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Los titulares de la prensa occidental han tratado de sembrar dudas sobre las circunstancias que rodearon la muerte de 46 antifascistas ucranianos que se vieron atrapados, posteriormente fueron quemados vivos, en la Casa de los Sindicatos de Odesa, ciudad portuaria del sur de Ucrania. Grupos neonazis partidarios del régimen ilegítimo impuesto en Kiev han sido denunciados como responsables directos del crimen.

La guerra civil en Ucrania parece agravarse considerablemente. La Ucrania occidental se halla en este momento bajo la presión de sus aliados occidentales, o sea de los países de la OTAN, la Unión Europea, Estados Unidos y el FMI (Fondo Monetario Internacional). Esta Ucrania occidental está tratando de recuperar las ciudades del este que se hallan bajo control de los pro-rusos.

Por supuesto, lo que nos dicen los medios de la prensa dominante es que Rusia ha provocado esta situación y que por eso es necesaria esta reacción.

En realidad, el golpe de Estado que hace varias semanas derrocó al legítimo presidente de Ucrania, Viktor Yanukovich, fue orquestado por los mismos que hoy ejercen las mencionadas presiones: la OTAN, la Unión Europea, Estados Unidos y el FMI.

Desde el inicio de la crisis nos implicamos [Estados Unidos] enormemente gastando más de 5 000 millones de dólares con tal de apoderarnos del control de Ucrania [1]. Y esta intervención se mantiene en este momento. Pero los actuales enfrentamientos denotan una escalada de violencia que puede salirse de control, a pesar de que el interés –tanto de Occidente como de Rusia– es que no empeore la situación. Ha habido muchas amenazas e intentos de intimidación mediante sanciones y castigos económicos, que también pueden llegar a quedar fuera de control.

El FMI acaba de proponer a Ucrania 17 000 millones de dólares, pero con una condición muy específica: tiene que liquidar el control de los pro-rusos sobre las ciudades del este.

Ante tal condición, impuesta desde el exterior, no sorprende que la Ucrania occidental se muestre más agresiva en su intento de reconquista de esas ciudades.

Irónicamente, el FMI no parece dar muestras de mucho sentido común al tratar de ayudar al pueblo de Ucrania que, para obtener los 17 000 millones de dólares, no sólo tendrá que luchar contra el este ucraniano para reconquistarlo sino que tendrá además que aumentar los impuestos y elevar el precio del combustible –lo cual no ayudará a ese pueblo. Eso es lo que generalmente sucede cuando se imponen sanciones contra un país o cuando estalla una guerra: el pueblo sufre y sólo se benefician los intereses particulares.

También me parece difícil continuar diciendo que los ucranianos del oeste están a la defensiva cuando acaban de imponer un reclutamiento militar. Hablando seriamente, en un país que está defendiéndose no hay necesidad de imponer un servicio militar porque la gente acude a enrolarse espontáneamente.

Yo sostengo que existe allí una situación de caos y que esa situación no hace más que empeorar. Y nosotros estamos creando más problemas.

Sería mucho mejor –para los ucranianos, para los rusos y para los estadounidenses, para nosotros– mantenernos al margen y aplicar el principio de no intervención. No enviar dinero, no enviarles armas. No meternos y no ponernos del lado de nadie.

Creo que así el pueblo ucraniano será capaz de arreglar sus problemas por sí mismo y mucho mejor que cuando hay injerencia externa.

[1] Esta cifra proviene de un discurso pronunciado recientemente en Kiev por la subsecretaria de Estado Victoria Nuland: “Remarks by Victoria Nuland at the U.S.-Ukraine Foundation Conference”, Voltaire Network, 13 de diciembre de 2013. Sin embargo, el Departamento de Estado ha tratado de desmentirla indirectamente: «Richard Stengel desmiente a Victoria Nuland», Red Voltaire, 2 de mayo de 2014.