Si quienes asesoran en materia de imagen al presidente Rafael Correa creen que están haciendo bien en intoxicar a los ecuatorianos con una avalancha de propaganda machacona, fascistoide, abrumante y en algunos casos hasta ridícula, como ser el de la niñita que supuestamente ha nacido el 30 de septiembre en que se ejecutó el supuesto golpe de Estado, debo indicarles como ecuatoriano que están consiguiendo casualmente el resultado contrario.

El presidente debería estar claro en que los ecuatorianos nos dividimos en dos grandes grupos, gracias a la circunstancia delimitada por la forma de hacer política a la que el sistema nos ha acostumbrado. En el primero de esos grupos, minoritario por cierto, nos encontramos personas con mayor o menor educación política, de manera independiente a nuestros credos ideológicos, que somos capaces de haber adquirido a través de nuestras lecturas, formación académica o cualquier otro género de práctica intelectual, una manera de entender la naturaleza de las relaciones sociales que vivimos entre nuestros pueblos y las diferentes naciones del orbe.

No somos lo que el doctor Velasco Ibarra, hábil demagogo, calificó como “chusma”. Podemos disentir en la manera cómo debe ser gobernado el Ecuador, pero coincidimos todos en que la democracia no es tumulto, ni demagogia barata, ni limosnas callejeras, ni una serie sucesiva de mentiras aprovechando del analfabetismo en el que está sumido nuestro pueblo: nosotros vemos más allá de los resultados de un partido de fútbol, de la elección de una reina del barrio o de la dotación de un servicio público al que los gobernantes están obligados, porque lo están haciendo con dinero del Estado y no del que ocasionalmente está en el cargo y que en lo que menos piensa es sacar dinero de su bolsillo para favorecer a la comunidad, sino, exactamente, todo lo contrario.

La historia está repleta de demagogos inveterados que creyeron que utilizando siempre el discurso falaz iban a mantenerse en el poder y terminaron por caer estrepitosamente. Abdalá, por ejemplo, era un modelo pulimentado al extremo de lo que es un reprobable demagogo: se tiraba en paracaídas, componía (él no, sus esbirros) canciones de profundo dramatismo que nos hacían reír a algunos y llorar a su conmovida chusma, bailaba con coristas, pretendía cantar en medio de un absoluto desafino, nada menos que con uno de los grupos vocales más populares del continente, Los Iracundos, estos últimos quienes, supongo yo, deben haber sido muy bien pagados para atreverse a desprestigiarse mediante semejante payasada. No duró ni seis meses.

El doctor Velasco, antítesis del anterior, cayó cuatro veces por terco y porfiado. Las masas, señor presidente, no son leales a nadie sino a sus propias angustias y necesidades y cambian de dueño según la ocasión. Los empleados públicos son los peores de todos, porque están al sol que nace, ya que no han aprendido nada en la vida para poder subsistir que no sea ingresar a esa legión que el pueblo cubano define tan inteligentemente: “ellos (se refieren al gobierno) hacen como que me pagan, y yo hago como que trabajo”.

Sinceramente, señor presidente, yo no creo que hubo un intento de golpe de Estado el 30 de septiembre del 2010. De haber sido así usted se hubiera caído. Los complotados hubieran -como ha sucedido siempre- tenido ya arreglado el levantamiento de alguna unidad militar y el pronunciamiento de sus jefes, con nombre del ungido y todo, incluida la toma de medios de comunicación. Aquí lo que pasó fue que un grupo de policías y soldados de baja graduación
- eventualmente algún oficial de grado medio se sintió obligado a respaldarlos por un elemental sentido de lealtad- se enojaron porque usted les privó de algunas canonjías que después se vio obligado a restituirles. Alguno de sus avispados comensales de palacio creyó oportuno armar un espectáculo del que se pudiera sacar provecho y todo terminó de manera tan pintoresca. Insistir en que hubo un golpe, señor presidente, no le favorece. En las filas de su Movimiento no existen combatientes armados de un proyecto ideológico, por el que cualquiera entregaría la vida misma. La Revolución Ciudadana no es ideológicamente nada. Usted, en sus inicios, la describió como un proyecto socialista y antiimperialista. Ahora es simplemente un proyecto capitalista desarrollista, que gasta plata en abundancia, la que tenemos y la que no tenemos. Eso lo hace cualquiera.

Vaya al Perú, Chile o México, y verá que sucede lo mismo. Construir no es hacer revolución, es solo una mínima parte de ello. Terminar con los privilegios que arrastramos desde hace quinientos años, poner en marcha un proceso educativo que brinde a todos los ecuatorianos la oportunidad de ascender, manejar con ética los dineros públicos, emprender en una reforma agraria que convierta al campesinado en una fuente de riqueza para la nación, entre otras cosas, eso es revolución. Defender la Naturaleza y no destruir el Yasuní, eso sería una prueba de sensatez y espíritu patriótico. ¿Y qué pasó con Alfaro que los pasados 28 de enero y 5 de junio no mereció ni un escuálido recuerdo? Gracias por haberse olvidado de cantarle al Che. Este último debe haber estado muy confundido escuchando a lo más granado de la política ultraderechista ecuatoriana, que se le coló a usted, escuchar loas de quienes antes estimaban que era un asesino y un mal nacido.

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