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Alparslan Celik, el yihadista turco que se jacta de haber ordenado disparar contra los pilotos rusos que descendían en paracaídas, hace el saludo de la organización neofascista turca de los Lobos Grises.

«No hay guerra sin los alemanes y los turcos», dirían la mayoría de los serbios. El 6 de abril de 1941, durante los bombardeos contra Belgrado, los únicos que dispararon contra los pilotos de la aviación real yugoslava que descendían en paracaídas después del derribo de sus aviones... fueron los pilotos alemanes. Algunos de aquellos pilotos yugoslavos fueron así fríamente ametrallados mientras colgaban, totalmente indefensos, enredados entre las cuerdas de sus paracaídas. No hay nada parecido a eso en la historia posterior de la Segunda Guerra Mundial, porque un piloto colgado de su paracaídas después del derribo de su avión es prácticamente un combatiente fuera de combate. Disparar contra él constituye, al menos, un acto inmoral, incluso un crimen de guerra, a la luz del derecho internacional.

Fue exactamente eso lo que sucedió esta semana en Siria. Los rebeldes «moderados» –ya sean bandidos del Frente al-Nusra, o del Emirato Islámico, o turcomanos de la región– dispararon contra los pilotos mientras que estos descendían en paracaídas después del derribo de su Su-24. Uno de estos pilotos fue alcanzado y herido durante el descenso en paracaídas, y posteriormente asesinado cuando tocó tierra. Su compañero logró salvarse.

Ningún medio de la prensa occidental ha mencionado que hubo disparos contra los pilotos rusos durante su descenso en paracaídas. ¿Es esa la ética de la OTAN? ¿Es ese el código moral de la Unión Europea? Si se hubiese tratado de un piloto occidental, ríos de lágrimas habrían corrido desde las páginas de los medios de prensa y los occidentales habrían encendido velas en su honor, desde Londres hasta Sidney.

Yo cubrí como reportero la operación Tormenta del Desierto, en enero de 1991. La aviación italiana estaba bombardeando Irak con aviones Tornado y, el 18 de enero, uno de sus aviones fue derribado. Sus pilotos, el comandante Gianmarco Bellini y el capitán Maurizio Cocciolone fueron capturados por los iraquíes. El 20 de enero, el capitán Cocciolone fue presentado ante las cámaras de la televisión iraquí y, durante una emisión especial, expresó su arrepentimiento y declaró, con lágrimas en los ojos, que no sabía por qué se ordenaban bombardeos contra Irak, que él estaba allí por error y que el «presidente de Irak, Sadam Husein, es un hombre admirable y noble». La verdad es que su rostro mostraba que había recibido algunas bofetadas.

Al día siguiente, los titulares de los medios de prensa occidentales eran: «Tortura y sadismo contra el piloto italiano», «Violación de la Convención de Ginebra sobre los prisioneros de guerra», «Salvajismo y barbarie». Pero el comandante Bellini y el capitán Cocciolone seguían vivos, lo cual no sucedió con el piloto ruso. Además, los medios de prensa occidentales observan un silencio total sobre las circunstancias de su asesinato. ¿Será que la vida de un piloto ruso vale menos que la de los ases de Top Gun? ¿Vivimos acaso en una época de doble rasero? ¿O bajo un apartheid silencioso y galopante donde los nuevos conquistadores, arrogantes y mascando chewing gum, tienen derecho a disparar impunemente sobre todo lo que no sea occidental? ¿No será también por eso que las bombas estallan ahora en París?

Turquía ha dejado caer definitivamente su máscara. El Su-24 ruso nunca representó una amenaza para su seguridad. Fue derribado sin ninguna advertencia visual y, aparentemente, sin ninguna advertencia radial. Las reglas internacionales al respecto son muy claras, pero los pilotos turcos no las respetaron. Lo que apretó el botón para lanzar los misiles fue el ansia de obtener ganancias con el petróleo robado por los terroristas.

Si otro país hubiese hecho lo mismo, Occidente lo habría acusado de terrorismo de Estado. Pero… Turquía es miembro de la OTAN.

Fuente
Politika (Serbia)