por Eduardo Bueno León; [email protected]

6-7-2011

Si Alan García quiere jugar con los mensajes semióticos, los símbolos y la memoria y reescribir la historia, que lo haga, pero en su casa jugando con Federico Dantón o tomándose unos vinos con Vanessa Saba. Que escriba algún librito de esos que aparecen cada cierto tiempo con su firma, donde anuncia futuros y glorias, nadie le niega el derecho a elucubrar... Y que se apure antes que el litio y los diversos síndromes lo inutilicen mentalmente.

A lo que no tiene derecho este ciudadano es a cambiar la historia para complacer los intereses chilenos en el Perú.

Todos los presidentes del siglo XX han dejado a Miguel Iglesias fuera de la Cripta de los Héroes. Su figura es polémica, como la de Prado. Los historiadores peruanos lo consideran un títere del invasor chileno.

México no tiene al presidente Santa Anna entre sus héroes. No se encontrarán monumentos ni calles ni efemérides con su nombre; sólo en Veracruz un par de discretos museos privados. Santa Anna gobernó México once períodos del siglo XIX, tuvo una relativa popularidad, pero se le sindica como el responsable de la anexión de Tejas por los Estados Unidos y la pérdida de la mitad del territorio mexicano durante la guerra de 1846-48.

La democracia argentina enjuició, sentenció y metió a la cárcel a la junta militar que protagonizó el desastre de la guerra de las Malvinas. Galtieri murió amargado, olvidado y despreciado. Y el general Menéndez, un inepto torturador que se acobardó ante los ingleses y los gurkas en el campo de batalla, vive una especie de exilio interno.

Estos dos grandes países hermanos no reconocen a los traidores, los cobardes o a los ineptos.

En el Perú, ¿vamos a santificar a quien firmó el tratado de Ancón subordinándose al invasor chileno, mientras Cáceres resistía en la sierra? ¿Vamos a coronar a quien no le importó la memoria de Grau y Bolognesi, ni el sacrificio de miles de peruanos que defendieron su país ante el invasor? ¿Vamos a rendir tributo a quien cedió Tarapacá, Arica y Tacna y toleró el saqueo de una de las ciudades más emblemáticas del Pacífico?

Alan García quiere unir los intereses de los empresarios chilenos y peruanos, a costa del cholo barato. Se porta como el reivindicador de Patricio Lynch, el salvaje y genocida general chileno que arrasó la costa peruana y que probablemente sobornó a Iglesias.

La auténtica reconciliación entre Perú y Chile será de sus pueblos, no de sus élites. Será de sus clases medias democráticas, no de sus políticos y empresarios corruptos.

¿Chile ha levantado una cruz o monumento en el Morro de Arica para rendir homenaje a los soldados peruanos y chilenos que murieron en su cumbre? ¿Ha intentado en serio devolver el Huáscar o al menos permitir que el Perú rinda homenaje a Grau en el monitor? No. Nunca lo hará, pues es un trofeo de guerra, bien guarnecido en el sur. Bachelet antes de irse regresó algunos libros entre sonrisas que más sabían a burla, luego de encabezar el rearme de las fuerzas armadas chilenas durante su gobierno y el de Lagos. Hasta vencedores y vencidos tienen monumentos y recuerdos en Normandía, donde media Europa combatió cambiando la orientación de la segunda guerra mundial. Sin embargo, la Francia de De Gaulle, en sus fronteras con Alemania, lo precisó en sus murales: "Perdonamos, pero no olvidamos". La memoria siempre estará presente, mientras existan los Estados nacionales. Y nada indica que vayan a desaparecer, pese a la construcción del europeísmo y el Estado supranacional.

La Guerra del Salitre y su resultado, sustentó la ideología moderna de superioridad chilena sobre Perú y Bolivia. Alentó el racismo histórico de sus élites que se cebaron también contra el roto y el guaso rural, los mineros de Iquique, los trabajadores salitreros de Santa María, masacrados por el mismo ejército que sus padres vitorearon cuando regresaron del Perú. Ese complejo de superioridad que llevó a la oligarquía chilena a destruir la Unidad Popular de Salvador Allende y ahora ignora las demandas del pueblo mapuche.

Chile no quiere construir símbolos de reconciliación y unidad latinoamericana. Nunca ha dado un paso o expresado un gesto concreto en ese sentido, y no les preocupa el "crecimiento económico peruano" como dice Alan García, pues parte importante de ese crecimiento beneficia a las empresas chilenas. Parte del PBI peruano se encuentra bajo la hegemonía de capitales chilenos que han pactado con García y su círculo antiaprista, el famoso tratado de libre comercio anticonstitucional y la venta subrepticia de gas barato a Chile, contra toda lógica de seguridad y defensa nacional, confirmándose que a Chile le interesa el valor agregado y que Perú sea su proveedor de materias primas.

"Los chilenos se pueden molestar" es una frase infame dicha por un jefe de Estado peruano. Allí García Pérez demostró su nivel de subordinación e improvisación. Felizmente el tema marítimo lo siguió manejando directamente la Cancillería.

Ha sido típico de García darle a los poderosos, más de lo que le piden. Y darle a Chile todas las ventajas para compensar el tema marítimo. Así lo hizo cuando devolvió los restos de un soldado chileno muerto en los arenales de San Juan, el cual fue recibido en Chile como héroe y festejado en todos los cuarteles y naves chilenas. Ese soldado fue un invasor y Alan García no tenía ningún derecho de devolverlo, pero así se ha manejado este presidente proditor, como un hacendado en su campo de vasallos.

¿Quién lo autorizó para que pusiera la imagen de Bernardo O’Higgins en Palacio? El prócer chileno no participó en el ejército libertador, aunque ayudó a su formación. Y si bien O’Higgins, exiliado en Lima, se opuso a la guerra lanzada por Diego Portales contra la Confederación peruano-boliviana, falta mayor investigación para conocer sus actividades en el Perú durante su exilio, pues nunca dejó de participar en la política de su país. Por otro lado, O´Higgins fue un presidente autoritario en Chile y bajo su gestión murió asesinado Manuel Rodríguez el auténtico patriota popular chileno y guerrillero que combatió a los realistas y clases altas criollas. Además, Rodríguez era de ascendencia peruana, pues su padre fue arequipeño.

En una democracia, el presidente no hace lo que le da la gana, sino que "manda obedeciendo". El pueblo es el soberano. Pero Alan García trata a los peruanos como menores de edad, a los cuales hay que sugestionar, manipular y reeducar. Sino veamos:

Nos deja un tren eléctrico que no tiene ninguna viabilidad financiera y a medio hacer. Digno símbolo de su ineficacia, que quiere hacer pasar como ejemplo de "buen gobierno". Nos deja una fea estatua de resina con la figura de Cristo, tolerada por un alcalde japonesito sobón y una nube de cucufatos que ya no saben que hacer con sus vidas, sino entregarse a la protección de una efigie llamada del Pacífico y que supuestamente debe proteger Lima, cuando en realidad es el símbolo que Alan usa para que el pueblo cristiano lo acompañe ahora que su gobierno será revisado con lupa por su corrupción.

Ha hecho lo mismo con la cofradía del Señor de los Milagros y clubes como Alianza Lima, es decir, puro populismo antimodernidad. Manipula los símbolos emblemáticos del Perú de la misma forma como Luis XIV decía "El Estado soy yo"..."El Perú soy yo", "El Cristo del Pacífico soy yo", "El tren eléctrico soy yo", "El Señor de los Milagros soy yo", "Alianza Lima soy yo".

En fín, asi como se apropió de la imagen de Los Zañartu en los años ochenta, y después los destrozó; así como sedujo al zambo Cavero, lo usó por su voz, carisma y criollismo, y luego ni le contestaba el teléfono, está dejando el camino sembrado de símbolos personalizados, ya sea "para su gloria" (como lo acaba de declarar) o por si las mangas, el 2016 estar de regreso y esos serán los símbolos para su marketing personal.

Pero intentar reescribir la historia y adormecer la memoria histórica, rebasa todos los límites. Todos los símbolos que nos deja, son los de la resignación, la servidumbre y la derrota. Y no nos llama la atención, pues hace tres años declaraba que el Perú sería potencia mundial, organizaría los juegos olímpicos, superaría a Chile, hasta que en otro giro, nos confesó por televisión que los peruanos somos biologicamente "pesimistas" (por no seguirlo en sus desmanes y por la caída de su popularidad).

Los bipolares son así, van de un extremo a otro y viceversa. Pero su inestabilidad que la gocen sus amigos y familiares. El Estado no puede volver a estar en manos de narcisistas fáciles de controlar con dádivas, elogios y promesas de gloria eterna.

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