Así es que ese provocador autoritarismo, la falta de una estrategia frente a la democracia directa y la incapacidad para maniobrar la conducción del Estado interna e internacionalmente, generó la actual ingobernabilidad política que marcha sobre el filo de plantear la renuncia de Peña. Sin el menor carisma, salvo su ya esfumada imagen del carita de la película, y apagada la efímera buena estrella de su matrimonio de telenovela –la cláusula con letra chiquita de su pacto con Televisa (Fabrizio Mejía Madrid, Nación Tv. La novela de Televisa, editorial Grijalbo)–, su permanencia se tambalea y abandona el timón a su copiloto Luis Videgaray, mientras trata de convencer al pueblo y al poder económico-empresarial que la nave estatal, con su política económica de rumbo neoliberal, navega bien y en dirección correcta. Sin vislumbrar la tormenta que viene encima y para la cual el banco central ya se hizo de un arsenal facilitado por los prestamistas, quienes ya pusieron la soga al cuello de los mexicanos.

Peña ya abandonó “en cuanto va a estallar la tormenta los deberes de la navegación” (Robert Campbell, “La revolución keynesiana, 1920-1970: la economía política en el siglo XX”, ensayo en Historia económica de Europa, editado por Carlo M Cipolla, editorial Ariel). Y dejó en manos de su copiloto, Luis Videgaray, la conducción económica que desprecia la microeconomía, favoreciendo a la globalización que arroja vientos huracanados en contra con la caída del precio del petróleo y con esto la devaluación del peso, lo que causa destrozos entre los pasajeros que no tienen helicópteros para huir, y enfrentan la alternativa de soportar hambre y desempleo o amotinarse para deshacerse del capitán-piloto Peña.

Y mientras, encerrado a piedra y lodo y sabiendo que ya no será el sucesor (ni su compadre Miguel Ángel Osorio Chong) el copiloto, Luis Videgaray, quiere estrellar la nave con los 120 millones de mexicanos, entre los cuales hay 50 millones de pobres, 40 millones en la informalidad por el cruel desempleo y 10 millones de indígenas en la hambruna y despojados de sus tierras y aguas. Como copiloto enloquecido, busca su venganza porque tirios y troyanos lo tachan de incompetente. Piloto y copiloto confiaron en la irracionalidad de los mercados y ambos perdieron la razón. Peña ha dejado todo en manos de su copiloto Videgaray “con sus bonitas y amables técnicas para su sala de juntas”, aprendidas durante su doctorado estadunidense, para pregonar el “dejad hacer, dejad pasar”, cuyo final anunció Keynes “para escapar de una depresión prolongada, salvo por la intervención estatal directa para promover y subvencionar nuevas inversiones”.

Pero, el copiloto se ha encerrado en la cabina y no escucha el grito desesperado de: “¡Videgaray, abre la maldita puerta!”, no para que entre Peña, sino un relevo con capacidad política y formación económica en usar la mano visible del gobierno para cambiar el rumbo del Estado, celebrar un pacto con la sociedad mediante las consultas populares para legitimar la legalidad: “la Constitución, para ponerla de acuerdo con las necesidades del tiempo en su sentido jurídico-positivo” (Hans Kelsen, Teoría general del Estado). En esa locura suicida, el peñismo ha resucitado su exigencia de que los medios de comunicación silencien la crisis general para no alarmar a la población, lo que equivale a desinformarla e implantar la censura previa (lo cual es una doble inconstitucionalidad).

En su columna titulada “Censurar sería el suicidio del presidente Peña Nieto” (El Universal, 24 de abril de 2015), Ciro Gómez Leyva comparte con los lectores lo que sabe acerca de que el peñismo ha puesto en marcha “que es hora de apretar a medios y periodistas”. Ya hay bastante con la manipulación de la publicidad oficial, negándola para la prensa crítica y siendo generosa (miles de millones de pesos para Televisa) con los medios complacientes. Si Peña, distraído de su obligación de piloto, con su diarrea verbal, insiste en la censura, lo único que logrará será facilitar que su copiloto Videgeray se salga con la suya de estrellar la nave estatal; y para lo cual ha pedido “apretarse el cinturón”. Ya no deja entrar a nadie en la cabina y está dispuesto a no intentar un aterrizaje que permita reparaciones a la política económica. Ante eso no hay más solución que la intervención del pueblo como sociedad civil con un nuevo plan de vuelo para impedir que la nación acompañe al suicida de Peña y a su ejecutor Luis Videgaray.

Así que: ¡Videgaray, abre la maldita puerta!

Fuente
Contralínea (México)