Con gran entusiasmo arrancó, en las horas precedentes, la Operación Sombrerito. La respuesta de hombres y mujeres del pueblo, humildes en sus carteras pero orgullosas de participar en la pelea, es fraterna, generosa en su modestia pero digna y agradezco tales expresiones.

Como se recuerda, el 31 Juzgado Penal emitió una sentencia que me ABSUELVE del supuesto delito de difamación agravada planteada, en uno de varios juicios millonarios, por la firma Lima Airport Partners, LAP, que persigue periodistas como se dio cuenta en el diario La Primera en su edición del lunes 21. Bueno, también, es subrayar que su director, César Lévano, y su jefe de investigación, Raúl Wiener, padecen el acoso judicial de la misma empresita.

Entonces anuncié que debía honrar –subsanar se dice en el Poder Judicial- una tasa que franqueara las puertas a mi apelación en otro juicio de la reiterada LAP cuyo deporte de cazar periodistas acaba de sufrir un revés inobjetable y que servirá a todos los periodistas que pudieran ser blanco de iras empresariales. Aunque, hay que decirlo, padecen todos los otros medios de expresión hablados, escritos o radiales, de inexplicable indiferencia. ¡Como si este asunto fuera en beneficio –exclusivo- de Mujica Rojas!

Por tanto, anuncié la Operación Sombrerito y ayer recibí dos contribuciones. No resisto la tentación de contar divertidas facetas de aquellas. Llegó una señora a mi oficina en taxi para hacer constar su óbolo. Me dio explicaciones innecesarias que no excluían uno que otro elogio que decliné obedeciendo a modestia irreductible. Con gran alegría me dio la inauguración de Sombrerito. Con humor retruqué que habría sido mejor que caminara y no alquilara movilidad, así su corazón y organismo enteros vivían más y mejor. Y –hay que denotarlo- engrandecían su aporte. Otra persona que me invitó a almorzar “sugirió” que no lo pusiera en ninguna lista y entregó su cuota voluntaria. Le insinué también que debíamos haber ahorrado el suculento cebiche y convertirlo en monedas francas. (El lector puede adivinar lo sabrosas que fueron las respuestas que no excluyen una “piña” fraternal en el hombro).

Dedúcese que la simpleza extraordinaria que la gente de a pie practica, eso que tanta falta hace en Perú, arriba y abajo, solidaridad con quien ellos sienten que de alguna forma representa su reclamo y vibrante petición de justicia, es un don maravilloso. No todos los días o por casualidad, una sola empresa enjuicia en múltiples procesos penales y bajo diversos querellantes y por el mismo supuesto delito de difamación agravada, a un escriba como el autor de estas líneas. ¿Justicia o venganza rabiosa?

Otra persona manifestó que él creía que estaba cumpliendo un “deber” (sic) y como forma de reconocer la contribución cotidiana al debate político y al ejercicio cívico de romper el pacto infame y tácito de hablar a media voz.

No me seduce, para nada, el rol protagónico de solicitante obligado por las prisas judiciales y la consuetudinaria y solemne orfandad de recursos dinerarios. Pero sí me solivianta la posibilidad que una empresa, LAP, pueda ganar por tasas lo que no consigue obtener por lo absurdo de su querella, tal como ha reconocido el 31 Juzgado Penal en su magnífica sentencia que me absuelve categóricamente.

A todos los que ya se acercaron, sé también que hay iniciativas en camino, muchas gracias. A los que aún hesitan el volumen, mi invocación a que nutran el Sombrerito que pasea conmigo por calles y plazas. A esos hombres y mujeres humildes que dan voces de aliento y entusiástica demostración de cómo siente el de a pie con uno de sus similares, mi eterno reconocimiento a su noble estirpe.

A todos, muchas gracias.

¡Y ya saben: Comenzó Operación Sombrerito!

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