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El presidente Barack Obama se negó a recibir en privado a su homólogo turco, y ahora dictador, Recep Tayyip Erdogan, a quien sólo concedió unos minutos al final de la cena de clausura de la cumbre sobre la seguridad nuclear. Obama incluso le preguntó fríamente qué pensaba del nuevo informe de la inteligencia rusa sobre sus entregas de armamento al Emirato Islámico.

Si bien Turquía y su ejército siguen siendo aliados indispensables para Estados Unidos y la OTAN, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan ya no es precisamente bien visto en Washington. Y era evidente que su participación en la cumbre sobre la seguridad nuclear organizada por la Casa Blanca no sería para él un viaje de placer.

A su llegada, las autoridades estadounidenses evitaron la polémica y prefirieron dejar que unas 50 personalidades de diferentes sectores políticos se encargaran de exponer públicamente parte del diferendo. Cortésmente, esos expertos se limitaron a señalar, en una carta abierta, 4 aspectos de la política interna de Erdogan: los ataques contra la libertad de expresión, la presidencialización forzosa de la práctica constitucional, la reanudación de la guerra civil y el empeño de Erdogan en sacar a los diputados kurdos del parlamento turco [1]. Ni una palabra, sin embargo, sobre los temas más candentes, los de política exterior: el abandono del proyecto neo-otomano y el anuncio del proyecto de 17º imperio, el apoyo político a la Hermandad Musulmana y el respaldo militar a los yihadistas, la posible responsabilidad del MIT (los servicios de inteligencia turcos) en los atentados de París y Bruselas y la difusión de la yihad en Europa. De todas maneras, el mensaje no podía ser más claro: Washington exige que sus aliados, especialmente los miembros de la alianza atlántica, respeten al menos las reglas elementales del estado de derecho.

El coloquio de la Casa Blanca tenía un carácter puramente formal. El presidente Obama, después de prometido durante su primera campaña electoral que trabajaría a favor del desarme nuclear –promesa que incluso le valió el Premio Nobel de la Paz– acabó invirtiendo enormes sumas en la modernización del arsenal nuclear estadounidense. A falta de desarme, los participantes en el encuentro de Washington fueron invitados a imaginar lo que pasaría si el Emirato Islámico llegase a robar plutonio y a fabricar una «bomba sucia», un escenario absurdo cuyo único objetivo es disimular el temor de Washington ante la posibilidad de que Arabia Saudita decida «regalar» una «bomba sucia» a los yihadistas.

Por su parte, Erdogan prefirió adoptar un bajo perfil. No obtuvo más que unos minutos con el Obama al final de la cena oficial, como forma de hacer olvidar su tempestuosa entrevista con el vicepresidente Joe Biden luego de la publicación de un nuevo informe de la inteligencia rusa sobre el apoyo militar de Turquía al Emirato Islámico.

El señor Erdogan trató de seducir a la clase dirigente en varios encuentros y pronunciando un discurso en la Brookings Institution. Este “tanque pensante”, que en su momento fue considerado el mejor del mundo, fue parcialmente comprado por Qatar en 2007 y se ha convertido en la principal fuente de propaganda antisiria. Pero tampoco le fue bien a Erdogan en la Brookings Institution, donde sus guardaespaldas maltrataron a varios periodistas. En su intervención, Erdogan arremetió insistentemente contra los terroristas, o más bien contra quienes él tilda de terroristas… los kurdos y los armenios, en el caso de estos últimos aludiendo a los enfrentamientos armados en el Alto Karabakh.

Los periodistas y políticos que se reunieron con el presidente Erdogan o con su esposa tuvieron todos la ocasión de observar sus aspavientos islamistas (plegaria pública en la mezquita, fotografía de Emina –la esposa de Erdogan– con la hija de Malcolm X y denuncia de la islamofobia) cuando se le preguntaba sobre su autoritarismo o su visión racial de la nación turca.

Aunque la prensa turca no mencionará nada de esto, las embajadas de los países aliados no dejarán de sacar conclusiones de lo sucedido durante la visita a Estados Unidos. Decididamente, han quedado atrás los tiempos en que todos justificaban los peores actos de Turquía con tal de que se encargara de hacer el trabajo sucio en Sirio.

Fuente
Al-Watan (Siria)

[1] “Open Letter to President Erdogan”, Voltaire Network, 30 de marzo de 2016.