El fundador del Partido, Víctor Raúl Haya de la Torre, instituyó una celebración discreta, libérrima y personal para los militantes del movimiento: el jubileo. Por decisión propia cada aprista podía dejar de serlo y sentirse a su libre albedrío, sin ataduras ni obligaciones. Era una especie de auditoría moral que revisaba pros y contras y el militante o líder optaba por irse. O por quedarse. A lo largo de cinco décadas, el primer reinscrito casi siempre fue Haya.

Puesto el Apra en las misérrimas cifras que el comicio edil le ha otorgado, al fondo de la cola, en la soledad infructuosa de espantosa mediocridad política, el edificio partidario abunda en óxido y también en inexplicables fortunas dinerarias que tienen que ser explicadas. Si es que la monra, la exacción, el aprovechamiento avieso o el robo a secas, permiten alguna elucubración razonable. Por tanto, como el fenómeno de nuevos ricos sólo atañe a quienes han estado en la cosa pública, al Partido no le vendría mal una especie de auditoría económica para todos y cada uno de los funcionarios que han estado en la administración estatal desde el 2006.

Hasta 1985, el Apra había gobernado en municipios provinciales y distritales, gobiernos locales, Congreso, colegios profesionales. Manejó millones de soles y todas las acusaciones de malversación, que las hubieron, cayeron en saco roto. Hasta ese año, punto de quiebre, podíase detestar al aprismo pero era imposible llamarles o apostrofarles como ladrones. Por coincidencia, todo cambió ese año, fue entonces que el señor Alan García Pérez ganó el comicio nacional y se hizo de la jefatura de un gobierno voluntarista que produjo en su quinquenio aberraciones mayúsculas y de las que el mismo García no salió muy bien librado que digamos.

Recordemos con señalada puntualidad: Víctor Raúl, cuando presidente de la Asamblea Constituyente, cobró S/ 1 (un sol) mensual por el ejercicio del encargo que más 1 millón 200 mil peruanos le responsabilizó en 1978. Murió el 2 de agosto de 1979 en casa fraterna pero ajena. Su única riqueza fueron los libros que forajidos, años después, robaron y vendieron al peso. Ni siquiera el terreno de su tumba, en el cementerio de Miraflores, en Trujillo, fue de su propiedad sino de la honorable familia Burmester. En buen castellano: Haya fue un hombre que maldijo a quienes habían hecho de la política vil negociado culpable. Y se fue como vino, sin riquezas materiales ni millones mal venidos o fabricados en negocios, comisiones o exacciones.

Preguntar si sus supuestos herederos continuaron esa tradición cívica de enorme ejemplo, puede resultar incómodo a quienes tienen que responder de subitáneos cambios de domicilio, prendas de vestir, automóviles, viajes al por mayor, diplomas honoríficos y negociados, medallas burdas y dudosos méritos por regalar a precio de feria vastos sectores del patrimonio nacional sin rubor y huérfanos de cualquier clase de dignidad.

Entonces, si el Apra quiere reverdecer viejos laureles de combate, tiene por fuerza histórica que responder, ante sus propios afiliados, las bases, y con argumentos convincentes y documentales. La auditoría económica a todos, sin excepción, los que han sido funcionarios durante el gobierno que se inicia en 2006 y que deja la posta en julio del 2011, deviene imperativa, ineludible. Quien no la debe, no la teme: el que no robó, ni se apropió de bienes ajenos, ni permitió barbaridades o abusos, puede estar tranquilo y someterse al juicio ciudadano que le reclama cuentas de qué hizo a favor del pueblo durante su mandato como funcionario.

Nada es más satisfactorio para una organización que encontrarse en la limpieza de su trabajo y comisión política y por las mayorías nacionales. El pueblo sabe reconocer al funcionario honesto, sus méritos y alabarlo y regocijarse de su tarea. Como también está capacitado para escudriñar, verificar y castigar a los rateros que hicieron de las suyas con el dinero público. ¿Quién puede oponerse a rendir cuentas ante el supremo tribunal de sus bases que urgen de información veraz y oportuna?

Dos gobiernos del señor Alan García Pérez han bastado para aniquilar las credenciales de transparencia que lució por décadas el Partido Aprista. En apenas esos dos lustros, el mismo señor ha tomado rumbos absolutamente distintos, contrarios y ajenos a la doctrina e ideología de su fundador Haya de la Torre. Una especie de destructor compulsivo, a sabiendas de la letalidad de su conducta, sólo se ha servido del Apra como plataforma de sus ambiciones desbocadas y vergonzosamente pro-patronales. El castigo, la repulsa, el odio en contra, lo asumen las bases que sólo comprueban que vastos sectores populares detestan a sus candidatos que pierden los comicios en todas partes.

Tiene oportunidad extraordinaria el Apra de limpiar de alimañas y delincuentes su organización. Un jubileo moral y económico, es un asunto vital; un reclamo de abajo a arriba, democrático y regenerador. La otra opción es desaparecer en océanos de acusaciones por impudicia, falta de honradez y por formar parte de la consuetudinaria y condenable estafa política contra el pueblo del Perú. En buena cuenta, en apenas diez años, aniquilar el esfuerzo que por décadas Haya y miles de hombres y mujeres levantaron como protesta y rumbo revolucionario de los más pobres.

¡Todo aquél que se niegue, militante o dirigente, a rendir cuentas, es un traidor!

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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