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Señor presidente,
señor secretario general,
colegas delegados,
damas y caballeros,

nos reunimos en una encrucijada entre la guerra y la paz, entre desorden e integración, entre el miedo y la esperanza. En todo el mundo hay postes con señales de progreso. La sombra de la guerra mundial que existía durante la fundación de esta institución ha sido eliminada y la perspectiva de guerras entre las principales potencias reducida. Las filas de estados miembros se ha más que triplicado, y más pueblos viven bajo los gobiernos que han elegido. Cientos de millones de seres humanos han sido liberados de la prisión de la pobreza y la proporción de aquellos que viven en extrema pobreza se ha recortado a la mitad. Y la economía del mundo continua fortaleciéndose luego de la peor crisis financiera de nuestras vidas.

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Y sin embargo hay un malestar general en el mundo, una sensación de que las mismas fuerzas que nos han colocado a todos juntos han creado nuevos peligros, han hecho más difícil para una sola nación el poder aislarse de las fuerzas globales. Cuando estamos reunidos aquí una epidemia de ébola sobrecarga los sistemas de salud pública en África Occidental y amenaza con esparcirse rápidamente a través de las fronteras. La agresión rusa en Europa recuerda los días en los que las grandes naciones atropellaban a las pequeñas por ambición territorial. La brutalidad de los terroristas en Siria e Iraq nos obliga a mirar al centro de las tinieblas.

Cada uno de estos problemas exige atención urgente. Pero también son síntomas de un problema más amplio: el fracaso del sistema internacional para mantener el compás con un mundo interconectado. Colectivamente no hemos invertido adecuadamente en las capacidades de salud pública en los países en desarrollo. Con demasiada frecuencia hemos fracasa en hacer cumplir normas internacionales cuando ha sido incómodo hacerlo. Y no nos hemos enfrentado con fuerza suficiente a la intolerancia, el sectarismo y la desesperanza que alimentan el extremismo en demasiadas partes del globo.

Colegas delegados, estamos reunidos como Naciones Unidas con una opción que tomar. Podemos renovar el sistema internacional que ha permitido tantos progresos, o podemos permitir que las corrientes de inestabilidad nos hagan retroceder. Podemos reafirmar nuestra responsabilidad colectiva para confrontar problemas mundiales, o ser devorados por más y más estallidos de inestabilidad. Para Estados Unidos la opción está clara: nosotros elegimos la esperanza sobre el miedo. Vemos el futuro no como algo fuera de control, sino como algo a lo que podemos darle mejor forma por medio de esfuerzos concertados y colectivos. Rechazamos el fatalismo o el cinismo cuando se trata de asuntos humanos. Elegimos trabajar por un mundo como debe ser, como el que nuestros niños se merecen.

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Esto concierne a una cuestión central en nuestra era global: si es que podemos resolver nuestros problemas juntos en un espíritu de mutuo interés y respeto mutuo, o si descendemos a las rivalidades destructivas del pasado. Cuando los países encuentran terreno común, no solamente basado en el poder, sino en los principios, entonces podemos lograr enormes progresos.

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Si levantamos la vista más allá de nuestras fronteras, si pensamos globalmente y actuamos en cooperación, podemos darle forma al curso de este siglo, así como nuestros predecesores le dieron forma a la era posterior a la Segunda Guerra Mundial. Pero cuando miramos al futuro, hay un asunto que es riesgo para un ciclo de conflictos que podría deshacer tantos progresos, y este es el cáncer del extremismo violento que ha azotado a muchas partes del mundo musulmán.

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Nosotros rechazamos cualquier alusión a un choque entre civilizaciones. La creencia de una guerra religiosa permanente es el refugio equivocado de los extremistas que no pueden construir o crear algo, y por lo tanto lo único que postulan es el fanatismo y el odio. Y no es exagerado decir que el futuro de la humanidad depende de que nosotros nos unamos en contra de quienes quieran dividirnos a lo largo de líneas de tribu o secta, de raza o religión.

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Como comunidad internacional debemos enfrentar este desafío con la atención puesta en cuatro aspectos. Primero, el grupo terrorista conocido como ISIL debe ser degradado y finalmente destruido.

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Ningún Dios condona ese terror. Ninguna reclamación justifica esas acciones. No puede haber razonamientos, ni negociaciones con esta clase de maldad. El único lenguaje que entienden los asesinos como estos es el de la fuerza. Por ello Estados Unidos de América trabajará junto a una amplia coalición para desmantelar esta red de la muerte.

En este esfuerzo no actuamos solos, no pretendemos enviar tropas de Estados Unidos para ocupar tierras extranjeras. En su lugar apoyaremos a los iraquíes y sirios que combaten para recuperar sus comunidades. Emplearemos nuestra potencia militar en una campaña de ataques aéreos para hacer retroceder a ISIL. Entrenaremos y equiparemos a las fuerzas que combaten en tierra a estos terroristas. Hemos de cortar su financiamiento y frenar el flujo de combatientes que entran y salen de la región. Y ya más de 40 países han ofrecido sumarse a esta coalición...

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Segundo: es momento para el mundo, en especial para las comunidades musulmanas, de que rechacen explícitamente, con determinación y consistentemente la ideología de organizaciones como al Qaeda e ISIL.

Es una de las tareas de todas las grandes religiones la de acomodar la fe devota en un mundo moderno y multicultural. Ningún niño nace odiando, y ningún niño en ningún lugar debe ser educado para odiar a otras personas.

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La ideología de ISIL o de al Qaeda, o de Boko Haram se debilitará y perecerá si es denunciada consistentemente y confrontada y rechazada a plena luz.

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Tercero, debemos abordar el ciclo de conflictos, especialmente los conflictos sectarios, que permiten las condiciones que los terroristas aprovechan.

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Es hora de que los líderes políticos, cívicos y religiosos rechacen las discordias sectarias. Seamos claros, esta es una lucha que nadie está ganando.

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Mi cuarto y final punto es simple: los países del mundo árabe y musulmán deben enfocarse en el extraordinario potencial de sus pueblos, en especial de su juventud.

Y aquí es que quisiera dirigirme directamente a la gente joven del mundo musulmán. Ustedes vienen de una gran tradición que favorece la educación y no la ignorancia, la innovación y no la destrucción, la dignidad de la vida y no el asesinato. Aquellos que quieren apartarlos de esta senda, están traicionado esta tradición, no defendiéndola.

Ustedes han demostrado que cuando la gente joven tiene las herramientas para el éxito, buenas escuelas, educación en matemáticas y ciencias, una economía que alimente la creatividad y el espíritu empresarial, entonces las sociedades florecen. Por ello Estados Unidos se asociará con quienes promuevan esta visión.

Cuando la mujer participa plenamente en la política o la economía de un país, las sociedades tienen más posibilidad de éxito. Y es por ellos que apoyamos la participación de la mujer en los parlamentos, en los procesos de paz, en las escuelas y la economía.

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Ahora bien, en última instancia, la tarea de rechazar el sectarismo y rechazar el extremismo es una tarea generacional y una tarea para los propios pueblos de Oriente Medio. Ninguna fuerza externa puede llevar a cabo la transformación de los corazones y las mentes. Pero Estados Unidos será un asociado respetuoso y constructivo.

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Esto es lo que Estados Unidos está preparado para hacer: tomar medidas contra las amenazas inmediatas mientras se intenta lograr un mundo en el que la necesidad de esas medidas disminuya. Estados Unidos nunca se echará atrás en la defensa de nuestros intereses, pero tampoco se echará atrás de las promesas de esta institución y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, de la noción de que la paz no es solamente ausencia de guerra, sino la presencia de una vida mejor.

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En esta encrucijada les puedo prometer que Estados Unidos de América no será distraído ni frenado de aquello que hay que hacer. Somos herederos de un orgulloso legado de libertad, y estamos preparados para hacer todo lo que sea necesario para asegurar ese legado para las generaciones venideras. Les pido que se nos sumen en esta misión común, para los niños de hoy y de mañana.

(terminan los fragmentos)