Danza liberó al altiplano de la marginación y el sufrimiento desmedidos

De acá a 10 años la ciudad de lago ya no podrá albergar a tanto danzarín y devoto de la Mamita

Cuando en la madrugada del primero de febrero, el alferado subía al cerro Azoguini, que vigila la ciudad del lago, Puno, con los músicos e invitados, daba comienzo -con ese ritual- a una nueva edición de la más grande fiesta patronal del Perú y una de las más representativas del Latinoamérica: la Festividad de la Virgen María de la Candelaria. Esto no sólo por la música y el folklore, que se derrochan a raudales en la danza, sino por su alto contenido religioso, cultural y etnológico, una especie de puente de plata con los ancestros del pasado de la cultura andina en general y colla en particular.

Es pues todo un pueblo bailando y gozando. Es una evasión y un éxtasis colectivos. No hay edad para la danza ni la música: hombres y mujeres, sean adultos o jóvenes, niños o ancianos, casados o solteros, puneños y no puneños, incluido turistas de todas las latitudes, se contagian en esta actividad y en el ritual de las danzas que reflejan una continuidad de tiempos inmemoriales y que se recrean a diario en un áspero debate entre la modernidad y la tradición.

Este fenómeno cultural se da sobre todo con la llegada de las bandas musicales de todo el altiplano, incluido Arequipa, Moquegua, Tacna, ni qué decir de Bolivia. La noche previa al día central, el del concurso de danzas en trajes de luces, tienen lugar las misas de vísperas y fuegos artificiales que iluminan con su resplandor el cielo puneño, y, aunque éste llore con copiosas lluvias, no hay nada que detenga la danza y los melodiosos acordes en todas las plazas de la ciudad.

ORÍGENES. Los turistas y estudiosos con toda seguridad que se interrogan de cuál es el origen de este ritual colectivo que cada año atrae más adictos a la festividad de la Mamita, como cariñosamente llaman los nativos a la Virgen María de la Candelaria. Habría que recordar que hubo un tiempo hipotético y triste en que los castellanos impusieron una fe religiosa sobre otra fe que era una deificación de dioses tutelares de la madre naturaleza: la Pachamama, por ejemplo.

¿Qué habría de pasar en la mente colectiva de la raza originaria ante ese traumático cambio? Miles y millones de antiguos peruanos se habrían quedado sin horizonte y sin los cimientos y resortes espirituales que normaban hasta entonces su existencia. Muchos de esos miles y millones se habrían imaginado la misma sentencia que en épocas modernas proclamara Friedrich Nietzsche: "Dios ha muerto", provocando en el antiguo Perú la mayor de las angustias históricas que la antropología aún no ha develado.

Si esta hipótesis la transformáramos en premisa, ¿cómo es que la raza originaria ha sobrevivido? Mimetizándose, obviamente, asumiendo el nuevo credo a su manera, reproduciendo su cultura desde esa hermosa expresión artística que es la danza, como el mismo Nietzsche lo desliza como teoría general en cierta parte de su obra.

La danza, en el estado inicial de su desarrollo, sería apenas una evasión superadora de la angustia por la pérdida de las antiguas deidades y señoríos. Y en su transformación y mutación no hubo un odio al devenir sino un cambio convenido, no precisamente hacia la virgen clásica de la tradición judeo-cristiana, sino a una virgen plebeya, diríamos nativa por el color y sus orígenes en tanto fue el bálsamo para los sufrimientos y dolores de los mineros en la mitas coloniales, de donde ella salió, y, con el pasar de los años, de todo el pueblo sufriente del altiplano ávido de pan y cariño.

PESADEZ. Es entonces en la danza en que los primeros devotos de la Mamita disfrutan la libertad que les era negada y se despercuden por unos quince días de ese espíritu de pesadez que, según el mismo Nietzsche, "impide al hombre ser libre”.

En un trabajo de Maia Pedroncini [1] precisamente se subraya que "Nietzsche en “los siete sellos” dice: “Mi Alfa y mi Omega es que todo lo que es pesado y grave llegue a ser ligero; todo lo que es cuerpo, bailarín; todo lo que es espíritu, pájaro”” [2].

En esa línea de pensamiento, Pedroncini afirma que la danza es una metáfora, pero esta cualidad no le resta importancia, sino que, por el contrario, eleva a este arte como la nueva forma de escritura: escribir con el cuerpo sobre la tierra y el aire. De esa forma, diríamos nosotros, la danza juega el rol principal para reconstruir los cimientos espirituales de una raza y de sus vicisitudes en los tiempos nuevos. La danza levanta a la raza vencida y la libera de las cadenas del sufrimiento y la marginación. Algunos dirán, no sin razón, que esas cadenas se mantienen, pero no podrán negar que la realidad de hoy, al margen de la ciudadanía, es de lejos muy llevadera y diferente al oprobio del pasado.

¿Acaso no es cierto, que los antiguos puneños eran prohibidos de danzar en Puno ciudad y que incluso les cobraban impuestos por practicarla, o los obligaban a vestir con terno, impidiendo usar sus trajes típicos? Desde más o menos mediados de la década del sesenta de la pasada centuria eso empezó a cambiar, y para bien. Amparados en una Virgen piadosa y generosa para con los indios, llegó un momento que ellos la tomaron como propia, y danzaban y danzaban para ella, llegando a conquistar –precisamente con la danza- la mente y el corazón de los extraños hasta conseguir que esa misma virgen sea patrona de todos los puneños, sin distinción de esas malditas cuestiones de dinero, de razas y de clases.

DESBORDE CULTURAL. Mucho espacio ocuparía escribir de cómo es que la danza sale de su estado embrionario y reprimido y conquista definitivamente el alma colectiva tras la lógica del desborde popular que José Mattos Mar demuestra respecto de la sociedad y las barridas (Desborde popular y crisis del Estado (1984)) y que Hernando de Soto lo revela en la economía con El otro Sendero (1986). Alguna vez los memorialistas del futuro demostrarán que el desborde cultural de la danza altiplánica tiene mayor valor en el campo espiritual que los desbordes económico y social.

Claro que este desborde tiene actores a quienes habría que mencionar. Nos referimos al Instituto Americano de Arte, liderado por el recordado Enrique Cuentas Ormachea, reforzado por la Federación Folklórica Departamental de Puno, iniciada por Don Pablo Aquize Mestas, entre otros visionarios, que marcaron el parteaguas al plantar un pilar pétreo para que la sociedad puneña aceptara la festividad de la Mamita como propia, hasta denominarla en la actualidad la Fiesta de todos los puneños.

En esa perspectiva, el crecimiento vertiginoso de la festividad nos hace prever que de aquí a diez años alcanzará tal protagonismo que las estrechas calles de Puno ya no podrán albergar a tanto devoto y a tanto danzarín que llegarán de todo el Perú y el mundo.

PARODIA. De otra parte, no se necesita tener una mirada muy aguda para sostener que en las danzas autóctonas se refleja, por lo general bajo la forma de parodia, la vida cotidiana ya sea en su versión pastoril o agrarista del hombre altiplánico, como en las danzas de “Los Llameros” y “Los Satiris”, respectivamente, así como muchos sucesos que han marcado su historia, desde las guerras preincas, pasando por los de la Independencia, las provocadas contra la Confederación Peru-Boliviana y la aciaga conflagración con Chile. Basta ver los "Soldados palla palla" para hacernos una idea de lo que en otras latitudes son las danzas de "Los Avelinos".

Y en las danzas de los trajes de luces, que son un derroche del erotismo de la vida, sobre todo juvenil, se observan todas las seducciones y flujos hormonales de las hermosas chicas en trajes cada vez más diminutos, lo que molesta al tradicionalismo conservador.

Pero ambas formas de danza –las autóctonas y las de luces- emanan los secretos y encantos de nuestras vidas, el sexo, cuando no el ideal sublime por lo supremo, por la eternidad y la permanente búsqueda del huevo originario de nuestras teogonías pretéritas.

Tras los pasos de los danzantes altiplánicos, o de los danzantes de tijeras, tras los pasos del Inty Raymi cusqueño, y, obvio, tras los pasos de la tradición clásica cercana, con Isadora Duncan a la cabeza, leyenda que no murió, como dijo en un verso la gran negra Celia Cruz, la danza es y será un elíxir liberador del pasado, del presente y del futuro. Y es que cuando todo el mundo dance, y cada especialidad humana haga lo mismo, incluido los filósofos de tan densas y aburridas meta-teorías, ese día la humanidad será libre de toda cadena opresora material y espiritual. Si esto es así, es cierta entonces aquella afirmación de que la danza es la mayor expresión de afirmación de la vida.

Documentos adjuntos

[1] La Danza en Nietzsche, una cuestión filosófica.

[2] Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, trad. A. Sánchez Pascual, Madrid, Alianza Editorial, 1985