Numerosos análisis sobre Siria hablan de la imposibilidad de dar un vuelco decisivo a la batalla en el conflicto entre el Estado y las bandas terroristas encabezadas por el Frente al-Nosra, vinculado a al-Qaeda, bandas integradas además por un coctel en el que se mezclan la Hermandad Musulmana, takfiristas internacionales «provenientes de 29 países», como reconocen investigadores de la ONU en un informe, sin olvidar los asaltantes de caminos y los malhechores sin dios ni ley.

El principal factor que permite decir que es imposible dar un vuelco decisivo a la batalla es, en primer lugar, el equilibrio de fuerzas en el seno de la sociedad siria y las repercusiones que tiene en los protagonistas: el Estado y el Ejército Árabe Sirio por un lado y, por el otro, las bandas terroristas a sueldo de la OTAN.

Todo observador honesto sabe perfectamente que una mayoría popular, conformada por un sólido núcleo transcomunitario, expresó desde el principio su respaldo al presidente Bachar al-Assad, a todas las iniciativas que este último ha tomado y al Ejército Árabe Sirio en la lucha contra la rebelión y los terroristas. Esa corriente popular ha ido creciendo con el desarrollo de los acontecimientos ya que dos bloques se sumaron a ella: el bloque «gris», que se había mantenido al margen, ahora expresa un apoyo inquebrantable al ejército, ante las prácticas terroristas de las bandas armadas que manifestaron claramente los impulsos destructores de esos grupos. Ese bloque rechaza el caos, busca la estabilidad y rechaza enérgicamente la destrucción sistemática del Estado sirio, de sus instituciones y su infraestructura. Otro sector de la población, anteriormente influenciado por los eslóganes sobre las reformas, se ha dado cuenta de que la voluntad de cambio del presidente Bachar al-Assad y del Estado era creíble y sincera mientras que la oposición, al rechazar toda posibilidad de diálogo, no busca otra cosa que conquistar el poder a cualquier precio, sobre todo la oposición orgánicamente vinculada a Occidente y a las petromonarquías.

La mayoría de la sociedad siria, consciente y despierta, se mantiene junto al Estado, junto al ejército y el presidente, mientras que una pequeña parte apoya a la Hermandad Musulmana y a otros grupos de la oposición que expresan una hostilidad enfermiza e irracional hacia el Estado sirio. Pero esos grupos siguen disminuyendo día a día y están perdiendo su base popular, sobre todo en las regiones donde se encuentra el Frente al-Nosra, extremadamente sanguinario y violento.

Es esa correlación de fuerzas en el seno de la sociedad lo que resulta determinante en cuanto al resultado del combate. Es indudable que la mayoría de la sociedad está presionando al Estado y al ejército [sirios] para que dé un vuelco decisivo a la batalla y rechace todo diálogo o compromiso con las bandas takfiristas y los demás grupos manipulados por la OTAN y los países del Golfo.

Si quienes aseguran que es imposible dar un vuelco a la batalla lo hacen basándose en los informes de las fuerzas militares, es evidente que esa lectura proviene de datos falsos, aunque tampoco se puede minimizar la capacidad de hacer daño de decenas de miles de terroristas, entre los que se encuentran varios miles de extranjeros, verdaderos asesinos profesionales que están perpetrando numerosas masacres en territorio sirio. Esos grupos reciben enormes cantidades de armas y sumas [de dinero] astronómicas para proseguir su guerra de desgaste contra el Estado [sirio] y su ejército.

A pesar de ello, la correlación de fuerzas es ampliamente favorable al ejército. Todos los factores anteriormente mencionados indican que la lucha del Estado, del pueblo y del ejército sirios será larga. Todos los compromisos políticos, temporalmente en suspenso, no lograrán poner fin al terrorismo. Tampoco lo lograrán los pasos emprendidos para controlar la hemorragia, a no ser que se basen en la necesidad de respaldar al Estado y de tomar medidas contra quienes financian, arman, entrenan y protegen a los «serial killers» transnacionales, que se hacen llamar yihadistas. Esas bandas armadas gozan del apoyo de Estados Unidos, de la OTAN, de Turquía, de Qatar y de Arabia Saudita.

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