¿Qué hace tanto idiota, año tras año, lustro tras lustro, década tras década, en el Congreso calentando butacas o en las inmediaciones merodeando Palacio? ¿Qué, no pueden servir desde otros puestos con patriotismo y honestidad al pueblo peruano? ¿O son otras las fórmulas no confesadas -pero reales, demasiado reales- las que impelen a hacerse viejos –y siempre mediocres- cobrando de la cansada ubre del Estado? La verdad genuina, raigal y maciza es que los sangrones han hecho del palco público un modus vivendi y cada quien se transforma en ministerio de favores con patas, escalafón de tarifas, batallones de asesores y tropas de secretarias. ¡Así de simple! La fórmula mexicana de la Constitución de Querétaro de 1917 bien admoniza con severidad: ¡Sufragio efectivo, no reelección!

Los congresistas y presidentes sólo deben serlo por una vez y luego sus enseñanzas deben revertir, como pago a las colectividades que les llevaron a cimas altas, en forma de adiestramiento a los más jóvenes para asegurar un futuro genuinamente renovador, de empuje y savia, de contenido, retos y respuestas. ¿O acaso nos quieren hacer creer que aún hay hombres o mujeres “providenciales”, “catalizadores” de la voluntad de sus bases, vectores únicos y sagrados a quienes la grey sólo tiene el deber de ungir en las alturas pública? Se sirve al pueblo desde arriba o desde abajo.

Una de la grandes interrogantes, siempre preterida y jamás discutida por incómoda, es el concepto de servicio al pueblo. No creo que sea muy difícil llegar a conclusiones aplastantes. Verbi gracia: ¿es trabajar por los más, hacer lo que la gente ve en sus parlamentarios y en no pocos presidentes: intereses privados, frivolidades con dinero público, falta de dignidad en la función de liderazgo, cabeza gacha con los mandatos que llegan de ultramar o de las transnacionales, servilismo con las mineras que imponen cuánto van a pagar de “óbolo voluntario”, sujeción a TLCs asimétricos en que la parte del león, sus fueros jurídicos privativos los imponen ellos y son quienes en realidad diseñan nuestra forma de producción? ¡Bastaría con hacer todo lo contrario!: Unir al pueblo en su proyecto nacional con un Estado que tenga cámara política pero también institucionalidad económica con el concurso valioso de trabajadores, empresarios y Estado; en su trabajo por la soberanía popular para afianzar la custodia de la soberanía nacional y en defensa de los recursos naturales y en pro de una industria con valor agregado, capacidad exportadora y promoción del liderazo juvenil, en Costa, Sierra y Selva y en el uso funcional del castellano, el quechua y la incorporación activa y constructiva de todos los sectores de la nacionalidad, en buena cuenta, en la construcción de una Patria digna y por un Perú justo, libre y culto.

Pongamos un ejemplo banal y típico. Cierto titular de Congreso, ostenta dos discutibles méritos: ser un alanista convicto y confeso, contumaz y abigarrado y, también, eximio bailarín de salsa. ¿Cuántos años está en el Parlamento? ¿cuáles sus aportes a la edificación nacional, siquiera para su tierra de origen, Loreto? ¿cuántas veces enjuició críticamente cualquier TLC suscrito por el anterior y actual gobiernos? No hablemos del TLC o Acuerdo de Complementación con Chile, por la simple razón que TODO el Congreso abdicó pusilánimemente de tocarlo. Como tampoco pulverizan el Concordato, acuerdo internacional con el Estado Vaticano que ¡jamás! ha sido refrendado por ningún Legislativo desde 1980. No está demás decir que el monigote aludido volverá a integrar la lista de su agrupación para ¡una vez más! morar en Plaza Bolívar.

Bien advertía don Manuel González Prada en Los honorables, Bajo el oprobio, 1914:

“El congresante nacional no es un hombre sino un racimo humano. Poco satisfecho de conseguir para sí judicaturas, vocalías, plenipotencias, consulados, tesorerías fiscales, prefecturas, etc; demanda lo mismo, y acaso más, para su interminable séquito de parientes sanguíneos y consanguíneos, compadres, ahijados, amigos, correligionarios, convecinos, acreedores, etc. Verdadera calamidad de las oficinas públicas, señaladamente los ministerios, el honorable asedia, fatiga y encocora a todo el mundo, empezando con el ministro y acabando con el portero. Vence a garrapatas, ladillas, pulgas penetrantes, romadizo crónico y fiebres incurables. Si no pide la destitución de un subprefecto, exige el cambio de alguna institutriz, y si no demanda los medios de asegurar su reelección, mendiga el adelanto de dietas o el pago de una deuda imaginaria. Donde entra, saca algo. Hay que darle gusto: si de la mayoría, para conservarle; si de la minoría, para ganarle. Dádivas quebrantan penas, y ¿cómo no ablandarán a senadores y diputados?”.

Y lo aplicado a legiferantes toca por igual y con mayor responsabilidad a los que fueron presidentes quienes deben ser sometidos a genuinos y muy severos juicios de residencia, evitando que se vayan a comprar casas fuera del país o que vivan a cuerpo de rey sin que nadie acierte a descubrir de qué manera y con qué rentas.

La nación exige cambio y renovación. Una fórmula sensata y cuasi obligatoria es licenciar a no pocos saltimbanquis a quienes mantiene por años de años el Estado. Es decir, el dinero del contribuyente que tiene derecho a fulminar y enviar a su casa a quienes no le producen bienestar, dignidad, limpieza en la ejecutoria pública y actitud sin tacha.

¡Sufragio efectivo, no reelección!

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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