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Jean Bricmont, buenos días. Acaba usted de hacer uso de la palabra en la UNESCO para denunciar las intervenciones humanitarias. En este momento, Francia y varios países de la OTAN abrigan intenciones bélicas contra Siria y las justifican hablando de una posible guerra humanitaria. ¿Qué puede usted decirnos sobre esa noción y por qué hay que desconfiar de ella?

Jean Bricmont: Si miramos la Historia veremos que todas las guerras siempre se han justificado con móviles altruistas: tenemos el cristianismo, la misión de extender la civilización, la «carga del hombre blanco»… Hitler, por ejemplo, invocaba la defensa contra el bolchevismo. Y después de la guerra, vino la lucha contra el comunismo, y luego la lucha el terrorismo, etc.

Pero en Francia, hoy en día, se habla principalmente de la guerra por los derechos humanos y de la injerencia humanitaria. Yo desarrollé toda una crítica al respecto: imaginemos que Rusia se crea en su derecho de realizar una acción de injerencia humanitaria en Bahréin, por ejemplo. Si eso sucediera, creo que llegaríamos rápidamente a una guerra mundial. Las potencias occidentales no aceptarían que países militarmente poderosos, que técnicamente pudiesen hacerlo, intervinieran en los países del Medio Oriente como estamos tratando de hacerlo nosotros.

Y, sin embargo, la paz mundial –que no es cosa de juego porque una guerra mundial provocaría la muerte de decenas de millones de personas, lo cual sería algo muy distinto de lo que nos están diciendo cuando nos hablan de Siria–, la paz mundial depende de un orden internacional que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial, y que se basa en el respeto de la soberanía nacional de cada país, para evitar precisamente lo que se hizo antes de la guerra, y que condujo precisamente a la Segunda Guerra Mundial, o sea la injerencia de Alemania en los asuntos de Checoslovaquia, y después en los de Polonia, en nombre, en definitiva, de la defensa de las minorías, o sea el mismo tipo de pretexto que hemos utilizado en Kosovo, o con los kurdos de Irak, etc.

Así que seguimos teniendo esta política de las grandes potencias, que siempre invocan nobles motivos pero que, de cierta manera, implica el riesgo de llevarnos a una guerra muy grave y que en todo caso constituye una total violación del orden internacional establecido después de la guerra, orden que a mi entender fue un progreso fundamental.

Así que yo tendría todo tipo de argumentos a desarrollar. Pienso que el mundo andaría mucho mejor si, en vez de gastar sus recursos en armamento, en vigilancia, en aviones sin pilotos, en misiles, los Estados occidentales optaran por una política de paz. Una política de paz sería una política de cooperación, de diálogo con los demás países, incluyendo a Rusia, China, Irán y, por supuesto, a Siria. Esa política es imposible hoy en día, incluso en caso de que algún responsable político tuviese intenciones de aplicarla. Por ejemplo, yo no sé lo que piensa Francois Hollande en su fuero interno, probablemente sólo se adapta a las circunstancias. Pero, incluso aunque pensara que hay que aplicar una política diferente, no podría hacerlo por causa de los medios en Francia. ¡Así de enorme es el bombardeo mediático!

Y con Obama pasa lo mismo. Estoy convencido de que Obama no es muy favorable a esta política, y que tampoco es ciertamente muy favorable a la política de Netanyahu, por ejemplo. Pero no puede hacer nada, porque le caerían encima los medios de prensa y el Congreso. En Francia, la señora Aubry [Martine Aubry es la actual primera secretaria del Partido Socialista de Francia. Nota de la Redacción.] se jactaba ayer de que Francia se había convertido nuevamente en una potencia en el plano internacional porque había dicho que al-Assad tenía que irse y porque le había dicho a Putin que tenía que parar de impedir que la llamada comunidad internacional (que está lejos de representar al mundo entero ya que China y Rusia no forman parte de ella) obligue a al-Assad a irse.

¡Es increíble! Además, cuando pensamos en la correlación de fuerzas, en la crisis que afecta a Europa, e incluso a Francia. Es como el cuento de la rana que quiere parecer más grande que el buey. ¿Y quién le va a decir a Putin lo que tiene que hacer cuando Putin tiene a China como aliado, cuando representa en este asunto al movimiento de los no alineados y también tiene a Irán como aliado?

¿Quiénes se creen ellos que son? ¡Es surrealista! Hay gente que ve la ideología de los derechos humanos como un pretexto para hacer la guerra. Pero yo tengo tendencia a ver en ella una causa de la guerra, una causa que resulta sui generis, porque lleva a Occidente a una especie de locura que le infunde una ilusión de grandeza, grandeza que en realidad ya no tiene, porque la perdió desde la época de la descolonización, con el ascenso de las potencias emergentes, y vamos hacia una especie de locura. Yo no sé si va a bombardear directamente a Siria, no sé si se atreverán a hacerlo, pero sí van a armar a los rebeldes en Siria para sembrar el caos en ese país por un periodo indeterminado de tiempo. No sé cómo terminará eso.

¿Cuál su reacción ante la discriminación contra las voces disidentes, como Michel Collon y usted mismo, por ejemplo, que han sido víctimas [de esa discriminación] hasta en las columnas del diario francés Le Monde?

En las columnas de Le Monde entrevistaron a Pierre Piccinin, investigador belga que estuvo varias veces en Siria, y que había hecho reportajes catalogados como «pro al-Assad». Personalmente, yo no pienso que fueran «pro al-Assad» pero tenían tendencia a minimizar la fuerza de las protestas, hablaban de las mentiras de la prensa occidental, las cuales demostraba por cierto, ya que demostraba que un ataque, me parece, contra una oficina del partido Baas había sido inventado por la prensa.

Durante de su tercera estancia en Siria, Piccinin fue arrestado, maltratado, vio torturas, lo cual lo llevó a cambiar de casaca. Y se convirtió en un apologista de la intervención militar. A mí no me molesta que cambie de opinión sobre al-Assad. Pero mi propia posición contra la injerencia está basada en una tonelada de argumentos que nada tienen que ver con el régimen de al-Assad. Así que ni siquiera me parece necesario entrar en un debate sobre ese régimen. Pero Piccinin cambió de opinión por esa razón. Evidentemente, hay que decir que fue una temeridad de su parte ir a meterse en un país donde hay una guerra civil, o que está viviendo no una guerra civil sino una guerra impuesta desde el exterior, y creer que iba a poder pasar revista a todos los movimientos de rebelión sin tener problemas con la policía…

En todo caso, en la entrevista de Le Monde se burlan de él, diciendo que fue un ingenuo, lo comparan con Tintin. Dicen que ahora se convirtió, que ha visto la luz del día. Y de paso, hacen un articulucho sobre sus «amigos», o sea Michel Collon, yo mismo, y por asociación difamatoria, Alain Soral, Dieudonné, Robert Faurisson y Thierry Meyssan.

Y ahí tenemos la red pro al-Assad en Francia: un francés que vive en el exterior (Meyssan), Soral y Dieudonné, dos belgas (Collon y yo)... y Faurisson, que nada tiene que ver con esta historia pero lo mencionan simplemente para desacreditar a todo el mundo. Y así hacen un artículo bastante surrealista sobre las redes «pro al-Assad» en Francia. ¡Esa manera de presentar las cosas hacen imposible el debate! Yo, por ejemplo, no he estado nunca en Siria. ¡Ni siquiera he escrito nunca sobre Siria! Yo no sé qué quiere decir eso de ser miembro de las redes «pro al-Assad». Mis posiciones han sido siempre en contra de la política de injerencia, a nivel global. La política de no injerencia es válida en los casos de países como Cuba, Venezuela, China, Rusia, Irán, Palestina, Sudáfrica, Chile. No menciono a Siria en particular. Y aunque no hubiese crisis en Siria, yo seguiría diciendo exactamente lo mismo, sin cambiar ni una coma.

Además, el razonamiento resulta sorprendente porque consiste en decir que yo apoyo la libertad de expresión en general, o sea para Faurisson en particular –pero también para las muchachas que quieren ponerse un velo y para todas las demás personas cuya libertad de expresión me parece hoy pisoteada– y cuando digo eso, la gente dice: «Humm, este defiende la libertad de expresión de Faurisson». Además, Dieudonné y Soral serían bien recibidos en Siria porque son amigos de Faurisson. Yo me pregunto de dónde sacan eso, ni siquiera veo la relación. Así que, como resultado de ese «razonamiento», se supone que yo soy miembro de las redes «pro al-Assad».

En realidad, claro está, ni Dieudonné, ni Soral, ni evidentemente Faurisson, que no tiene absolutamente nada que ver con todo esto, ni Michel Collon, ni yo somos miembros de ninguna red «pro al-Assad», que por demás ni siquiera existe en Francia. Se está denunciando algo imaginario, es por el estilo de la guerra contra el terrorismo. Es como si existiera una nebulosa rojo-parda-verde-amarilla-no-sé-qué que anduviera por ahí, rondando por todos lados, que va violar a la hijita de usted… Pero, en realidad, no hay nada. Sólo que, gracias a ese miedo, no hay voces disidentes.

En el extranjero, por ejemplo, Brzezinski y Kissinger, que no son precisamente de izquierda, y que tampoco siguen precisamente mi línea política, han lanzado llamados en contra de la guerra en Siria. El Frankfuerter Allgemeine Zeitung [1] publicó un artículo sobre la masacre de Hula, diciendo que el asunto no era tan sencillo, que probablemente no había sido el gobierno. O sea, hay voces fuera de Francia, en los grandes medios de prensa, hay incluso gente de derecha, que se oponen a la intervención armada. Pero en Francia, es imposible el debate. Se hace imposible el debate porque se señala a varias personales marginales y se dice: «¡Oh, hay redes pro al-Assad! Así que no hablen con esa gente bajo ninguna circunstancia.» E incluso, si tratara de expresarse, no sé, algún intelectual o algún político francés que tuviese un punto de vista diferente sobre el Medio Oriente, lo liquidarían de entrada porque se le mostraría lo que le va a suceder, que lo van meter en las redes «pro al-Assad», como a Collon, como a Bricmont. etc.

Y, por lo tanto, si pueden echarnos a la basura de esa manera, es evidente que nadie va a querer verse asociado a nosotros ni que lo pongan en la misma cesta. El sistema francés, honestamente… siento mucho tener que decirlo porque me gusta Francia, en principio me gusta el laicismo a la francesa… pero no me gusta el carácter totalitario de buena parte de la prensa de ustedes.

En su intervención en la UNESCO, usted mencionó el último film de Bernard-Henri Levy. ¿Puede decirnos algo más sobre el tema?

En realidad, pensé en él porque quise hacer una broma diciendo que es a la vez cineasta, guerrero de hotel y filósofo. En realidad, tengo que decir que se me ocurrió eso enteramente por casualidad, porque estoy leyendo, para distraerme, Le Siècle de Louis XIV de Voltaire, y en un momento dado se menciona a La Rochefoucauld, quien hizo ejecutar a una persona como represalia por la muerte de alguien de su propio bando. Y Voltaire escribe: «Y ese señor dice ser filósofo». Así que yo me dije que es lo mismo que Bernard-Henri Levy, que predica una guerra pero dice ser un filósofo. Es un poco la situación actual.

Sin embargo, ni he visto su película ni tengo ganas de verla. Una vez más, ¡es increíble! Ya veremos. No quiero hacer pronósticos pero creo que su película será un fiasco total. Pero lo sorprendente es que no hablan tan mal de él. En Internet, los que la han visto y emiten alguna crítica dicen es una película de megalómano, hecha para glorificarlo, lo cual parece ser cierto. Repito que no puedo dar mi opinión porque no he visto el film. Pero, de ser cierto, ¿cómo es que no hay más gente que se atreva a criticarlo públicamente?

Ese el problema del sistema francés. Ustedes tienen un grupo de personalidades (como BHL) que tienen medios financieros enormes. Y quiero señalar que incluso en los medios que pudiéramos llamar «de izquierda», todo el mundo se burla de él. Pero, en realidad, todo el mundo comparte sus ideas. Cuando hubo la guerra contra Libia, casi toda la clase política –claro está– pero también medios radicales estaban de acuerdo con la intervención. De hecho, pedían la intervención. Ahora, con Siria, estamos viendo el mismo guión.

E incluso en esos medios, yo he tratado, desde hace años, desde Kosovo, y es muy difícil (si no imposible) lograr un debate. Porque hay todo tipo de reflejos condicionados: «Ah, es un nuevo Hitler, no hicimos nada para impedir el Holocausto, esta vez tenemos que hacer algo.» Hace décadas que varias generaciones son adoctrinadas con ese tipo de reflejos condicionados. Y, entonces, es como si cayésemos de golpe en pleno siglo XII y dijésemos: «Oigan, Jesucristo no es hijo de Dios». Nadie lo entenderia. Y aquí pasa lo mismo. Si usted dice : «Pero, reflexionemos un poco sobre esa politica de injerencia. ¿A dónde nos lleva? ¿Qué es la militarización? ¿Por qué tenemos estos conflictos constantes? ¿Quién está detrás de todo eso? ¿Cuál es el objetivo? ¿De verdad creen ustedes que eso ayuda a los derechos humanos?» Es imposible tener una discusion sobre eso porque enseguida emergen todos los reflejos.

Eso lo que yo llamo, con un poco de maldad, «la religión del Holocausto». No quiero decir con eso que el Holocausto no haya tenido lugar ni no sea un acontecimiento trágico. Lo que yo critico es la explotación política de ese hecho porque cualquier nueva situación se señala como la aparición de un nuevo Hitler, de un nuevo Holocausto, etc. lo cual justificaría por lo tanto la necesidad de una intervención, y al que no está de acuerdo lo acusan de ser un partidario del pacto de Múnich, de ser un partidario de Petain [El mariscal Philippe Petain dirigió el gobierno francés de colaboración con la ocupación nazi, de 1940 a 1944. NdlR.] o de «antisemita». Y mientras se mantenga esa matriz ideológica no podrá haber ningún debate serio sobre la realidad del mundo contemporáneo ni en el seno de la izquierda, ni en la extrema izquierda, ni en ningún lado.

Entrevista realizada el 14 de junio de 2012 por Jonathan Moadab y Raphael Berland, del Cercle des Volontaires.

[1] «Abermals Massaker in Syrien», por Rainer Hermann, Frankfurter Zeitung, 7 de junio de 2012.