por Gustavo Ywanaga Reh; [email protected]

29-6-2011

“Hoy no puedo caminar, quizás mañana con suerte pueda” La cucaracha de la canción.

La razón del ser es quizás la parte del león en la filosofía antigua y moderna, el día a día en su esencia vital. Somos porque estamos o somos porque trascendemos. El ser o estar, verbos similares en la lengua inglesa (to be or not be, según Shakespeare) no discriminan situación espacial con la esencia del que ocupa el espacio, connotación clave para entender la difusión de la lengua en mención que la sitúa como “comercial” entre los idiomas más hablados. Es comercial, por lo tanto es política. Eres porque te veo, no eres porque signifiques nada, por lo tanto tranzamos comercio.

Sin embargo, para el idioma de las letras (el español, claro está) la comprensión del ser es más compleja y dista del simplismo de la estancia. Incluso en el latín, un idioma de letras y religión, donde Santo Tomás de Aquino allá por la segunda centuria del milenio pasado manifiesta en su Suma Teológica, acerca de la disertación filosófica en que si el alma es cuerpo y concluye que “..el alma, que es el principio de la vida, no es cuerpo, sino acto de cuerpo, como el calor, que es el principio del calentarse, no es cuerpo, sino acto de un cuerpo”. Pues, si seguimos la lógica racional, podríamos aventurar que el ser es el alma más el cuerpo.

Pues bien, esa es la figura que tomaremos, alma más cuerpo, sobre esa base el ser no es solo estar sino también trascender. El alma trasciende es de esperar que en nuestra sociedad nos topemos cada día con almas y cuerpos en un mismo estuche, donde no solo personas ocupen espacio ni actúen sobre el medio sino que también dejen una huella incorpórea de sus actos: la trascendencia. Esta última palabra es magnífica pues da cuerpo y esencia, ir más allá dirían algunos, elevarse dirían otros.

Pero a qué viene la cháchara anterior, acaso a producir una somnolencia sináptica en aquellos que leen esto, no amigos, porque en nuestro camino nos topamos con seres que ocupan un espacio y trascienden en sus actos: van mas allá. Hay verdaderos intelectuales, profesionales, vendedores, taxistas, profesores; que realmente dejan un legado en actos simples o complejos, de magnificencia humana o en el otro extremo, personajes de imbecilidad consumada al máximo nivel.

Nuestros límites van más allá de la jerarqueología que mencionaba Lawrence Peter con su principio, sino hacia toda actividad humana al margen de una jerarquía en la súper competencia o la súper incompetencia, diríamos los hombres no solo se ubican en el espectro del desempeño sino que veríamos a la súper bondad con la súper ruindad, la súper genialidad con la súper imbecilidad, entre otros casos.

Cada día nos topamos con personas que ocupan un sitial en dichos espectros, sin embargo lo usual es encontrarse con valores medios en la distribución de frecuencias que no hacemos pero sentimos, así es muy raro ver un cúmulo de personas extremadamente imbéciles en sus actos, pero “oh tristeza” los hay. El ser se viene degenerando a pasos agigantados producto de una lujuriosa codicia por las migajas existenciales que significan un aumento, un puesto, un ascenso, un cargo o la simple sensación de “gozar” de un poco de poder. La imbecilidad en estos anacrónicos seres, quienes como los zombies de Romero solo desean una cosa: el comer cerebros.

Como ejemplo de ello podríamos mencionar a la educación pública superior, donde se sitúa gran parte de los come cerebros, quienes por favores del pasado y genuflexiones diversas, han llegado a producir su esencia por medio del enquistamiento inoperable para sus gracias por las normas institucionales, quienes como los zombies en mención no obtienen la inteligencia por ingesta de materia gris, solo reproducen el onánico acto de seguir comiéndolos. Cargan libros pero no los entienden, tienen alumnos pero no se dejan entender, investigan sin saber investigar, llenan formatos sin saber contenidos y repiten lo que han venido repitiendo sin pensar en si funciona aquello que enseñan, amén del saber que sucede en el mundo laboral, completamente ajeno y desconocido de los extramuros institucionales.

Es grave, puesto que el SER está dejando de “serlo”, la esencia de la trascendencia no es más que un desagradable tufo de su deambular por corredores, intrigando, sonriendo y saludando con candidez estúpida y empleando esa liquefactada materia encefálica en planificar actos que de acuerdo a la “imbecilidad que el personaje” pueda llegar a concebir.

Dios nos libre, pero eso explica que el “ser de estos seres”, ha producido abundantes profesionales castrados en sus capacidades y habilidades, y desligados de las cualidades morales necesarias para enfrentar tiempos de crisis, carestía o simplemente para un normal desempeño funcional. No se llega a mirar más allá de los celos, donde envidiar al que es competente es la gangrena que invade, paradójicamente, el poco ser que hay.

La vida nos traza diversos senderos, pero sea el camino que fuere que elijamos no es camino llano, ninguno lo es. Este camino tendrá tramos apacibles y confortables y otros peligrosos y tortuosos. Si el ser tiene esencia, el llegar a buen término implicara un crecimiento del alma y de nuestra esencia, de lo contrario nos quedaremos como en un limbo, entorpeciendo el avance de los viajeros.

Busquemos nuestra esencia ante las situaciones adversas, que esta nos permita de manera justa y sabia trascender sobre la escoria del camino y no convertirnos en lastre de los demás, mantengamos nuestra alma impoluta de esas miasmas que disparan sus bacterias tratando de contaminar a los viajeros, en la patética espera de su mayor lema y contribución: “más mediocridad para un mejor brillo propio”.

Adelante amigos, el tiempo apremia y la vida es corta: seamos águilas!!!