Causa poca sorpresa que el ex presidente Alan García haya reculado de lo que todos vieron inequívocamente como envenenadas declaraciones ante la televisión extranjera y sobre indulto al delincuente Fujimori. El silencio del otro involucrado, el actual mandatario, Ollanta Humala Tasso, sí es síntoma que en este país bananero la ética en la cosa pública también ostenta tan discutible jaez oprobioso.

¿Cómo puede practicar mudez un jefe de Estado frente a un hecho que configura un ilícito tal cual ha descrito magistralmente el jurista Guillermo Olivera Díaz? Léase con atención: Alan y Ollanta ocultaron tratos de indulto ilícito a Fujimori http://www.voltairenet.org/Alan-y-O... Y casi el 100% de los bananeros formadores de opinión criollos guarda prudente y comercial silencio porque cruzar el Rubicón de la denuncia aleja a los patrocinadores que pagan bien.

La ecuación es simple y descarada: tema indulto a cambio de una comisión parlamentaria que trate bien o haga mucho para quedar en nada con respecto a García Pérez. Que aquél hoy pretenda hacer mofa o “celebrar” con vanidad el asunto no hace sino confirmar la perversa dirección del brulote. La inescrupulosidad de don Alan no necesita de mayor demostración ya que él se encarga de recordar al país entero cómo se expide y qué venablos ponzoñosos maneja.

A muchos, huérfanos de dignidad política o cívica, la primera magistratura asemeja a un puesto imperial: su ocupante hace y deshace, empuerca y destroza la ética de un país con sus “voluntarismos” (léase estupideces grandilocuentes), o silencios que delatan conchabos de muy baja estofa. Ha poco el país tomó conocimiento de cómo se perdonó y pasó por agua tibia a un tipejo que renunció a tiempo a la primera vicepresidencia.

El daño al cuerpo social del Perú no es, en modo alguno, desdeñable. El señor García Pérez será recordado por su metódica, cínica y anti-histórica pulverización del Partido Aprista, antaño esperanza de multitudes y dinámica fraterna por la justicia social. Y por la mentecata angurria de sus propias miras de toda laya. Habiendo sido esa agrupación política lo más cercano a una institución, morigerada, torcida, birlada y empequeñecida, el resto de conjuntos similares resintió la avalancha y hoy son apéndices que manejan caciques que disputan quién es más mediocre que el del frente. El autor indiscutible de esta involución y barbarie es Alan Ludwig García Pérez.

Cuando los medios de comunicación “engríen” (léase, devuelven pingues favores) y ponen en bandeja de plata toda clase de facilidades para que el señor García diga lo que quiere decir trocan en cómplices de otra impostura más. Y entonces aquél puede navegar entre imbéciles con soltura y acrobacia bananeras. El periodismo en Perú hace largos años que padece de estulticia y turroneros se erigen en faros iluminadores de una mediocridad inenvidiable.

¿Por causa de qué no se pregunta al mandatario Ollanta Humala por su inexplicable silencio frente a lo dicho por García? ¿miedo a no incomodar o están todos debidamente aleccionados por llamadas telefónicas o citas personales en Palacio y para entrevistas puntuales de omertá? Acaso el presidente Humala pudiera pretextar que no quiere caer en el menú capcioso de García Pérez, pero eso podría reservarlo para pequeñeces deleznables. Cuando se trata de un indulto no pedido, no gestionado oficialmente, carente de las opiniones responsables de las comisiones previstas en la ley y se orilla un ilícito penal y sobre el indulto a un reo como Alberto Kenya Fujimori, el asunto no puede ser pasado por alto y con ligereza irresponsable. No es un emperador el jefe de Estado y tampoco líder de una panaca: es un empleado público cuyo deber es responder a la Nación.

Así de simple. Pero, en un país bananero la ética también es bananera.

¡Atentos a la historia, las tribunas aplauden lo que suena bien!

¡Ataquemos al poder, el gobierno lo tiene cualquiera!

¡Rompamos el pacto infame y tácito de hablar a media voz!

¡Sólo el talento salvará al Perú!

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