Red Voltaire
Entrevista exclusiva al escritor Enrique Medina

Buenos Aires vista por el autor de “Las Tumbas”

(Por Gabriela Sharpe).- El escritor y periodista Enrique Medina describe en sus obras la cotidianidad de Buenos Aires con un estilo narrativo de una crudeza expresiva excepcional. En 1972 publica su primer novela, Las Tumbas, que durante años figura al tope de la lista de libros vendidos.

| Buenos Aires (Argentina)
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Enrique Medina

En Sólo Ángeles, Las Hienas, Las Muecas del miedo, por sólo citar algunos títulos de su autoría, aparece la ciudad con sus personajes marginales (pajeros, prostitutas, rengos que no son cojos, coperas, etc) que caminan por Corrientes, levantan minas en Lavalle, se sientan a contarse los fracasos de sus vidas en los bares porteños.

A través de una visión áspera y provocadora, el lector de sus novelas padece y sufre la ciudad. Con una narrativa agria, descarnada, nos lleva a conocer la Buenos Aires real, sin maquillajes, la de todos los días.

En esta entrevista con www.buenosairessos.com.ar el escritor Enrique Medina nos invita a conocer su mirada sobre la ciudad.

- ¿Qué es el barrio para usted?

- Un barrio es el alma de un grupo de gente. Gente que se pone de acuerdo para crear una mitología que los trascienda.

- ¿En que barrio vive en la actualidad?

- Hoy vivo en Barrio Norte. Y ayer viví en La Boca, Caballito, Almagro, Devoto, Caseros…

- ¿Qué personajes recuerda de su barrio?

- Recuerdo un montón de personajes del barrio. Incluso lo he narrado en mi novela LAS TUMBAS, el verdulero, el sifonero, que pasaban con sus carros tirados por caballos, y vendían casa por casa. Todos los comerciantes eran personajes per se: el peluquero, el carnicero, la panadera, etc.

- ¿De no vivir en ese lugar, qué otro barrio elegiría y porqué?

- Viviría en un barrio tranquilo, cosa que hoy es imposible por la delincuencia criminal existente. Lo mejor sería en una casa y no en un departamento donde uno vive prisionero de administradores y porteros.

- ¿Cómo describiría el barrio?

- Un barrio se describe a través de su gente, de sus costumbres, sus edificios, iglesias, cines (que desgraciadamente ya han desaparecido en los barrios), comercios, parques, etc…

- ¿Es cierto eso de la "solidaridad" de la gente de barrio?

- Sospecho que en los barrios no sólo la solidaridad va sobreviviendo como puede sino además, las buenas costumbres, el respeto y la educación que en otro tiempo fueron emblemas que caracterizaron no sólo a los barrios sino a toda la argentinidad, hoy desgraciadamente todo eso no es más que un hermoso recuerdo.

- ¿Qué es lo que más le gusta de la ciudad de Buenos Aires? Porqué? ¿Y lo que menos le gusta?

- Me gustaba más el Buenos Aires prometedor de cuando yo era un pibe, un Buenos Aires de gente respetuosa, educada que era una pinturita, más que el actual, lleno de droga y sin valor humano ni respeto ni nada que valga la pena rescatar como encantador. Y ni hablar de las veredas y la suciedad que nos domina…

- ¿Se puede catalogar como culta a la sociedad porteña?

- Sí, el porteño es culto. Ahora si la pregunta se refiere al grado de cultura, habría que ver con qué nos comparamos, para saber si somos muy cultos, poco o nada. Pero conociendo algo de mundo, me animaría a decir que dentro de toda la lacra lastimosa que ofrecemos, sí es posible afirmar que aún tenemos un buen nivel cultural. Siempre hablando de un promedio, claro.
- ¿Qué características tiene el porteño?

- Las características del porteño son tan diversas como diversos pueden ser los enfoques y los que arbitren. Una vez Leopoldo Marechal me dijo que él podía estar en cualquier punto del planeta y con sólo ver a una persona de lejos, se daba cuenta de si era o no argentino. No le creí porque no me dio mayores precisiones. Hoy le creo, porque yo también puedo darme cuenta desde lejos si una persona es argentina o no, pero sin dar precisiones, claro.

- ¿Los bares siguen siendo una "institución" para los habitantes de esta ciudad?

- Los bares que quedan sí siguen siendo gracias a Dios una institución. Lamentablemente el modernismo de Macdonald está demoliendo la tradición en función de las lacras de moda.

- En su literatura siempre aparecen bares, ¿cómo los definiría?

- Definiría el bar como un refugio, como un oasis, como el reposo del guerrero. También como el confesionario de la iglesia. Se entra al bar cargado de fatiga y se sale restaurado. Para mí, los bares fueron como mi hogar. Supe elegirlos y ellos me protegieron para que yo pudiera inclinarme sobre sus mesas y desarrollarme como escritor. Gracias a los bares aprendí a ver personajes, a distinguir la buena gente y a los crápulas, a los delirantes, a los soñadores, a los traidores…

- ¿Usted escribe en algún bar particular?

- Mis bares preferidos fueron La Giralda de avenida Corrientes, La Academia de Callao y Los 36 Billares de Avenida de Mayo. En ellos escribí parte de mi obra y jugué billar y ajedrez. Pero el bar que más quiero es el Carlos Gardel de Entre Ríos e Independencia, porque en él me reunía con los mejores amigos que tuve y que el tiempo y la vida fueron dispersando irremediablemente.

- En su obra literaria describe a una Buenos Aires descarnada, con todas sus miserias a la vista. ¿Fuera de sus novelas usted ve así a la ciudad?

- En mis novelas los bares de Buenos Aires son fundamentales, y si he mostrado sus momentos descarnados también rescaté su costado de pureza. Al menos eso creo.

- ¿Podría definir a Buenos Aires con un olor y con un color?

- Es difícil definir Buenos Aires con olor y color, hasta la cacofonía que produce la interrogación llaman a descanso. Pero un intento serio tendría que compendiar muchos factores ineludibles. Porque uno sería el color del verano y otro el del invierno; como distinto sería el olor de la mañana al de la noche. Un olor tiene el parque Rivadavia que alegró mi infancia y otro distinto la Plaza Mayo (no de) bombardeada en el 55 cuando con unos compañeros de las tumbas decidimos ir para ver qué pasaba… Lindo sería elegir el azul y el blanco de nuestra bandera, y el olor del café con leche temprano en la mañana, o el asado o el puchero que nos caracterizaron cuando éramos un país… Y me viene a la mente aquel hermoso poema de Borges dedicado a Manucho Láinez donde en el verso final le dice: “Alguna vez tuvimos una patria ¿recuerdas?... Y la perdimos”… Hoy todo eso desapareció y sólo queda el sucio y mentiroso color rojo-sangre, y el olor a mierda (con perdón a quien lea esto, pero no hallo un sinónimo más adecuado) que nos asfixia a todos los que amamos nuestra querida tierra mancillada.

Fuente
Buenos Aires SOS (Argentina)

Gabriela Sharpe

Periodista de la revista cultural Despierta Buenos Aires.

 
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