El arresto del director general del FMI marcó la ruptura de las hostilidades entre las élites mundiales [1].

No se trata esta vez de una simple escaramuza formal sobre las doctrinas económicas, ni de una correlación de fuerzas tendiente a modificar la representatividad de los diferentes Estados en el seno de la institución sino más bien de una crisis existencial que está propagándose a toda máquina por todo el sistema dividiéndolo en dos bandos irremediablemente opuestos.

En uno de los bandos se encuentran los que quieren salvar a Estados Unidos de la bancarrota. En el otro, los que prefieren salvar los bancos. En el primer bando están los que estiman que la primera potencia mundial debe movilizar todas las energías para resolver sus problemas.
El otro reúne a los que piensan que el dinero no tiene patria y que el futuro pertenece al BRIC (Brasil, Rusia, la India y China).

En ese contexto, la candidatura de Christine Lagarde a la dirección general del FMI representa un desesperado intento de mantener el dólar como única moneda de reserva, independientemente de las consecuencias que ello pueda implicar para la paz mundial.
Mientras tanto, la candidatura de Stanley Fischer ilustra una voluntad de Londres de renunciar a su relación especial con Washington, apostar por el BRIC y acompañar al dólar en una suave decadencia.

El señor Fischer es portador de una visión original que modifica las fronteras de las tendencias tradicionales. La cuestión de la moneda de reserva quedaría en espera de una compartimentación del sistema financiero para evitar que el mundo entero se contagie con un probable derrumbe de Estados Unidos. Se acabó la época de la amabilidad. Empieza la «guerra civil de las élites».

En el oscuro periodo que está comenzando, la mayoría de los actores de la finanza mundial sufrirán pérdidas. Las sufrirán primero los que demoren en tomar posición y, después, los que le apuesten al caballo perdedor. Muchos dirigentes políticos, relacionados simultáneamente con Wall Street y con la City, con Goldman Sachs y la HSBC, tendrán escoger su bando y sacrificar algunos de sus intereses.

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[1] Ver: «Obama, la guerra financiera y la eliminación de DSK», por Thierry Meyssan, Red Voltaire, 26 de mayo de 2011.