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El botín de la Buena Muerte

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El 27 de octubre de 1948, se entroniza en el Perú una dictadura. Federico Camerano Cannero, conspicuo dirigente de la oligarquía del algodón y del azúcar, es uno de los organizadores de ese golpe de Estado. Más tarde, ejerciendo un alto cargo en el Banco Central de Reserva y con la complicidad de otros jerarcas del régimen, se apodera de de diez millones de dólares d esta entidad. La resistencia contra la dictadura y la defensa del patrimonio del pueblo son asumidas por un grupo de jóvenes universitarios, trabajadores, militares y habitantes del los vecindarios, un destacamento del pueblo, con el cual se desencadena la furia y el odio de la oligarquía y la dictadura.

"Asparta sorbió un buen trago del whisky que Camerano le había servido con generosidad, como otras veces.
- He venido para el asunto que ya sabes- dijo.
- Lo tengo todo previsto -repuso Cameano, colocando su vaso sobre la mesa.

Estaban en el escritorio de éste, en la residencia de la Avenida Orrantia.

- El jefe aludió a un plan cuya ejecución estará a mi cargo.
- La mirada de Asparta interrogaba a Camerano.
- Es algo sumamente confidencial. ¡Claro!, después se enterarán los que trabajen en esto, pero sólo de los aspectos que les toquen.
- ¿De qué se trata?
- De sacar una parte de la reserva del Banco Central, en billetes.
- ¡Ah! -Un relumbrón de codicia cruzó la mirada de Asparta-. ¿De cuánto estamos hablando?
- De diez millones de dólares.
- ¡Es bastante! ¿Qué volumen y peso se tendrá que movilizar?
- Veinte cajas de unos ocho kilos cada una.
- Y luego de retirar ese dinero, ¿qué se haría con él?
- Lo enviaremos al extranjero.
- Sacar el dinero del Banco es una operación muy peligrosa y, para ejecutarla, se requerirá gente muy segura." p. 264

"Para la operación especial en el Banco Central, Camerano disponía de otra libreta más pequeña con tapas de marroquín de color marrón de la que no se desprendía ni un instante y guardaba en la caja fuerte de su escritorio, en su casa. Era un registro cronológico de cada paso, con los nombres de las personas que intervenía o a las que llamaba por teléfono, los acuerdos adoptados, los pagos en dinero y otros gastos, las direcciones de los locales a utilizarse, la suma de dinero que se sustraería y los cálculos relativos a la operación: todo anotado con la prolijidad de un ecónomo, para no olvidar nada, y con la claridad indispensable para identificar fácilmente cada actividad. En algún momento, había pensado que estas anotaciones debían estar codificadas, pero había desestimado la idea por el temor de confundir u olvidar las claves y complicar, o en el límite, echar a perder una operación de debía desarrollarse lo más diáfanamente posible y sin tropiezos." p. 274

"Recorrieron los pasadizos, las escaleras y los otros ambientes del edificio. En el sótano, Camerano abrió la puerta con su juego de llaves, hizo girar la llave en la cerradura de la bóveda y movió el botón a clave en ambas direcciones, siguiendo los datos anotados en su libreta. Tiró de la manilla y la gruesa puerta metálica rectangular se abrió hacia el exterior. La bóveda se extendía en un espacio de más de doscientos metros cuadrados, y los lingotes de oro estaban arrumados en pilas que llegaban a la altura de una persona. En los andamios, que recubrían las paredes, descansaban las cajas con los dólares. A un lado se veían también rimeros de cajas que, con las pilas de lingotes, formaban pasadizos. Ya Camerano había identificado las cajas que retirarían. Cada una contenía quinientos mil dólares. De cada rimero se tomaría una de la parte superior, de manera que de veinte rimeros se retirarían las veinte cajas. Su menor altura podría pasar desapercibida, a primera vista.

Dejando abiertas las puertas de acceso a la bóveda y al sótano, Camerano salió al estacionamiento de vehículos, le dijo a Lucilo, que tuviese listo el portón para abrirlo, y esperó.

A las once, miró el exterior. Un camión avanzaba lentamente por el jirón Ucayali. Camerano le dijo a Lucilo que abriera el portón y, con una señal a Lacerto y al chofer, les indicó que ingresasen.

El vehículo fue estacionado cerca de la entrada al sótano. Un policía subió a la plataforma. Los otros siguieron a Camerano. Una vez en la bóveda, éste les ordenó que llevara las cajas señalando los rimeros de donde debían tomarlas". p. 295

"Camerano dedujo que los asaltantes del depósito sólo podían ser los cinco polícias que habían intervenido en el operativo del Banco. Sólo ellos sabían que allí estaban las cajas. Lo que no pudo colegir fue si lo hicieron por su cuenta o enviados por Asparta o por el jefe. Para todos ellos, el botín era tentador. Daba por descontado que una indagación podría desatar una desastrosa fuga de información. Concluyó que más le convenía quedarse en silencio, esperando que sus autores se delataran, empujados por su impaciencia y codicia. La intervención de Asparta y, por ende, la de los cinco policías había sido una imposición del jefe, que sólo se explicaba por su desconfianza. Quería controlar la cantidad de dinero que saldría del Banco. La operación hubiera podido hacerla él solo con su gente. Súbitamente, comenzó a resonar en su mente la alarma. Los asaltantes o quien los hubiera enviado tratarían de seguirlo o, si eso no les daba resultado, intentarían, tal vez, secuestrarlo, torturarlo hasta que les revelara el sitio donde había ocultado las cajas, y luego podrían matarlo. Por lo tanto, tendría que extremar su protección, y eso quería decir que, además de Lucilo, debían acompañarlo uno o dos guardaespaldas armados". p. 299

"Marzo de 1953

El alto y desgarbado policía de civil observó las cajas y los hombres atados y amordazados, y leyó el cartel en la cúspide del rimero. En las cajas se leía en letras rojas: Banco Central de Reserva del Perú, y, en un papel pegado en cada una, la cantidad: 500,000 dólares. Contó las cajas. Habían diecinueve. Por lo tanto -pensó-, en esta Plazuela, alguien ha dejado nada menos que nueve millones quinientos mil dólares, recuperados de quienes los robaron al Banco Central, según decía el cartel. La presencia del enjambre de ávidos corresponsales, periodistas y fotógrafos y de la misma policía, indicaba que los autores de esta quijotesca operación, habían planeado revelarla al público. Era una cantidad fabulosa de dinero, inalcanzable para cualquier banda de ladrones comunes del país. El robo pudo haber sido cometido por un experto equipo de ladrones extranjeros o por gente del propio gobierno peruano, y, ahora, por la circunstancia de haberse quedado él a dormir en la comisaría, abrumado por el trabajo y contrariando el deseo de Andrea, su enamorada, de pasar la noche juntos e irse a Mala a desayunar con chicharrones, la suerte o la fatalidad, le endilgaban el desafío de descubrirlos y de descubrir también a los generosos autores de la devolución". p. 325

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