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Pero sucedió lo hasta ahora inimaginable: el primer ministro (prooccidental) de Bulgaria, Boiko Borisov, descartó la participación de su país en los planes de la OTAN, alegando que el Mar Negro no ha de ser el escenario de acciones militares. “No quiero una guerra en el Mar Negro”, recalcó el jefe del gobierno. A su vez, el presidente búlgaro, Rosen Plevnielev, hizo hincapié en que “Bulgaria es un país pacífico y su política exterior no apunta a nadie”. Un auténtico quebradero de cabeza para los dignatarios de Bucarest, quienes tuvieron que resignarse con la pérdida de un hipotético socio de la coalición.

El golpe de gracia llegó 6 semanas más tarde, el 16 de julio, tras el fallido golpe de Estado de Turquía, cuando el presidente Recep Tayyip Erdogan dirigió su mirada hacia su ángel de la guarda moscovita, Vladimir Putin. El proyecto de brigada naval hacía agua. Rumania se quedaba sola ante la hipotética amenaza de la Armada rusa. La situación, que algunos tacharon de insostenible, obligó al aliado transatlántico a tomar cartas en el asunto. En efecto, durante la reunión del llamado Diálogo Estratégico Rumano-Norteamericano, celebrada en Washington a finales de septiembre, se anunció la creación en suelo rumano de una brigada multinacional de la OTAN integrada por militares de la Alianza y liderada por mandos del Ejército de Bucarest.

Como el Tratado de Montreux prohíbe la presencia de buques de guerra extranjeros –léase estadunidenses, británicos, franceses u holandeses– en las aguas del Mar Negro, la defensa de la OTAN tendrá que centrarse en el suministro de aviones de combate y sistemas electrónicos de vigilancia remota. Rumania adquirió seis aparatos F-16 a la Fuerza Aérea portuguesa; los equipos de vigilancia electrónica serán suministrados por el aliado transatlántico. Si el proyecto primitivo no llegó a materializarse, la solución de recambio parecía satisfactoria.

Mas los datos del problema volvieron a cambiar en la primera quincena de noviembre a raíz de los resultados (¿inesperados?) de las elecciones presidenciales estadunidenses, búlgaras y moldavas. Si bien la victoria de Donald Trump provocó un verdadero maremoto que afectó y afecta a la totalidad de las estructuras de gobierno de nuestro planeta, los cambios registrados hace apenas unos días en Sofía y Chishináu, donde los candidatos prorrusos a la Presidencia se impusieron frente a sus contrincantes prooccidentales, preocupan sobremanera a la clase política rumana.

Rumania ¿atenazada? preguntan los politólogos de Bucarest, señalando que prácticamente todos los países de la región –Bulgaria, Chequia, Eslovaquia, Hungría, Serbia y Moldova– están dirigidos por políticos que mantienen buenas relaciones con el Kremlin. Rumania –baluarte proccidental en un océano prorruso–, huérfana…

Los expertos en relaciones internacionales no ocultan su pesimismo. En efecto, dudan de que el presidente electo de los Estados Unidos, partidario de mejorar las relaciones con el Kremlin –deterioradas durante el último mandato de Barack Obama, cuando primaron los intereses del establishment económico y militar demócrata–, esté realmente interesado en apoyar al endeble aliado rumano. Trump no sabe dónde queda Rumania, aseguran los catastrofistas. ¿Nos entregará a Putin?

Queda, pues, la disyuntiva: ¿OTAN o Unión Europea? Para Iulian Chifu, antiguo asesor de política internacional de la Presidencia de la República, la respuesta ha de ser inequívoca: tres veces OTAN. Su colega Cozmin Gusa, politólogo y estratega, no comparte esta opinión. Debemos dirigir nuestra mirada hacia la Alemania de Frau Merkel, hacia el motor de la economía comunitaria. Y hay que recordar que Rumania tiene la ventaja de tener un jefe de Estado, Klaus Iohannis, que pertenece a la minoría étnica germana. ¿Una baza? ¿Un salvavidas?

Cabe preguntarse si la recién estrenada geopolítica del caos, inaugurada por la era Trump, está ansiosa por cobrarse las primeras víctimas.

Fuente
Contralínea (México)