por Guillermo Olivera Díaz; [email protected]

20-10-2010

Los que se suceden presidiendo la religión católica y que se llaman Sumo Pontífice o Papa, siempre hablan del hambre de pan que siente el pobre -aún después de haber comido-, sobre todo cuando están frente a una multitud de hambrientos producto del desempleo, la incultura o su inmerecida pobreza. A la vez, pese a su inmenso poder, no se preocupan por soluciones de fondo, ni las intentan liderar, pues conviven con la injusticia social que reina en la faz de la tierra. Desde el púlpito prefieren endiosar la limosna y predican con su ejemplo, pidiéndola.

Además de esta sentida necesidad, hoy en día inunda en el globo terráqueo el hambre de poder, como canonjía; que lo viven también los pobres aquellos, como errada solución a su pobreza y, en particular, los ricos con enriquecida viveza criolla, los conocidos cacos y muchos otros bribones de la enmohecida clase política, siempre actual, en busca de hipertrofiar su ya descomunal riqueza o saciar su recusante torcedura moral.

No se trata del apetecido poder a secas, como ejercicio de autoridad sobre el administrado o el tesoro público; de larvado dominio sobre los demás, quizá en el seno de la propia familia; de despliegue de notoriedad ante otros; o, psicopáticamente, de ser el centro en el barrio, distrito, provincia o país, sino del poder ultramontano, visto también como canonjía: poco trabajo, mucho provecho económico, donde los gobernados pagan el canon. Sin ella todo el conseguido poder sería torpe ilusión, aunque ingrediente central del ego, que la presidencia del país para los Alan García, que abundan, es la feliz oportunidad de su manifiesta eclosión.

Por este inhumano apetito buscan las decenas de miles de candidatos las alcaldías distritales y provinciales y sus correspondientes regidurías; ser presidente o consejero regional es su ambición. Los que no son ricos prestan dinero, se endeudan, venden o hipotecan su casa o se financian en sus sueños, arrullados por sus parejas ocasionales o permanentes, con la almohada de muda testigo. Los que lo son o tuvieron mandato anterior conocen de sobra una y mil triquiñuelas. Es una “inversión” de nuevo se dicen.

La presidencia del país es otro final y apetecido recodo para los menos, cuyos nombres se repiten año tras año, antes de haber sido propuestos por sus merecimientos; como Keiko Fujimori, con calculada antelación, pintan su nombre en los cerros, sobre las piedras de los ríos, en las paredes de modestas casas y al borde de todos los caminos, para todo lo que necesitan un ejército de rentados operadores, con una costosa logística de vehículos y materiales.

¿Cómo lo financian, si el país es inmenso? Sólo el padre de Keiko lo sabe; también Alejandro Toledo, si echa pluma a lo que significa vender al extranjero 4.4 trillones (sí, los trillones están después de los billones; éstos después de los millones; y éstos tras los modestos miles) de pies cúbicos del gas de Camisea, a un precio de regalo que incremente la comisión; y, por supuesto, los Castañeda y Kouri, luego que han ejercido el poder local y provincial por muchos años, administrando miles de millones de dólares de presupuesto, con superávit pro bolsillo. La atraillada, y vendida, también por publicidad, prensa escrita, radial y televisiva se encarga del resto. El pueblo, con su resultante ceguera, no logra separar la paja del trigo; simplemente vota por quienes van de punteros en las encuestas que alguien paga.

Estos que se arrastran por el poder como canonjía, desde mucho tiempo atrás, se autodesignan y se publicitan; hacen malabares para devenir candidatos; son capaces de lo peor para serlo; o el papá encarcelado desde Chile mientras extraditado la designa y en cárcel peruana la ratifica, caso Keiko; empero unos y otra, se ufanan de la democracia interna (recuerden a los Kouri y Barba que defendían la elección interna de bases inexistentes) y, en su momento, los jueces electorales cierran los ojos. Tal como los jurados electorales “especiales” y los miembros del Jurado Nacional de Elecciones del Perú que con desparpajo anticipan sus fallos. Todo en nombre de la “justicia electoral”, con autoridad de cosa juzgada irrevisable.

Al lado de los seres de esta parentela están otros de la misma pollada, lechigada o camada que también buscan el poder. Aquellos que se hacen nombrar ministro de algo, director o gerente, administrador o jefe de sección. Arriban también aupando al Poder Judicial y son jueces de primera, segunda o de la Corte Suprema. Buscan así ujieres, secretarias privadas, vehículo oficial con chofer a la mano y la posibilidad del celular y los gastos de administración pagados por el Estado. El bolsillo particular crece, pero no gasta, porque guarda pan para mayo, para los tiempos de reelección.

Con semejante status social, estado o condición poderosa, admirada por los demás, ya tienen la comilona de convite asegurada, cuyo whisky etiqueta azul corra a cargo de Palacio de Gobierno, como era usual en el ebrio Alejandro Toledo que cochinamente cogía el trozo de hielo con su pelada mano para meterlo en su vaso. Para él los adminículos sobran.

Finalmente, con la faltriquera gorda, término grato a nuestro buen amigo y admirado periodista Herbert Mujica, o sea, con los bolsillos llenos, les resulta difícil desprenderse o destetarse de por vida del poder político. Por eso la reelección en el cargo siempre es su norte, como lo fue para Fujimori, Alan García y ahora lo es para Alejandro Toledo, aunque se haga el cojudo de esconder su evidente apetito de poder y de regalar aún más el gas que falta para el actual consumo interno o de recomprar nuestra deuda externa, vía “bonos soberanos” que esconden millonarias comisiones.

¿Recuerdan que tenía la misma engañifa como táctica el Alberto Fujimori que buscaba, con tamaña desmesura, un tercer mandato el año 2000, asesorado por Montesinos?