Más allá de que sea la Comisión de Fiscalización o una Comisión ad hoc la que investigue un conjunto de hechos en que incurrió siendo presidente Alan García Pérez, el país espera una muy serena, exhaustiva y equilibrada dinámica que establezca indicios razonables o encuentre pruebas de delitos que puedan ser atribuidos al ex mandatario como para ponerlo a disposición, luego del antejuicio a que tiene derecho, del Poder Judicial. Nada más absurdo que una algazara de brulotes que victimicen a quien, por razones múltiples, no merece sino la más categórica condena por su falta de escrúpulos, megalomanía y audacia para convertir la política en vil negociado culpable.

Es posible que el señor García sepa que con la escuálida banca congresal de cuatro parlamentarios no tiene mucho margen de negociación en el Congreso. Pero sí, y eso todo el mundo lo presume, es que aquél sí sabe cobrar favores, exigir reciprocidades y guardar secretos para pulverizar la discreción en cuanto se vea acorralado. Y cómplices, adláteres, amigotes y socios deben haber existido.

La única carta que puede jugar a su favor García Pérez es la de presentarse como víctima de alguna persecución política sañuda e imprecisa, más emocional que abundante en pruebas, más de grita que de convincentes indicios y para ello siempre poseerá un auditorio proclive a parcializarse con el “perseguido”. ¿Tendrá los recursos dinerarios suficientes para sufragar el alto costo de una cuasi campaña que se sospecha será de altos decibeles?

Para algunos, la corrupción también sintoniza con la tecnología de punta y ha tejido su red con asesoramientos de muy alta calidad que hacen inviable –o imposible- el descubrimiento del ladrón con las manos en la masa. La tradición dicta que para esta aberrante naturaleza de comportamiento siempre hay abogángsteres dispuestos a honrar los dineros que les paguen. No defienden al más débil, sino a quien concurse con el vil dinero para tales efectos. ¿No hemos visto cómo grandes estudios, desde hace 20 años, están vinculados a los contratos millonarios que formalizan evasiones de impuestos, legitiman cartas bajo la mesa y negocios y dedicatorias con nombres y apellidos? Que no sorprenda que los mismos que atendieron a unos, hoy vuelvan por la andadura tradicional y con otros.

Bajo ningún punto de vista la investigación sobre Alan García debe asemejar un linchamiento de cualquier Corte de los Milagros, no parisina, pero sí limeña y de la más baja estofa. A Alan le libraron de cualquier cargo de su primera y voluntarista administración entre 1985-1990 por una prescripción que hoy sus fautores deben estar arrepintiéndose de haberla conseguido por la razón simple que el Mozallón devino en mejor aprovechador de las circunstancias que aquellos, hoy todos sus enemigos irreconciliables. ¡Nunca fue absuelto de nada, el tiempo de la salvadora prescripción fue el equivalente de la campana en el tabladillo!

Más allá de los temas legales. ¿Qué o cómo los apristas pedirán cuentas a Alan García de haber sido el más zafio destructor de un partido nacional, con base moral sólida, con goznes de fraternidad acrisolada en la historia de luchas, giros, marchas y contramarchas pero al fin, una organización que tenía en 1980 todo para ganar y que gracias a él salió perdiendo por casi 700 mil votos contra Belaunde? ¿Cómo harán los apristas para superar la vergüenza de haber sido derrotados en el 2001 frente a Toledo y en el 2006 frente a Humala y a haber ganado sólo por ser García el mal menor? ¿a qué condujo el mal menor, no fue a una entrega desvergonzada, claudicante, abominable, a la derecha anti-chola, blanca, rentista que gobernó hasta hace muy pocos días al Perú?

La gente no diferencia a los apristas. A todos los forajidos alanistas, esos que vendieron su alma porque así fueron entrenados para poner precio hasta al más mínimo servicio y que Alan se encargaba con su maquinaria de satisfacer, a esos que creen que “el billete es su divisa” hay que diferenciarlos del humilde partidario aprista de base, al que no le dieron nada, al que hacía propaganda, al que llenaba las concentraciones, al que creía en una ideología y que hoy pasa por la vergüenza que la ciudadanía le tilde de caco, estafador, coimero, por la exclusiva responsabilidad de unos pandilleros.

¿Qué harán o en qué juzgado plantearán el caso del ciudadano Alan García Pérez? ¿hay algún Tribunal Moral de impoluta composición que pueda hacerse cargo del terminal asunto? ¿están siquiera los apristas unidos para acometer esta acción que acaso podría reivindicarlos ante el pueblo peruano? Me temo que los líos parroquiales, las trifulcas entre líderes que apenas otean el corto plazo y no comprenden el horizonte, hace muy difícil, para felicidad de Alan García Pérez y socios, cualquier solución. ¿No están preparando ya los oficialistas un congreso hechizo, tramposo y pleno en jugarretas?

La gente cree que la bulla produce. No es cierto. Por eso, si hay algo que declinar en cualquier investigación a Alan García Pérez, es el ruido o la estridencia. Los números no mienten y si las asimetrías, entre lo que ganó aquél y lo que obtuvo y su patrimonio contable así lo evidencia, entonces habrá caso y muy fuerte. De otro lado, seguiremos haciendo cosmética política para las tribunas que aplauden lo que suena mejor.

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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