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Unión Europea: la Resistencia libanesa clasificada como «organización terrorista»

Clasificar al Hezbollah como organización terrorista equivale a condenar el derecho de «resistencia a la opresión» reconocido como el Cuarto Derecho Humano y del Ciudadano en el artículo 2 de la Declaración de 1789. Y eso es lo que acaban de hacer los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea. André Chamy analiza esa negación flagrante del espíritu europeo, que se ha concretado por presiones de Estados Unidos e Israel.

| Paris (Francia)
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Los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea decidieron, el 22 de julio de 2013, incluir la rama militar del Hezbollah en la lista europea de organizaciones terroristas.

«Se ha llegado a un acuerdo para incluir el Hezbollah», declaró un diplomático de la Unión Europea al margen del encuentro de Bruselas. Otros tres diplomáticos confirmaron sus palabras.

El Reino Unido, con el respaldo de Francia y de los Países-Bajos, entre otros Estados, trataba desde el mes de mayo de persuadir a los demás miembros de la Unión Europea de adoptar esa decisión.

Londres mencionó «pruebas» de la implicación de la rama militar del Partido de Dios en un atentado con bomba cometido en julio de 2012 contra un autobús de turistas israelíes, en un balneario búlgaro. Cinco israelíes y el chofer del vehículo murieron en aquel atentado.

Los partidarios de las sanciones también afirmaron que la creciente implicación del Hezbollah en la «guerra civil» en Siria demuestra que el Líbano ya se encuentra en situación de fragilidad y que la Unión Europea tenía que considerar el peligro de atentados en Europa. La decisión implica el inmediato congelamiento de los activos que el movimiento chiita libanés pueda poseer en los 28 países de la Unión Europea.

«Es bueno que la Unión Europea haya decidido clasificar al Hezbollah como lo que es: una organización terrorista», comentó al margen de la reunión el ministro neerlandés de Relaciones Exteriores, Frans Timmermans. «Hemos vencido una etapa importante hoy al sancionar a la rama militar, congelando sus activos, obstaculizando su financiamiento y limitando así su capacidad para actuar», agregó.

Hasta este momento, la Unión Europea había resistido a las presiones de Estados Unidos e Israel en busca de la inclusión del Hezbollah en su lista negra explicando que una decisión de ese tipo podía complicar sus relaciones con el Líbano, donde el movimiento chiita forma parte del gobierno, y agravar las tensiones en el Medio Oriente.

Aunque la Unión Europea no menciona la creciente implicación del Hezbollah en el conflicto sirio, junto al Ejército Árabe Sirio, ese factor parece haber sido decisivo ya que no ha ocurrido nada nuevo que justifique una decisión tan arbitraria, que no es más que un nuevo acto de sumisión de la Unión Europea ante las autoridades de Estados Unidos e Israel.

¿Por qué esta decisión?, que se produce por demás en un contexto particularmente inoportuno.

Los movimientos de resistencia son a menudo mal vistos porque desestabilizan la autoridad establecida. Nelson Mandela y el ANC (El African National Congress sudafricano) son un perfecto ejemplo de ello. Hoy en día, los poderosos no cesan de elogiar a Nelson Mandela y de cantar loas a su sabiduría. Pero se olvida oportunamente que el ex presidente sudafricano y Premio Nobel de la Paz figuró durante muchos años en la lista negra de Estados Unidos, clasificado como terrorista, al igual que su partido, el ANC. Y tampoco se dice que no fueron retirados de esa lista hasta el 28 de julio de 2008.

El Hezbollah y el Hamas no gozan de mejor imagen, cuando no son otra cosa que la respuesta de los pueblos oprimidos a largos años de desprecio y humillación. ¿Qué puede justificar hoy que esos pueblos tengan que seguir soportando por años los abusos de un ejército de ocupación? Absolutamente nada. No les queda otro camino que la resistencia.

Esa resistencia transforma los Estados y grupos que optan por ella en blanco de agresiones. Existe un orden económico y político a cuya ley no está permitido oponerse. De vez en cuando, alguna que otra declaración de intenciones viene a atenuar el impacto de la opresión generalizada, siguiendo el ejemplo de las pocas voces que se hicieron oír en protesta contra la invasión del Líbano en 1982. Ninguna, sin embargo, llegó a solicitar una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU para exigir la retirada inmediata, como se exigió más tarde… cuando Irak invadió Kuwait.

Nunca se han adoptado sanciones contra Israel como castigo por las brutalidades cometidas contra los civiles en Líbano y Palestina. Israel acaba de atacar un país soberano, al bombardear el territorio sirio, sin que se levantara ninguna voz para expresar desaprobación. Todo es permisible cuando se trata de las acciones que realiza ese Estado, que actúa como si se hallara al margen de este mundo, cuyas fronteras se mueven constantemente en función de la anexión de territorios, de casas, de plantaciones de olivos e incluso de sitios de culto del pueblo palestino.

Es evidente que a nadie se le ocurrirá preparar una campaña militar para obligar a los israelíes a retirarse del Líbano, país que ha vivido bajo la ocupación por más de 18 años.

¿Podemos objetivamente hacer el menor reproche a quienes han sabido resistir? Según ciertos políticos libaneses corruptos, no se debería resistir a la voluntad de los soldados israelíes. ¡El problema es que se trata de un ejército de ocupación!

El Hezbollah ha logrado llevar adelante su estrategia de resistencia, obligando así el ejército israelí a retirarse de la mayoría de los territorios que había mantenido ocupados durante 18 años. Ese partido se ha convertido en un verdadero actor de la escena política. Ha convertido el Líbano, un país que fue juguete de las guerras entre las potencias, en un elemento indispensable dentro de un frente de rechazo y resistencia.

El Hezbollah, gracias a los vínculos ancestrales entre los chiitas del sur del Líbano y los de Irán, ha logrado obtener la ayuda que le permite respaldar la resistencia de la población local en su empeño de no abandonar sus tierras. Esa organización supo realizar esfuerzos colosales para crear servicios de educación, de salud y de ayuda social. Y, al mismo tiempo, había que mantener la lucha armada contra el ocupante, empujarlo fuera del Líbano.

Mientras más espectaculares se hacían sus operaciones y más negativo era su impacto sobre los soldados israelíes, más positivas eran entre la población local. Y más allá, un amplio sector de la población libanesa se identifica con los jóvenes luchadores de la resistencia que desafían a los soldados súper entrenados y súper equipados de Tsahal.

Los jóvenes miembros de la Resistencia reeditan la epopeya del imam Hussein al participar anualmente en la fiesta de Achura, que más que una fiesta es una ceremonia de lágrimas destinada a alimentar la llama del sacrificio. Se han trazado un objetivo: expulsar a los soldados israelíes del sur del Líbano.

Aparecen así el jeque Ragheb Harb y el sayyed Abbas Moussawi, dos jefes religiosos, grandes oradores y que gozan de gran prestigio entre la población del sur. Y se dedican a la causa de la lucha por la independencia contra quienes, señalan, ensucian su sagrado suelo, tierra portadora de las cicatrices del imam Hussein, restañadas en los sitios de recogimiento creados en cada localidad o aldea y que son a la vez lugares de encuentro, de debate y de aprendizaje en los que se realizan un trabajo, discreto y constante, de incorporación de la población a la lucha armada contra el ocupante.

Tanto el jeque Harb como sayyed Abbas Moussawi acabaron asesinados por los israelíes. Pero otros hombres prosiguen la lucha que ellos emprendieron, haciendo fracasar así el objetivo de quienes apostaron por la eliminación de ambos dirigentes como medio de acabar con el movimiento de resistencia. El emblemático sayyed Hassan Nasrallah forma parte de una larga serie de dirigentes de esa resistencia popular.

Hombres como Imad Moughnieh, uno de los jefes militares de la resistencia libanesa, asesinado en Damasco, se cuentan hoy por centenares. Y todos tienen un objetivo común: liberar hasta el último centímetro de suelo libanés ocupado por Israel. Para esos jóvenes, la guerra no es como un juego de video que siguen a través de una red informática. La guerra contra el ocupante es para ellos su propia guerra y se desarrolla en su propia tierra, de la que conocen hasta el menor rincón.

En mayo del año 2000, los soldados israelíes tuvieron que evacuar sus posiciones, dejando detrás sus prisioneros y abandonando a sus colaboradores. Habían cometido el error de obstinarse en seguir ocupando una franja de tierra libanesa en el extremo sur y en el sudeste del país. Aquella ocupación provocaría la chispa que dio lugar a 33 días de guerra, en julio y agosto de 2006. Aquella franja de tierra seguirá apareciendo en las pesadillas de los israelíes porque saben desde entonces que su presencia en tierra libanesa no es ni será nunca deseada.

Jeffrey White, ex director de inteligencia para el Medio Oriente y el norte de África en el Departamento de Defensa de Estados Unidos, publicó un estudio muy «instructivo» sobre la situación de Israel en relación con Siria y el Líbano. Lo más interesante es que señala que «si de nuevo estallara la guerra en las fronteras de Palestina para tratar de ocupar el Líbano, ya no sería como el conflicto de julio de 2006 sino que sería “decisiva” y conduciría a una transformación de toda la región».

Sorprendente análisis, que retoma términos utilizados por sayyed Hassan Nasrallah, quien desde hace 2 años ha venido recordando en sus discursos que si Israel se atreve a atacar el Líbano, se producirá un cambio a nivel regional. Esa afirmación del principal dirigente del Hezbollah parece, por lo tanto, haber sido tomada en cuenta en las reflexiones de las oficinas de seguridad de Estados Unidos.

En una conferencia de presentación de su estudio, el propio Jeffrey White, quien funge ahora como experto en el Washington Institute for Near East Studies, subrayó que «El campo de batalla abarcará 40 000 millas cuadradas», o sea 64 000 kilómetros cuadrados, en los que se hallan «Líbano e Israel, así como varias partes de Siria». Agregó Jeffrey White que «el fin de las hostilidades en 2006, marcó el inicio de los preparativos para la próxima guerra». Y estimó que «las partes han utilizado una aproximación ofensiva en relación con las confrontaciones anteriores».

Predijo White que los combates se concentrarían en la frontera norte de Israel y en el sur del Líbano, con cierto número de «teatros secundarios» en lo tocante a los enfrentamientos. «En el sur del Líbano, el Hezbollah tratará de rechazar violentamente el ataque en dirección del territorio del agresor mientras que Israel trataría de alcanzar el [río] Litani y incluso ir más allá del Litani, donde se encontrarían los cohetes del Hezbollah», prosiguió.

Al tratar de describir la «importancia de las bajas libanesas» en esa guerra, White declaró que «Israel trataría de quemar la hierba en Líbano en vez de cortarla» y subrayó que el rumbo de la guerra dependería de «la invasión terrestre israelí». Estimó que, aunque el ejército israelí ha sido entrenado para luchar en las ciudades y en zonas pobladas, sufriría importantes pérdidas. Declaró además que el Hezbollah trataría de asimilar el ataque israelí, pero sin retroceder y señaló que «la batalla del sur sería decisiva».

White declaró que las previsiones israelíes indican que el «Partido de Dios dispararía diariamente hacia Israel alrededor de 500 o 600 cohetes» y observó que la calidad de la mayor parte de los cohetes que el Hezbollah posee hoy en día es netamente superior a la de 2006. Agregó que, contrariamente a 2006, «Israel actuará para destruir la infraestructura civil libanesa alegando que el gobierno libanés es responsable por los actos del Hezbollah».

Mencionó White 3 posibles escenarios para la conclusión de esa guerra:

  • Una solución decisiva,
  • Por desgaste de los combatientes,
  • A través de una solución impuesta.

Según White, la solución decisiva sólo podría ser favorable a Israel, poniendo fin a la amenaza que representa el Hezbollah e imponiendo las condiciones israelíes.

En cambio, el segundo y tercer escenarios conducirían a un «desorden, como al final de la guerra de 1973 y en 2006, y los combatientes seguirían preparándose para una nueva guerra».

Por su parte, el ex oficial del ejército estadounidense e investigador del Center for a New American Security, Andrew M. Exum, ha advertido que una nueva ocupación israelí en el Líbano se convertiría en una pesadilla para los propios israelíes. Este graduado de la Universidad Americana de Beirut ha declarado que «el interés superior de Israel, si el Hezbollah matara a un diplomático israelí como represalia por el asesinato de Imad Moughnieh o si secuestrara un soldado, exigiría golpes particularmente dolorosos durante los 3 o 4 días siguientes».

Exum ha indicado que, durante la guerra de 2006, la comunidad internacional fue favorable a Israel en la primera semana. Pero al comparar las pérdidas libanesas con las de Israel y debido a la habilidad de los libaneses en sus relaciones con los medios internacionales, la simpatía por Israel se invirtió y la opinión acabó poniendo en contra del Estado hebreo.

También ha dicho que, la experiencia de la guerra de 2006 demuestra que cuando «los israelíes prometen que destruirán completamente la periferia sur (de Beirut), el mundo sabe que van a hacerlo». Eso, según este ex oficial, «contribuye a reforzar el equilibrio del terror y la disuasión entre los dos bandos y aumenta la presión sobre el Hezbollah para evitar dar a Israel un pretexto que justifique un ataque contra el Líbano».

Agregó Exum que «la tregua en el terreno entre Israel y el Hezbollah es la demostración del equilibrio de fuerzas. Es la mejor garantía de paz y de disuasión» que, según él, sería «perjudicial para el Hezbollah a largo plazo». Y concluye que «cualquier nueva guerra no beneficiaría a los israelíes ni a los libaneses, ni tampoco a Estados Unidos», refiriéndose al Medio Oriente en general.

Lo que estos dos especialistas no dicen es que Israel teme actualmente tener que luchar contra un frente interno ya que la idea de que el Hezbollah haya podido reclutar agentes en territorio israelí inquieta a varios de sus responsables. En octubre de 2002, un ex teniente coronel de Tsahal fue acusado de espionaje. La decisión no se hizo pública hasta el 24 de octubre de 2002. Ya reinaba la inquietud en el Estado hebreo.

La opinión pública israelí toma muy en serio esos informes, que ganan más y más audiencia. Esto se acentuó desde que el jefe del Hezbollah, sayyed Hassan Nasrallah, divulgó imágenes captadas por los drones israelíes e interceptadas por los equipos técnicos del partido. Las autoridades israelíes acabaron reconociendo que las imágenes habían sido realmente interceptadas, aunque afirmaron que estaban al tanto y que ya habían modificado la codificación de las transmisiones.

Una intercepción similar permitió al Hezbollah tender una trampa a una escuadra de soldados israelíes durante una operación de infiltración en la localidad de Anassarieh, en el sur del Líbano. La escuadra israelí debía asesinar a un responsable del Hezbollah pero cayó en la emboscada y fue diezmada.

En todo caso, el Hezbollah sabe sacar partido de ese tipo de hechos, cuya difusión hace mucho daño a Tel Aviv en términos mediáticos ante la opinión de su propio país. Y contribuyen además a mantener el clima de terror y disuasión entre ambos bandos ya que si el Líbano teme ciertamente a la destrucción masiva, Israel teme tanto por sus soldados como por sus civiles. Todo ello conduce a que cada bando sepa que tendrá que pagar un alto precio, que nadie quiere tener que pagar.

Una retirada total del territorio libanes tendría el efecto de una nueva bofetada para el «ejército invencible». Pero quedarse se va haciendo cada vez más peligroso. Además, ¿quedarse para qué? Hasta ahora, el ejército israelí hacía un papel de gendarme. Pero, ¿de qué sirve un gendarme que no inspira temor?

Lo peor para Israel es que se ha modificado la ecuación. Su ejército ya no controla todas las variables y se encuentra por lo tanto expuesto a fuertes probabilidades de fracaso en cada una de sus operaciones, situación que ha acabado minando la moral de las tropas a tal punto que los soldados ya no saben por qué luchan. ¿Sigue siendo Tsahal el ejército de «defensa de Israel»? ¿O se ha convertido en el ejército de las masacres de Qana? Un ejército que lucha contra un enemigo invisible comete inevitablemente errores que cuestan vidasy que se hacen cada vez más frecuentes. ¿Hasta cuándo apoyarán el ejército y la sociedad israelíes ese tipo de infamias? Los habitantes de Qana dicen de su ciudad que «fue en ella que Jesús transformó el agua en vino. Y fue en ella que los israelíes transformaron el agua en sangre».

Esas contradicciones han hecho que, al cabo de los años, las críticas contra la política israelí hayan dejado de ser un tabú. Hasta el momento de la agresión israelí contra el Líbano, atreverse a criticar las decisiones de Israel era interpretado como un acto de antisemitismo. Pero ya va dejando de ser así. Judíos y no judíos critican la política expansionista de Tel Aviv. El llamado conocido como European Jewish Call for Reason demuestra que se ha agrietado el respaldo que antiguamente obtenían la política y los gobiernos israelíes.

Es interesante el ejemplo de ese llamado ya que, aunque expresa un respaldo inquebrantable al Estado de Israel, se opone específicamente a las decisiones de los sucesivos gobiernos, sobre todo en lo tocante a la anexión y la colonización. Los firmantes estiman que Israel tiene que cambiar de política para poder sobrevivir.

Parece entonces que la existencia de Israel está nuevamente en peligro. Lejos de subestimar la amenaza de sus enemigos externos sabemos que ese peligro viene también de la ocupación y de la permanente continuación de la colonización de Cisjordania y de los barrios árabes del este de Jerusalén, errores de orden político que constituyen a la vez una grave falta en el plano moral y que alimentan además un proceso de deslegimitación de Israel como Estado.

Esos hechos explican el malestar reinante en la diáspora judía, que también empieza a expresarse en el plano interno por un sector de la población misma de Israel a la que no parece prestar oídos una clase política cuyos miembros rivalizan entre sí en materia de extremismo.

La Unión Europea, a través de su decisión, favorece el inicio de las hostilidades, marchando en el sentido inverso al de la historia. Los responsables europeos saben perfectamente que se trata de una decisión carente de toda utilidad práctica. Nadie sabe quiénes son los miembros del ala militar del Hezbollah, cuya fuerza reside precisamente en el secreto que la rodea. ¿Qué sanciones pueden aplicarse contra personas cuya identidad misma se desconoce?

En cuanto a las sanciones económicas… los servicios de inteligencia europeos saben perfectamente que el Hezbollah o sus miembros no poseen bienes en Europa. Se trata, por lo tanto, de una decisión puramente simbólica y, al mismo tiempo, enteramente injustificada. Y en lo que concierne la justificación real de la medida –el atentado perpetrado en Bulgaria– ese país acaba de declarar públicamente que no existen pruebas de una presunta implicación del Hezbollah [1].

Al no poder cuestionar al Hezbollah como movimiento de resistencia contra la ocupación, se inventó el pretexto del atentado, mientras que se filtraba intencionalmente –aunque nunca oficialmente– la verdadera razón de la medida: su participación en el conflicto sirio.

Otra razón más que sorprendente cuando sabemos que, desde el inicio mismo del conflicto sirio, la Corriente del Futuro –entre otros movimientos políticos libaneses– y sus responsables, comenzando por el ex primer ministro Saad Hariri, han tenido una participación más que activa en el envío de hombres y armas a la oposición, sin ser por ello calificados de terroristas.

El Hezbollah ha combatido, y sigue combatiendo, en Siria contra Jabahat al-Nusra, que figura en la lista estadounidense de organizaciones terroristas. ¿Cómo es posible combatir a los terroristas y ser considerado terrorista? La realidad es que el Hezbollah llegó a Siria para acabar de contrarrestar los proyectos occidentales que apostaban por la caída del Estado sirio ante las agresiones interna y externa. Y ahora tiene que pagar por ello.

Con su implicación en Siria, el Hezbollah protege su propia retaguardia. Los verdaderos terroristas aterrorizaban a los civiles libaneses en la Bekaa, en Akkar –al este– y en el norte del Líbano. Esos grupos se implantaron en decenas de poblados libaneses, haciéndose pasar por refugiados, sin que nadie –en ausencia de un Estado sólido– verificara lo que realmente eran.

Allí perpetraron ataques contra el ejército libanés, al que ahora se acusa de favorecer la influencia del Hezbollah, que proclama como divisa de la resistencia: «El Pueblo, el Ejército y la Resistencia son la fuerza del Líbano contra toda agresión». ¿Tenía el Hezbollah que pasar por alto el peligro para evitar ser incluido en la lista negra de la Unión Europea? Informado desde hace meses sobre la iniciativa en ese sentido, Hassan Nasrallah ya había hecho saber que le era indiferente la opinión de la Unión Europea.

La decisión de la Unión Europea no deja por ello de ser deplorable y puede tener múltiples consecuencias. ¿Se molestó alguien en sopesar la verdadera importancia de esa medida, de la que sólo parece haberse evaluado el efecto mediático?

Cabe preguntarse ahora si este artículo será clasificado como «apología del terrorismo». Habrá que esperar para saberlo. De ser así, ello sería un nuevo intento de acallar las voces que se levantan en defensa de los movimientos de resistencia.

La realidad es que los europeos están tan esquizofrénicos que ven la paja en el ojo ajeno, sin sentir la viga que lastra los suyos.

Artículo bajo licencia Creative Commons

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