8-5-2013

Estas modestas disquisiciones criminológicas, preñadas de realismo, tratan sobre los ¡orígenes tenebrosos de la desesperanza con violencia social!, que muchas veces muta a criminal y que el gobernante de turno se desespera en contener, sin advertir que su ejemplo la desborda.

En mi libro “Criminología Peruana”, de 2 tomos, puede constatarse mi tesis: no querramos con marcada ingenuidad desterrar la violencia social, peor la criminal, la sola protesta, el descontento callejero, y situaciones afines, pero todas incómodas, mientras tengamos niños, jóvenes, adultos y ancianos, de ambos sexos, por muchos millones, en el campo y en la ciudad, que no logran aniquilar su hambre, su sed, sus carencias de vestido, techo, educación y salud, o sea, su pobreza extrema, si al propio tiempo contamos y toleramos a una ínfima minoría ciega y torpe, obsesiva, mercantilista, que detenta el poder y lucha como fiera por mantenerlo o reconquistarlo, usa y abusa de su prensa, vive en la opulencia insultante de su riqueza acumulada con el prevalente saqueo del fisco, con lujosas mansiones, costosas joyas, placeres y miles de gollerías en exceso, millonarias cuentas bancarias (protegidas por el secreto), gestando, despertando y acrecentando la envidia y el odio en la vereda de enfrente.

En tales inhumanas condiciones, ilógicas e injustas ¿resistirá la mayoría pobre, explotada e indocta aún más este llamado orden social criminogenético, que beneficia a los menos, y que convive con el germen de su propia destrucción?

La cacareada seguridad ciudadana, de alcaldes y ministros, que implica mayormente represión, ¿será un antídoto o contención suficiente, sin cambiar las condiciones generales de vida antes descritas a manera de un incompleto inventario? Francamente, lo dudo.

El hombre que delinque a los 20 años, o mucho antes, y también después, ya es un refinado producto social (factores exógenos lo han moldeado muy a su pesar), con un psiquismo estructuralmente formado (con celos, envidia, codicia, hipocresía, morbos y psicopatías, etc.). Sobre la maciza base biológica que trajo, quizá con alguna anomalía cromosomática, ya actuó el cuotidiano torbellino e implacable de la influencia social (desempleo, pobreza, incultura, alcohol, familia numerosa, malas juntas, prensa nociva), de cuyos embates le resulta difícil escapar. Por eso, llegado el caso, sólo transita al acto, sin poder sustraerse.

El rigorismo penal, la amenaza de la pena, incluso la de muerte, el temor a las cámaras de la seguridad ciudadana o la cárcel misma, tienen muy poco peso sobre su índole personal, ya formada y deformada. De allí que el delito está a la orden del día. La violencia, una segura consecuencia de la desesperanza que prohíja el sistema social y político.

¡Los gobernantes, esos que merecen la cárcel y llegan a ella (como Fujimori), los que buscan esquivarla con manoletinas (tipo Alan), por su tozuda corrupción y propias torceduras morales, a la violencia y al crimen los hacen germinar e hipertrofian sin cesar!

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