¿Qué placer perverso pueden sentir quienes, por tener faltriqueras abultadas de moneda nacional y foránea, maltratan a los que poco o muy escaso efectivo cargan en sus billeteras? Misterio insondable que sólo puede comprenderse vía la premisa que el humano es capaz de bajezas, de excursionar a las sentinas del alma, de ejercer venganzas de ayeres inconfesables.

La editora de una cadena internacional de alta costura me pidió -yo ni siquiera insinué el asunto- una investigación de las tendencias en el mercado local. Leí hasta volverme más miope, indagué por arcanos de una ciencia ajena, buceé con ojos procelosos y logré cotejar versiones, estructurar un informe actualizado, en suma, cumplí la tarea. Pero de aquella sólo supe que estuvo de excursión por el Everest y que se trajo a un sherpa para inspirarse en sus temas. De lo convenido, que no pedí bajo ninguna fórmula, nada de nada.

Un empresario prometió que si hacía una búsqueda sobre el difícil acápite de la inmortalidad del mosquito y su resistencia a los fármacos entonces había negocio: el hallaba lo que andaba persiguiendo y, a cambio, yo ganaba, producto del trabajo, dineros honrados. Pero el muy exquisito está alegando que se "trataba" de la inmortalidad del mosquito discapacitado con una sola patita. Usted puede adivinar: nada de nada.

Hay quienes deben la honra de sus pagos y por toda comunicación remiten emails con palabras preñadas de esperanzas en tiempos mejores y voluntad plena pero del contante y sonante: nada de nada.

Estos tres casos son reales. A la troika mandante no les escasea el dinero, acaso hasta les sobra, pero tienen alergia de cumplir con sus obligaciones que ellos mismos diseñaron y comprometieron. Ciertamente, demás está decirlo, al prometido sólo le queda el buen humor.

Y la dignidad.

Pero, la dignidad NO paga facturas y tampoco el buen humor es sucedáneo que solucione la avalancha que se viene cuando los papeles de las empresas prestadoras de múltiples servicios le avisan: "Recupere su línea acercándose al banco y siga disfrutando de nuestros modernos equipos".

¿Puede prescindirse de la dignidad y el buen humor? Hay muchos a quienes ambas virtudes importan ¡un ardite! Son capaces de pensar hoy blanco y mañana, por mejor sueldo, en negro. De aquellos está empedrado el suelo del Perú. Nuestra historia es muy democrática en la exposición de hombres y mujeres a quienes en vida se les conoció por indignos y cejijuntos. Además hay avenidas, parques, bustos, calles y jirones que llevan sus nombres. ¿Curiosa paradoja cruel que una nación "rinda homenaje" a no pocos traidores, ladrones y rateros, no?

Entonces la lección es inequívoca y terminante: la dignidad NO tiene precio y el buen humor es un magnífico escudo frente a las dificultades, en buen castellano ¡son irrenunciables!

El día o la hora en que pierda la dignidad o el buen humor, convocaré a conferencia de prensa (y lo más probable es que sea el único reportero presente), para anunciar mi defunción cívica por pusilánime e incapaz. Como me voy a cuidar muy mucho de semejante baldón, diré que no hay nada más delicioso que reírse de uno mismo.

La condición natural de la gente digna y de buen humor es la de ser descamisado de bolsillos anémicos pero pleno en proyectos, ideas, sueños, aspiraciones y, sobre todo, fe como la que tienen los carboneros que antaño echaban el mineral para que la locomotora no amainara su rugido kilométrico. A esa especie, llamada ilusa e ingenua -o boba, según quien emita la sentencia- pertenece el autor de estas líneas que no son una queja, trasuntan mucha risa y también algo de lástima por quienes nos dan palo sin que les hagamos nada. Querer trabajar y ganar honradamente por esa razón, es una costumbre interesante. Aquí y en la Cochinchina.

Es hora de culminar esta crónica por la simple razón que a los madrugadores ya se nos cierran los ojos en piloto automático.

Como se lee en las películas (y reparen mucho los fautores de estropicios): cualquier parecido con la realidad es puramente casual.

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La dignidad NO paga facturas
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