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Concentración (casi monopólica) de las telecomunicaciones

Desde que José Ángel Gurría Treviño, originario de Tamaulipas, salinista-zedillista (aunque no sé si también expriísta) obtuvo la dirección de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y se rasuró la barba –que usó cuando fue funcionario e hizo casi toda su carrera burocrática en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público–, anda muy metido en los problemas económicos nacionales al señalar con razón los malos manejos, errores, corrupción y complicidades políticas. Su equipo apodado el Ángel de la dependencia por su proclividad estadunidense (como el casi entreguismo del presidente Felipe Calderón a cambio de que ahí le den asilo en calidad de testigo protegido), ha hecho sesudos estudios sobre el estancamiento, la pobreza y los males generados por la falta de políticas públicas democráticas y, sobre todo, porque Vicente Fox y Calderón, que de rodillas creen en el mercado y el libre comercio sin controles, han dejado que el país navegue a la deriva.

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Un informe de la OCDE (que muchos medios de comunicación publicaron mutilado para favorecer a Televisa en esa red de complicidades entre cúpulas casi monopólicas en televisión, radio, telefonía fija, móvil, etcétera) indica que existe una falta de competencia en el mercado de las telecomunicaciones. Y que se debe a su concentración en los empresarios Carlos Slim, Emilio Azcárraga Jean, Ricardo Salinas Pliego, los Aguirre, los O’Farrill, etcétera. Unos cuantos vivales protegidos por los gobiernos de los partidos Revolucionario Institucional y ahora del Acción Nacional, controlan de por vida y de padres a hijos las concesiones de radio, telefonía y televisión, de tal manera que cuando se intenta (hasta en la aviación) abrir espacios para nuevas comunicaciones, estos empresarios sueltan sus campañas para presionar al gobierno.

Éste cede de inmediato, porque de muchas maneras se vuelven cómplices de Slim (quien entrega millonadas a los candidatos), de Televisa y de TV Azteca que representan un poder de facto temible. Televisa es propeñista. Y no obstante que Andrés Manuel López Obrador les juró amor y no tocarlos, no lo aceptan ni Azcárraga ni Salinas Pliego. Y éste se ha ido con todo el peso de sus abogados contra el órgano de competencia y luego le perdona la vida a Eduardo Pérez Motta, titular de la Comisión Federal de Competencia. No existe competencia en telecomunicaciones, porque los gobernantes están de acuerdo en esa corrupción. Y ningún estudio, por acertado que sea (y lo es el de la OCDE) hará cosquillas a los rabiosos concesionarios que, adueñados del mercado no permiten la competencia, ni entre ellos. Los tres monopolios quieren más. Y no dudarían en eliminarse entre sí para quedarse con todo el botín.

Unidos contra Slim, tras un pleito a muerte, Azcárraga y Salinas Pliego presionan para aumentar sus negocios en telefonía y ver si disminuyen su poderío. Y Calderón ha dejado que las críticas a la falta de competencia caigan en el vacío, porque necesita el apoyo del duopolio televisivo y desprecia a Slim. A tal grado de que se acaba de reunir con Salinas Pliego y Azcárraga, como el reportero y analista de medios Jenaro Villamil ventiló en un extraordinario reportaje titulado El chantaje, TV Azteca y Televisa doblegan al gobierno (Proceso, 22 de enero pasado).

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