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En la Corte Internacional de Justicia de La Haya está el camino a seguir por ambos países por el contencioso limítrofe.

En el interesante artículo del historiador Parodi, del 15 de setiembre último en el diario "La República", manifiesta una serie de ideas las mismas que me permito decir en mi modesta opinión no son concordantes con la realidad, sino más bien fundadas en los buenos deseos. Entre ellas encontramos:

1) “el fallo de La Haya puede favorecer la cicatrización de viejas heridas, pero es insuficiente para superar el trauma dejado por la Guerra del Pacífico.”

El Fallo de La Haya, no cicatrizará nada, porque este proceso internacional solo está encaminado a culminar un aspecto que no es secuela de la guerra de 1879, y que nace por la interpretación de dos acuerdos internacionales uno de 1952 y otro de 1954, los mismos que no tienen nada que ver con el Tratado de 1929 que cierra la frontera terrestre después del incumplimiento del Tratado de Ancón. Por otro lado, el señor Parodi generaliza a estigmatizar a la sociedad peruana de estar traumatizada por lo sucedido en 1879, esto no es así. El “trauma” como tal no existe, salvo en sectores ultranacionalistas que creen que los Tratados internacionales debemos cambiarlos para recuperar territorios. El Perú firmó en 1929 un Tratado y Protocolo con lo que le dio fin al conflicto de Tacna y Arica, y nunca hemos puesto los peruanos en tela de juicio aquel acuerdo. Los traumatizados son otros, que están allende la cordillera y que los acuerdos que firman los niegan en todo los sentidos, no obstante haber recibido concesiones, ferrocarriles y dinero.

2) “es preciso prepararse para el fallo de La Haya y estar listos, también, para después del fallo”.

Esta interesante conclusión que nos presenta el historiador Parodi, es algo que atañe netamente al gobierno actual, el mismo que debe tomar las medidas del caso sin consultar con su par chileno, cada uno de los Estados de acuerdo a su soberanía adoptará las medidas adecuadas.

3) “el fallo debería constituirse en el lugar de la memoria inaugural de una nueva etapa en las relaciones peruano-chilenas. Esta es, pues, una oportunidad única de cerrar las heridas del pasado y colocar aquellos malos recuerdos en posiciones periféricas de nuestra memoria colectiva”

El fallo de La Haya se constituirá en un hito importante entre los dos países, porque ambos acataran sus disposiciones. Así también las heridas del pasado se encuentran cerradas desde hace tiempo, exactamente desde 1929 cuando terminó el conflicto por Tacna y Arica, hablar de heridas hoy, no solo es fábula sino además una pésima acción de hacernos creer que lo que sucedió ayer sigue ocurriendo ahora. Además mientras existan bibliotecas e investigadores del pasado y se escriba sus acontecimientos, aquella memoria volverá y no podrá olvidarse.

4) Pensamos, más bien, que la cancillería peruana debe promover la ejecución de una política bilateral del perdón y de la reconciliación, la que es condición sine qua non para lograr el histórico cambio de giro.

Los peruanos y en especial nuestra Cancillería no debemos de promover nada, de acuerdo a los Tratados vigentes es todo cuanto se puede hacer para seguir adelante, y qué mejor que respetar aquellos acuerdos como base de la seguridad y paz permanentes. ¿Debemos pedirle a Chile que nos acerquemos para que ellos nos pidan perdón? ¡No!, seamos dignos. Chile se sintió ofendido cuando Bolivia violó un Tratado de Límites, luego para ello contó con la alianza del Perú establecida desde 1873 por un Tratado secreto y tuvo que guerrear con ambos para hacer prevalecer lo que ellos creen su derecho a defenderse. El Perú de acuerdo a sus fuentes estuvo al lado de su aliada cumpliendo el pacto que lo ataba a ella, porque había la probabilidad, que Bolivia después se alíe con Chile y nos atacara, luego soportamos en solitario todo el peso de la guerra, para finalmente tener que suscribir una paz con mutilación territorial. Los perdones y reconciliaciones se dan cuando los recuerdos, llámese trofeos, banderas etc., son devueltos y no son materia de exhibiciones ni fabulas de cómo fueron obtenidos. Ejemplos de eso hay en todo el mundo, hasta en nuestro propio continente como lo que aconteció contra el Paraguay.

5) “aquel conflicto (la guerra de 1879) fue una expedición militar chilena sobre el Perú y Bolivia, que implicó su invasión y desmembración territoriales, con la natural secuela de memorias conflictivas, malos recuerdos y resentimiento. Es sobre este tema que la colectividad peruana espera un pronunciamiento chileno,”

La verdad que el conflicto fue una guerra, no se puede minimizar a una expedición militar de un solo país. El Perú se defendió como podía ante la huida del aliado a sus alturas, después de perdidas las batallas no quedó otra cosa que capitular en Ancón donde perdimos la provincia de Tarapacá. Todas las secuelas de la guerra no son pues por culpa del Perú, todo ello deviene por el incumplimiento del Tratado de Ancón, el mismo que duró más de 40 años, ante la persistencia chilena de quedarse con Tacna y Arica (además de Tarata). Peor aun que el fallo arbitral del Presidente de los EEUU le había dado en parte la razón a Chile, posteriormente la Misión Lassiter destruyó la tesis chilena ante la realidad de los acontecimientos que el representante del árbitro encontró. No es pues que el Perú deba pedir también perdón por algo de lo que no es responsable y que más bien por acciones de Bolivia y Chile (ferrocarril de Arica a La Paz) perdiera la provincia de Arica.

La colectividad peruana no espera nada de Chile, más que cumplir los pactos que suscribe, dicho cumplimiento es la seguridad de que podemos seguir adelante en paz, sin contradicciones, solicitar, pedir, procurar acciones de Chile solo demuestra la falta de personalidad de un Estado ante el contexto de las demás naciones del mundo.

Carmen McEvoy ha presentado recientemente un texto basado en fuentes exclusivamente chilenas, “Guerreros Civilizadores” es pues una forma de cómo el Estado chileno tiene permeabilidad con los peruanos a investigar su historia y su posición, ése es el camino a la integración, y no solicitar perdones ni propiciar entrega de trofeos, que nos hacen menos dignos de nuestra historia.

Al no ser esta la primera vez que escribo sobre un artículo del historiador Parodi, no se crea que no comulgo con algunas de sus proposiciones, más bien creo que coincidimos en lo que ha acontecido con el traslado de los restos de Miguel Iglesias donde, con estilos diferentes, llegamos a una misma conclusión

(*) Abogado

La reconciliación con Chile

http://www.larepublica.pe/15-09-201... Jue, 15/09/2011 - 05:00

Por Daniel Parodi

Las declaraciones del canciller Rafael Roncagliolo al diario chileno El Mercurio reflejan el buen momento de las relaciones peruano-chilenas. El concepto de política integral que ha planteado nos parece más potente que el de “las cuerdas separadas”, pues suscribe la premisa de que entre ambos países existe una complementariedad económica que debe potenciarse en el futuro. También saludamos su afirmación de que la demanda ante la Haya es la última discrepancia entre el Perú y Chile, y que se trata de una cuestión que sólo compete a ambos Estados.

El canciller ha referido, además, la especial coyuntura que generará el fallo de La Haya y ha comentado que le planteará a Alfredo Moreno, su homólogo chileno, la necesidad de prepararse juntos para dicho escenario. Considera Roncagliolo que el fallo contribuirá a cerrar las heridas del pasado, tanto como lo hará la certeza de que acontecimientos aciagos del mismo no volverán a repetirse. Es sobre este último aspecto que quisiera ofrecer algunos alcances.

Eventualmente, el fallo de La Haya puede favorecer la cicatrización de viejas heridas, pero es insuficiente para superar el trauma dejado por la Guerra del Pacífico. Por ello es preciso prepararse para el fallo de La Haya y estar listos, también, para después del fallo. El primer caso supone capear las eufóricas reacciones que emergerán de los sectores nacionalistas de ambas sociedades, así como lograr la inmediata ejecución de la sentencia, pues su aplazamiento avivará más las susceptibilidades. El segundo implica hacer del veredicto un hito histórico para la integración y el punto de quiebre con un pasado signado por la desconfianza, la aspereza y el recelo. Entendido así, el fallo debería constituirse en el lugar de la memoria inaugural de una nueva etapa en las relaciones peruano-chilenas. Esta es, pues, una oportunidad única de cerrar las heridas del pasado y colocar aquellos malos recuerdos en posiciones periféricas de nuestra memoria colectiva.

El tema, no obstante, dista de ser sencillo; de por medio están la Guerra del Pacífico y las secuelas que ella ha dejado, las que no se resuelven con fáciles vueltas de página o expedientes del olvido. Pensamos, más bien, que la cancillería peruana debe promover la ejecución de una política bilateral del perdón y de la reconciliación, la que es condición sine qua non para lograr el histórico cambio de giro, que, en el papel, ambos gobiernos anhelan.

Ciertamente, la Guerra del 79 será la cuestión más compleja en la negociación de dicha política, pues sobre la referida conflagración circulan versiones contradictorias que se corresponden con las visiones de cada país. Sin embargo, aquel conflicto fue una expedición militar chilena sobre el Perú y Bolivia, que implicó su invasión y desmembración territoriales, con la natural secuela de memorias conflictivas, malos recuerdos y resentimiento. Es sobre este tema que la colectividad peruana espera un pronunciamiento chileno, el que puede propiciarse dentro de la actual atmósfera de cooperación.

La política referida debe promover también los gestos amistosos, como la devolución del patrimonio artístico sustraído durante la guerra o la conmemoración conjunta de sus principales batallas, como lo hicieran Kohl y Mitterrand para el caso franco-alemán. Asimismo, será importante destacar acontecimientos positivos del pasado, como lo fue la defensa conjunta de las costas sudamericanas durante la Guerra con España de 1865 y 1866.

Ciertamente, la reconciliación es sólo un aspecto de la relación bilateral. En otras latitudes, las políticas del perdón han ido siempre de la mano con la integración socioeconómica y política. Sin embargo, el cierre de las heridas del pasado es fundamental porque atañe la subjetividad de dos colectividades cuyas autoridades parecen querer acercarse. De la perseverancia en los objetivos anunciados, y de la sinceridad y transparencia de los actores dependerá el resultado.