4-1-2011

No pocos rufianes creen que basta que su partido, club electoral o taifa de capituleros, gane elecciones para “tener derecho” a un trabajo. Olvidan, quienes así “piensan”, que el dinero que sirve para el pago a estos funcionarios proviene de un solo fondo: el impuesto del contribuyente y que éste ¡NO SE PUEDE ROBAR! Los colectivos de toda laya han “educado” a sus militantes en la repulsiva práctica que “es lícito” robar el dinero público. Y esa es la primera lección que todo aprendiz a político o a servidor público de la nación está compelido a internalizar de modo inobjetable: ¡el dinero del pueblo es sagrado!

Ganapanes, hampones, iletrados a la par que diplomados, oradores de método y garrulería proficua, técnicos en zancadillas a las leyes y peritos en cómo hurtar dinero público, forman gran parte de la casta política que no distingue entre ideologías o banderías: a la hora de estafar al pueblo ¡todos son iguales! Unos con educación y otros sin ella, la multitud reconoce en la picardía y en la monra, hitos de su “cultura”, momentos estelares de su exacción institucional. ¡Esa es su carrera académica!

¿Por causa de qué no hay un Servicio Político Obligatorio? Quien desee o crea tener condiciones para un cargo de elección popular necesita demostrar capacidad de servicio al público, honestidad hasta con el más modesto alfiler u hoja de papel, carácter para no incurrir en las prácticas nocivas de apoderarse de lo que pertenece al pueblo y, sobre todo, declinar las rutinas de latrocinio que han empobrecido moral y materialmente a la nación. Quien se lance a candidato debe cumplir con un adiestramiento que comience desde lo más simple hasta lo más complicado: desde decir buenos días hasta votar por una ley trascendente.

Por ejemplo, ¿cuántos candidatos recién conocen las calles de los distritos de Lima y sólo por campaña? Entre los aspirantes a la presidencia hay un pelotón de infelices que jamás pisó un barrio popular ni departió con la gente allende y aquende. Acaso empezaron a descubrir que hay peruanos que viven en niveles de miseria que sólo han visto en películas. ¿Cuántos vieron más allá de las avenidas principales que alguna vez transitaron en sus autos?

Una ley que debiera dar el próximo Congreso debía instruir como requisito fundamental que las agrupaciones políticas se conviertan en escuelas de funcionarios de múltiple nivel, con dominio de la geografía nacional, quechua-hablantes y premunidos de intensos conocimientos de la historia del Perú, su ubicación geopolítica, su circunstancia de disputa internacional con el juicio en La Haya y aleccionados que se llega al puesto público para servir a la nación y no para robar. La premisa de esos cursos necesariamente tendría que ser: ¡Robar es un crimen!

Me dirá alguno de esos pesimistas profesionales que encuentran pero a todo: ¡eso es imposible! El de más allá afirmará ¿y quién moraliza a los moralizadores? Y hay que responder con la sabia sentencia que escuché muchas veces a Haya de la Torre: ¡no hay que pensar cuánto va a costar hacer una cosa, sino cuánto va a costar no hacerla!

Y a propósito del otrora Partido del Pueblo: ¡es hora que licencien a ese conglomerado informe de logreros mediocres que vive hace 20-30 años del erario nacional en el Congreso, municipalidades y puestos que se heredan de padres a hijos! Antaño era fácil colegir la calidad de sus líderes y la fortaleza moral de que eran dueños. Su fundador, Víctor Raúl, murió pobre en casa ajena y prestada y con sólo la riqueza circunspecta de los derechos de sus libros. Los actuales destructores de ese partido sólo ostentan prontuarios y cobardías a cada paso y carecen del elan fundamental de cualquier revolucionario en pro del cambio social y apenas si son langostas en búsqueda de campos que arrasar.

El Servicio Político Obligatorio, al modo de un cernidor, ayudará a separar al delincuente del ciudadano limpio que sí necesita la patria. Nadie que esté huérfano de este renglón académico y nacional, podría acceder a puestos públicos. El dinero del contribuyente paga el sueldo de estas personas, por tanto, es obligatorio y mandatorio, cuasi natural, que el mismo pueblo instale requisitos inexcusables para sus empleados. ¡Y si no sirven, a la calle! ¡O a la cárcel!

¿Ha visto una idea tan simple como ésta en boca de cualquiera de los candidatos? Sospecho que la respuesta es objetivamente una sola: ¡no!

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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