El orgullo nacional requiere una historia

por el contralmirante Hugo Ramírez Canaval

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13-10-2010

Los peruanos deberíamos tener un Objetivo Nacional único: “RECUPERAR LA SITUACION HEGEMONICA EN ESTA PARTE DEL MUNDO”, ésa que teníamos cuando nuestros marinos fueron los primeros de estos mares, que dieron la vuelta al mundo en un buque a vapor; esa situación que teníamos cuando Lima fue la primera capital sudamericana que iluminó sus noches, o la que en 1866 nos permitió auxiliar a los chilenos que según cuenta su propio historiador Francisco Encina, vinieron a pedir apoyo porque su pueblo había entrado en PANICO ante la presencia de la misma escuadra española que los peruanos vencimos solos aquella mañana del glorioso 2 de Mayo de 1866 en el Callao.

Los peruanos tenemos el orgullo nacional dañado porque nuestros estudiantes nunca han escuchado eso del “pánico” por allá, y tampoco eso de la misma escuadra, con el agravante de que se nos cuentan solamente las desgracias de 1879, sin aclarar que esa guerra nos la hizo el poder inglés usando a los chilenos.

El orgullo nacional se reconstruye de mil maneras y poco a poco. Uno de los medios más eficaces –creo yo- es la historia. La historia de nuestros ancestros. Cuando la mayoría de los peruanos seamos conscientes de la grandeza de nuestros antepasados durante la Campaña Naval de la Guerra del Guano y el Salitre, incluidos los actos de valor y profesionalismo de los nuestros frente a los de cobardía o incapacidad profesional de los enemigos, estaremos en capacidad de reconstruir el orgullo nacional que está muy descuidado y no es justo para con la memoria de nuestros héroes.

En estos días en los que el orgullo nacional se está revalorizando sin que los peruanos estemos haciendo nada más que adecuarnos a las exigencias de la vida diaria que el crecimiento nos trae, es tiempo de sentarnos a ver qué tareas debemos asumir para ser actores en esta hermosa misión de reconstruir una identidad nacional acorde con la inigualable herencia que hemos recibido, y que nos permitirá organizar los esfuerzos para alcanzar nuestro Objetivo Nacional único, que en el camino irá generando otros complementarios.

Ahora que los niños peruanos ya no cantan más esa apócrifa y humillante estrofa de “largo tiempo…”, es momento de insistir en que la modernización en el sector Educación, no debe quedarse en la capacitación del maestro, debe incluir que los programas escolares vuelvan a considerar la enseñanza del curso de Historia del Perú, que no siga siendo un apéndice de las ciencias sociales sesgadas. Una historia que siendo realista se escriba sin pensar en que: “a lo mejor no le gusta a… el enemigo”.

Si hablamos de currícula, debemos volver a pedir los valiosos cursos de Educación Moral y Etica, así como ese complemento significativo de la Instrucción Pre Militar, que tanta falta nos hacen desde la década de los 70 del Siglo pasado; además –por supuesto- de los que propongan o dispongan los entendidos.

Estamos en el “Mes de la Gloriosa Marina de Guerra del Perú”, una oportunidad especial para levantar la moral de los peruanos, propicia para saludar a los herederos de Grau y para rendir homenaje a los peruanos que en aquella desigual guerra, defendieron el honor nacional luchando en el mar sin medios... ¡Sí, sin medios! debido al tradicional abandono irresponsable de los políticos, que desgraciadamente, se repite en estos días…

El estado de indefensión en que nos encontramos, ha permitido que los halcones del sur, que están desesperados porque se les viene de La Haya el fallo contrario a las falsas expectativas que le han creado a su pueblo, nos están mandando a decir con los políticos, que: “se han armado para hacer respetar las fronteras actuales” que –por supuesto- son las que arbitrariamente han trazado ellos en sus mapas. Tan valientes… pero no dejan de buscar el apoyo de Bolivia ni de “lloriquear” ante Ecuador… ¡Hasta que el presidente Correa ha hablado muy claro y les ha dicho NO!

Es preciso remarcar el hecho de que la mentira hacia su pueblo, es tradicional en los dirigentes chilenos. Una de las que más citan es ésa de que en 1879, 2 países más poderosos invadieron Chile y que ellos ganaron la guerra porque son un pueblo superior. Mintiendo, les han creado esa tradición de prepotencia y altanería que no pueden mantener cuando enfrentan una realidad en igualdad de condiciones. Los peruanos que no conocen eso del “pánico” de 1866, creen que el roto es valiente…

En realidad, no debería importarnos que lo digan; pero es que no es solamente que lo dicen… cuando son varios contra uno, nos hacen demostraciones, como ahora que se encuentran armados como para hacerle la guerra al mismo tiempo a Argentina, Brasil, Bolivia y Perú…¡El problema es de ellos, porque no tienen hombres!

No confían en su pueblo porque saben que solamente son bravucones… Con sus mentiras les han creado algo así como un falso sentimiento de superioridad que tiene eco por el ancestral complejo de inferioridad y las envidias de ese pueblo, que se traducen en odio… ¡Odio solamente para las bravuconadas! Tenemos que decirlo: el hecho es que hombre a hombre, nunca fueron superiores, y eso es lo que me propongo demostrar, en beneficio del orgullo nacional.

El mejor laboratorio para esta demostración lo tenemos en los libros chilenos de historia que tratan de la Campaña Naval de 1879, en la que actuaron hombres, más que máquinas. Por eso creo que la mejor manera de mostrar las valías de nuestra raza, es mostrando las diferencias de hombre a hombre, con quienes –por la historia mal contada- algunos peruanos les permiten ser patanes.

Un problema es que los historiadores de ambos lados, tergiversan la realidad: los chilenos, que a veces cuentan la verdad, pero siempre sacan conclusiones según la conveniencia del propósito nacional de crear una falsa imagen de superioridad sobre los peruanos; por otro lado, mientras respetan la imagen de Grau, minimizan o denigran la actuación de todos los demás peruanos.

En cambio, nuestros historiadores nunca nos cuentan de actos de cobardía o de incompetencia profesional de los chilenos. En lugar de enseñarnos los motivos que podrían alimentar un justo orgullo nacional, se preocupan de contarnos de las derrotas, sin aclarar que esa guerra nos la hizo el poder inglés que estuvo detrás de Chile, armándolos y preparándolos durante 10 años y, además, oponiéndose a que cualquier país nos venda los buques que tardíamente podíamos comprar.

Por esa historia incompleta y mal contada, algunos han crecido con la impresión de que perdimos aquella guerra ante las capacidades de un pueblo mejor, lo cual es falso, como veremos.

Al conocerse la declaratoria de guerra el 5 de abril de 1879, todos los peruanos se prepararon para defender el honor nacional a pecho pelado, sin pedir auxilio a nadie… Los pueblos que tienen hombres, afrontan su destino. Pero no siempre es así… Hay pueblos que no tienen hombres y ante una amenaza, entran en “pánico” y buscan quién los defienda, como ya sabemos que cuenta Francisco Encina…¡Qué diferente sería nuestra vida si siempre se nos hubiera informado que la escuadra española que vencimos solos aquel glorioso 2 de Mayo de 1866 en el Callao, era la misma que 4 meses antes, había causado PANICO entre los chilenos!.

El día que nuestros niños escuchen a sus profesores que les hablan de estas realidades sobre la manera de responder a la hora de la verdad, que tenemos los peruanos y los chilenos, crecerán con otra sensación sobre el orgullo nacional, y se reirán de las bravatas de nuestros vecinos.

Si nos ubicamos en la Campaña Naval de 1879, encontraremos fácilmente, que en el aspecto humano no había comparación.

Para empezar, sabemos que el gobierno chileno no confiaba en sus combatientes del mar, pues, al inicio de las operaciones nombraron a 2 civiles: el abogado Rafael Sotomayor, como ministro de Guerra en Campaña, para controlar al almirante, y a otro abogado Eulogio Altamirano, como Comandante General de la Marina.

Al respecto, el historiador italiano Tomás Caivano dice: “El Perú casi sin marina, tenía marinos valerosos e inteligentes que sabían sacar todo partido posible a los débiles y mezquinos elementos puestos a su disposición, mientras que Chile con una magnífica marina que en otras manos hubiera sido poderosísima, carecía completamente de buenos marinos.”.

Después de varios comentarios relacionados, termina diciendo : “…es necesario forzosamente sacar como conclusión que los capitanes chilenos eran, o infinitamente pusilánimes o infinitamente ineptos e incapaces de concebir y llevar a cabo el más sencillo plan de campaña”.

Las pruebas de incompetencia o las de cobardía en la escuadra chilena, se dieron desde el primer día de la guerra. En la primera semana, llegamos al 12 de abril, cuando se dio un caso patético de cobardía frente al enemigo. En efecto, en aquella fecha sucedió algo que se conoce como Combate Naval de Chipana, cuando el buquecito más pequeño de ambas escuadras, la cañonera peruana Pilcomayo de 600 TM –una bolichera de estos días- con un cañoncito de 70 libras en la proa que disparaba bolitas de fierro que se cargaban por la boca como los arcabuces de Pizarro, persiguió por más de una hora –hasta que le falló la caldera- a la corbeta chilena Magallanes, un buque moderno que tenía 2 cañones de 150 libras –el doble de poder y alcance- y 3 de 70 libras modernos que se cargaban por la culata, como los de ahora.

Tenemos el Parte Oficial del Combate que eleva el Capitán de Fragata Juan J. Latorre, el mejor oficial chileno, Comandante de la Magallanes, que dice en el párrafo pertinente: “Esta lentitud en sus movimientos, nos permitió avanzar ventajosamente obligándolos, además, a emprender en seguida el de caza. A las 11:50 AM se puso de través la Pilcomayo, rompiendo sus fuegos sobre la Magallanes… disparándonos siempre con su cañón de proa… Por mi parte, a fin de no perder lo ventajoso de nuestra posición, no contesté absolutamente los fuegos de la Pilcomayo”.

Con este caso, tenemos un buen ejemplo de la costumbre de sacar conclusiones para mostrar una “superioridad de raza”, dando como victoria una vergonzosa corrida en combate. Sucede que el historiador Luis Langlois repite todo lo que dice el Parte ya citado, y agrega: “Este combate iba a demostrar la incapacidad del jefe peruano y a la vez mostró la pericia y valor del comandante chileno….el éxito corona una vez más a quien arriesga y afronta con valentía y decisión la empresa”.

Otro ejemplo de esa clase de hombres, la tenemos en el Combate Naval de Iquique el 21 de mayo de 1879, día en el que el chileno Condell, comandante de la cañonera Covadonga, nos da otra muestra de cobardía frente al enemigo y luego de vileza, cuando regresa para cañonear a los náufragos de la Independencia, de la que huía.

Veamos lo que cuenta un chileno. El historiador Carlos López Urrutia, dice: “Condell al verse atacado por la Independencia decidió desobedecer las órdenes de Prat y emprender la retirada... More trató de maniobrar con el fin de atacar a la Covadonga con el espolón (el cañón de proa se le había desmontado al 2do. disparo)…la Independencia se varó en el bajo y era tal su velocidad que la quilla quedó destrozada y el buque excesivamente escorado. Condell gobernó de manera que se situó con su buque en la popa del varado, de tal manera que podía cañonearlo a su gusto sin peligro de ser alcanzado…Condell estaba entusiasmado con su victoria tan espectacular y completa…”.

Sabemos que Grau con el Huáscar hundió la Esmeralda y que Prat, el comandante que supo afrontar su destino valientemente, murió en la cubierta del Huáscar, donde cayó a consecuencia del terrible espolonazo. Luego, Grau rescató del mar a 5 oficiales y 57 tripulantes, en los mismos instantes en que Condell ametrallaba a los náufragos de la Independencia, apenas 10 millas al sur.

El historiador italiano Tomás Caivano, relata la persecución y la varadura, y dice: “¿Qué hizo entonces la Covadonga?...cañonear impunemente por más de 40 minutos a los náufragos… ¡Cuál diferencia entre la conducta de la Covadonga y la del Huáscar! Mientras el comandante del Monitor peruano hacía todo humano esfuerzo por salvar a los náufragos de la Esmeralda, el de la nave chilena se encarnizaba contra los igualmente náufragos de la Independencia … asesinándolos bárbaramente…”. Continúa y dice: “Sin embargo Chile celebró semejante acontecimiento como la más espléndida victoria de cuantas fueron conseguidas en el reino de los mares desde la creación del mundo…”.

Con la captura del Rímac, el mejor transporte chileno, acaecida el 23 de julio de 1879, el pueblo chileno se pintó de cuerpo entero, o mejor, diría ¡Se despintó!. Así nos lo muestra la carta del presidente chileno Pinto, a su ministro de guerra en campaña, Sotomayor, que le dice: “La interpelación en el Senado y las escenas vergonzosas acaecidas con motivo de la pérdida del Rimac, me han dejado la convicción de que nunca debimos comprometernos en la guerra.”.

El buque chileno, capturado por la Corbeta Unión, trasladaba el mejor regimiento de caballería chileno, de 300 plazas con sus caballos, cañones, 300 fusiles, 200 mil tiros de munición, víveres, 1000 TM de carbón inglés, documentos, correspondencia, etc. Todos los historiadores coinciden en que los oficiales entraron en pánico y los tripulantes y la tropa saquearon el buque, y en Santiago apedrearon Palacio, tuvo que intervenir la tropa, renunciaron el ministro de Guerra que había sido apedreado por las turbas, así como Altamirano y varias autoridades.

En su Parte Oficial, el Capitán de Fragata Ignacio Gana, dice: “…hice alistar la bandera de parlamento que fue izada y el fuego cesó en el acto... el buque fue entregado bajo parlamento..el honor de las armas de Chile se ha salvado incólume…”.

Es bueno aclarar que el Rímac era un buque artillado, tenía 5 cañones más poderosos que los de la Unión, y el comandante ni siquiera intentó defender el honor de su bandera. La bandera rendida fue entregada por un coronel y 2 comandantes uniformados y bien formados en cubierta, a un Teniente Segundo peruano, quien tomó posesión del buque presa, en nombre del gobierno peruano.

El hecho, es que la captura del Rimac, a espaldas de la escuadra chilena que supuestamente ejercía el dominio en esos mares, fue un resonante triunfo de los marinos peruanos y una nueva muestra de la incapacidad y de la cobardía de los enemigos de entonces, así como de la gran capacidad de mentira de sus hombres.

Estas líneas son la mejor prueba de que hombre a hombre, los peruanos somos superiores, y les decimos:

¡A la razón, con razones…a la fuerza, con más fuerza!