El presidente afgano Hamid Karazai y el primer ministro de Italia Mario Monti el 7 de noviembre de 2012.

El 4 de noviembre de 2012, el primer ministro italiano Mario Monti celebró el día de las fuerzas armadas italianas con una visita «por sorpresa» a Afganistán. Allí dijo a los militares italianos destacados en Herat: «Ustedes no son la expresión de una nación en guerra. Estamos aquí para garantizar a este país seguridad, estabilidad y prosperidad.» Seguidamente se reunió con el presidente Karzai y le aseguró que Italia, como los demás países, «va a transformar su apoyo, lo cual no significa dejar solo al país».

Eso es lo que se garantiza en el Acuerdo de Asociación que Monti y Karzai firmaron en Roma el 26 de enero de 2012. Con vistas al establecimiento de «infraestructuras estratégicas» en la provincia afgana de Herat, Italia concede al gobierno afgano un crédito de 150 millones de euros –mientras que la ciudad italiana de L’Aquila está aún por reconstruir. También se prevén inversiones italianas en la minería afgana –mientras se cierran las minas de Cerdeña– y de respaldo a las pequeñas y medianas empresas afganas –mientras que las italianas están quebrando.

Además de los compromisos previstos en ese acuerdo, Italia está asumiendo otros más en el marco de la OTAN. Después de haber gastado en la guerra de Afganistán 650 000 millones de dólares, Estados Unidos comprometió a sus aliados a contribuir a la formación de las «fuerzas de seguridad afganas» –que ya ha costado 60 000 millones de dólares– y al «fondo de reconstrucción» –que ya costó unos 20 000 millones. ¿A dónde se va todo ese dinero?

Pues se va en gran parte a los bolsillos de la extensa familia de Hamid Karzai, el socio recibido con todos los honores en la sede de la presidencia de la República Italiana por el presidente Napolitano. Una investigación del New York Times ha revelado los negocios, ya parcialmente conocidos, de la familia de Karzai.

En esta vieja foto de familia aparecen los 7 hermanos Karzai alrededor de su padre. De izquierda a derecha –de pie– Shah Wali Karzai (empresario de obras públicas y principal promotor inmobiliario en Kandahar, Ahmed Wali Karzai (líder político del sur del país, asesinado), Hamid Karzai (agente de la CIA, ex consultante de la petrolera estadounidense UNOCAL, actual presidente de Afganistán), Abdul Wali Karzai (profesor de bioquímica en la universidad estadounidense de Stony Brook). Sentados, Abdul Ahmad Karzai (responsable de la Agencia Afgana de Inversiones), Qayum Karzai (consejero político del presidente y probable próximo presidente, propietario de restaurantes en Baltimore), Abdul Ahad Karzai (el padre, ya fallecido) y Mahmud Karzai (uno de los hombres de negocios más importantes de Kabul).

Los hermanos del presidente y otros de sus parientes, muchos de los cuales tienen la ciudadanía estadounidense, se han enriquecido con los miles de millones de dólares de la OTAN –que también salen de nuestros bolsillos–, con los negocios que hacen por debajo de la mesa con compañías extranjeras, con las licitaciones “arregladas” y el tráfico de droga. Una verdadera lucha por acaparar esos negocios se desató entre los hermanos Karzai. Mientras que Qayum Karzai se prepara para reemplazar a su hermano Hamid en el sillón presidencial, otro hermano –Ahmed Wali Karzai, considerado el boss del sur del país– fue asesinado. La corrupción y el tráfico de droga le habían permitido acumular cientos de millones de dólares, depositados en Dubai. El presidente Karzai puso en su lugar a otro de sus hermanos, Sha Wali Karzai, manager de la empresa AFCO, propiedad de otro de los hermanos Karzai, Mahmud, quien se enriqueció a su vez con la especulación inmobiliaria: después de hacerse del control de 40 kilómetros cuadrados de terrenos públicos está construyendo en Kandahar miles de casas para los afganos acomodados. Mahmud es además un hábil banquero: en 2010 logró sustraer 900 millones de dólares del banco más importante del país transfiriéndolos a una cuenta personal en Dubai. Ya en el poder, Sha Wali rompió con su hermano Mahmud –incluso urdió un complot para asesinarlo– y creó su propia empresa, a la que transfirió por debajo de la mesa 55 millones de dólares del Banco de Desarrollo Inmobiliario.

Esa es la gente con la que el gobierno de Mario Monti firmó el Acuerdo de Asociación que la Cámara de Diputados de Italia aprobó el 6 de septiembre –con una aplastante mayoría de 396 contra 8– y que el Senado adoptó el 30 de octubre –por unanimidad– basándose en una declaración solemne que señala que ambas partes tienen «intereses compartidos y objetivos comunes».

Fuente
Il Manifesto (Italia)

Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la traducción al francés de Marie-Ange Patrizio.