A nadie escapa, menos al gobierno del presidente Ollanta Humala, a la Cancillería, al Congreso, etc., que nuestra difícil vecindad con Chile tiene en este año especial repercusión por el contencioso limítrofe a que hemos llevado al país del sur en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Son momentos en que el Estado y el gobierno que fuese debieran atender la perentoria urgencia de comprender que Perú tiene la oportunidad de darse su propia respuesta, la que está esperando desde 1879.

No hay mejor manera de comprender lo acontecido en el año 1879 que estudiando e informando a la ciudadanía de cómo fueron esos sucesos. El adentramiento en la historia no hace mal a los pueblos, por el contrario, los vitaliza, enorgullece y muestra los yerros para no volver a cometerlos. Esto que es tan elemental parecieran haberlo descuidado los gobernantes que han alimentado el “olvido” de dos fechas fundamentales en la historia de esa guerra de rapiña de la que Perú salió muy maltrecho y con la demostración de cómo sus élites fueron poco menos que escoria pusilánime.

Los días 13 y 15 de enero se cumplieron 131 años de la invasión chilena a Lima en 1881. Más allá de la fatuidad mediocre de Nicolás de Piérola, fautor del obsequio de la capital, hay una responsabilidad colectiva que que desentrañar en sus detalles más escabrosos y proditores. Imposible alentar el olvido de lo acontecido o hacerse de la vista gorda porque entonces se atiza la traición, el desgobierno, la despersonalización, en suma, la debacle.

Y eso ha ocurrido en estos últimos días. No se ha conmemorado con respeto y unción el recuerdo de los que lucharon por la Patria en San Juan, Chorrillos, Barranco y Miraflores. Un espectáculo comercial automovilístico capturó la atención de las autoridades gubernamentales, municipales, políticas. De la abominable componenda de “silencio” sólo pueden surgir unas pocas preguntas directísimas: ¿fue casualidad que no se evocara San Juan y Miraflores?, ¿no está el gobierno actual incurriendo en los miedos cobardes que tenía por norma la administración de Alan García? ¿O es que hemos cambiado mocos por babas?

¡Ningún pueblo puede construir su orgullo y autoestima si desconoce los sucesos más importantes de su historia! ¿Cómo reclamarle al ciudadano común y corriente opinión o parecer sobre lo que no conoce? ¡Peor aún si en esta atrabiliaria conjura de promoción de la ignorancia están metidos todos de capitán a paje, de presidente hasta el último burócrata?

El Perú se debe su propia respuesta. Nada tiene que contestarle a Chile ni a sus bravatas recurrentes.

No serán los mitos o reivindicaciones falsas las que deba invocar Perú con el país del sur. Hay un Tratado de Límites suscrito el 3 de junio de 1929 y cuyo cumplimiento no ha sido cabal a pesar de la infame comedia armada por el fujimorismo delincuencial, cómplices en la Cancillería y rábulas que son premiados por el gobierno de Chile por “negociar por el Perú” como un despreciable traidorzuelo que escribe tesis contra la posición oficial del país.

¿Hay que comulgar con los fenicios publicitarios que predican que no hay que hacer olas y “olvidar” y “perdonar” en nombre de la reconciliación?

Perú tiene herramientas naturales: agua y gas. Posee 30 millones de habitantes. Una biodiversidad asombrosa. Ha sido estafado y robado por las sucesivas pandillas de gobernantes desde 1821 y hay aún riquezas extraordinarias en el suelo, en el mar, en las minas, en sus ríos, que captan la atención ambiciosa de inversionistas que casi siempre han encontrado paraísos con leyes y concesiones amabilísimas con ellos. En buena cuenta, nada de esto servirá a los propósitos nacionales si no se cautela y dirige con prudente y celosa visión de horizonte.

Con Chile, a posteriori del fallo de La Haya, tendremos que construir una complementariedad de igual a igual, con respeto y con la admisión fundamental de hechos que hirieron nuestra convivencia geográfica y la historia de una difícil vecindad que requerirá del abandono de estereotipos y prejuicios para el tratamiento mutuo. Sólo así se podrá verificar un desarrollo interesante y beneficioso.

El gobierno, los medios de comunicación, el Congreso, los partidos, los “formadores” de opinión, esas taifas que se autoelogian entre sus socios, han sido protagonistas estos últimos días de una de las páginas más vergonzosas de que pueda abominar el Perú: ¡el olvido de los héroes que lucharon por la Patria!

Frente a tanta miseria sólo hay que responder invictos y dignos: ¡Historia, madre y maestra, no permitiremos tu asesinato! ¡Palabra!

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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