gana. Siempre fue así y esta también tenía otro propósito y no era el que se comunicó a los coroneles y políticos liberales. Dizque “era para reconquistar el honor, ahuyentar las desgracias del liberalismo y desquitarse por el arrastre de Eloy Alfaro y sus compañeros”. Dicho así un temblor de simpatías debió sacudir a quienes creían que la Revolución de 1895 tendría una segunda oportunidad en el Ecuador. A los tiros de septiembre de 1913, Carlos Concha los justificaba como rebelión armada para encontrar otros medios políticos para una nueva gesta liberal y no la emancipación ilimitada de los montoneros negros. O sea las proclamas revolucionarias tuvieron tono y énfasis de otras proclamas contra gobiernos más o menos parecidos. Nada nuevo, pero motivador para los nostálgicos alfaristas y las protestas armadas ocurrieron en algunos puntos de la Costa y con menos importancia en la Sierra. Los pregones son la viva literatura política de los coroneles liberales que están fuera del Gobierno y se resienten a la intemperie del alejamiento del poder. En las proclamas no se mencionan los padecimientos del concertaje y las restricciones sociales y económicas de los afroecuatorianos de Esmeraldas y del país; el total político del liberalismo obviaba las particularidades culturales de los avatares bélicos. Las cicatrices del alma ni siquiera son eso; en realidad, son mataduras emocionales incurables. El apelmazamiento emocional fue el elemento irrenunciable ese 24 de septiembre de 1 913 y lo sería más allá de esa fecha. “Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles”5. Las guerras no son hechos aislados o emprendidos por súbitas revelaciones, hay como una prolongada fermentación del ánima colectiva hasta el punto clave emocional. ¿Cuándo comenzó esa fermentación? ¿Cuándo comenzó esta andadura hasta el día en que “la vida no vale nada”? Dicho así: “no vale sino es para perecerla por aquello que se quiere y ama”6. Los montoneros tenían un conteo infinito de vidas faltantes que debían exigir redención por cada una de ellas: la esclavización, aunque para unos pocos casos fuera menos feroz. La continuación de la esclavitud, aun después de la independencia, sin que se detuviera durante las primeras décadas de la república y la prolongación del cruel concertaje después del triunfo de la Revolución Liberal de 1895. Esas vicisitudes, por el costado más trágico, estaban cosidas en el paño genético, revivían en los sueños sin descanso y por el sistema de oralidad habían ahuyentado el olvido. Ningún olvido alcanzaba a desaparecer la montaña de malos recuerdos que acongojaba a cada uno de los que se apuntaron para esta guerra que jamás fue de Carlos Concha, si bien es innegable su liderazgo político y militar.

El 25 de Julio de 1 851, se firmó en la Casa de Gobierno de Guayaquil, el Decreto de Manumisión de los Esclavos, por el Jefe Supremo, José María Urbina. En el Artículo 1º del Decreto gubernamental se mandaba: “Mientras el Gobierno se procura fondos necesarios, para dar libertad a los hombres esclavos, queda exclusivamente afectado a este objeto, desde la publicación del presente Decreto, el producto libre del ramo pólvora”. Se logró reunir unos 400 mil pesos durante cuatro años. Una bobería, si se calcula que, para 1 747, la fortuna de los Jesuitas, a fuerza de esclavizados, era de 4 millones de pesos. Es posible que cientos de esclavizados murieran trabajando para acumular esa riqueza. El Decreto creó las Juntas Protectoras de la Libertad de Esclavos y autorizó que cada vez que se reunieran 200 pesos “de este fondo se procederá a dar libertad al hombre esclavo de mayor edad, por avalúo”.