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Buenas tardes.

Hace unas semanas, poco después de ser nombrado Secretario de Estado, me dirigí directamente al pueblo estadounidense. Dije que mi principal trabajo es garantizar que la política exterior de Estados Unidos cumpla con ellos: que haga sus vidas más seguras, que cree oportunidades para sus familias y comunidades, y que aborde los desafíos globales que están dando cada vez más forma a su futuro.

Y he dicho que una forma clave de cumplir con el pueblo estadounidense es reafirmando y revitalizando nuestras alianzas y asociaciones en todo el mundo.

Por eso he venido a Bruselas esta semana. Me dirijo a ustedes desde la sede de la OTAN, la alianza del tratado que ha defendido la seguridad y la libertad de Europa y América del Norte durante casi 75 años.

Ahora bien, los estadounidenses no están de acuerdo en algunas cosas, pero el valor de las alianzas y asociaciones no es una de ellas. Según una encuesta reciente del Consejo de Chicago para Asuntos Mundiales, nueve de cada diez estadounidenses creen que mantener nuestras alianzas es la manera más eficaz de lograr nuestras metas de política exterior. Nueve de cada diez. No es difícil ver por qué. Observan las amenazas a las que nos enfrentamos, como el cambio climático, la pandemia de COVID-19, la desigualdad económica, una China cada vez más asertiva; y saben que es mucho mejor para Estados Unidos abordarlas con socios, en lugar de intentar hacerlo solo. Y todos nuestros aliados pueden decir lo mismo.

En la actualidad el mundo tiene un aspecto muy diferente al de hace décadas, cuando forjamos muchas de nuestras alianzas, o incluso al de hace cuatro años. Las amenazas se han multiplicado. La competencia se ha endurecido. La dinámica del poder ha cambiado. La confianza en nuestras alianzas se ha visto afectada, tanto en lo que se refiere a la confianza en los demás como en la solidez de nuestros compromisos. En nuestras alianzas, e incluso dentro de ellas, no siempre coincidimos en las amenazas a las que nos enfrentamos ni en la forma de afrontarlas. Nuestros valores comunes de democracia y derechos humanos son desafiados, no sólo desde fuera de nuestros países, sino desde dentro. Y nuevas amenazas están superando nuestros esfuerzos para construir las capacidades que necesitamos para defendernos contra ellas.

Sin embargo, nada de esto cambia el hecho de que necesitamos alianzas, ahora tanto como siempre, o quizá incluso más. El reto al que nos enfrentamos es el de adaptar y renovar esas alianzas para que puedan hacer frente a las amenazas actuales, y sigan siendo tan útiles para nuestros pueblos ahora como lo han sido en el pasado.

Hoy expondré cómo hacerlo.

Primero definiré las amenazas comunes a las que nos enfrentamos. A continuación, hablaré de lo que debemos hacer para reafirmar y revitalizar nuestras alianzas, de modo que no sólo puedan defenderse de estas amenazas, sino también proteger nuestros intereses y valores comunes. Y por último, expondré lo que nuestros aliados pueden esperar de Estados Unidos, y lo que nosotros a su vez esperamos de nuestros aliados.

Comienzo identificando las amenazas más urgentes a las que nos enfrentamos hoy en día.

Tal y como yo lo veo, hay tres categorías.

Lo primero son las amenazas militares de otros países. Lo vemos en los esfuerzos de China por amenazar la libertad de navegación, por militarizar el mar de la China Meridional, por apuntar a países de todo el Indopacífico con capacidades militares cada vez más sofisticadas. Las ambiciones militares de Pekín aumentan cada año. Junto con las realidades de la tecnología moderna, los desafíos que antes parecían estar a medio mundo de distancia ya no son remotos. También lo vemos en las nuevas capacidades y estrategias militares que Rusia ha desarrollado para desafiar nuestras alianzas y socavar el orden basado en normas que garantiza nuestra seguridad colectiva. Esto incluye la agresión de Moscú en el este de Ucrania; su acumulación de fuerzas, ejercicios a gran escala y actos de intimidación en el mar Báltico y el mar Negro, el Mediterráneo Oriental y el Alto Norte; su modernización de las capacidades nucleares; y su uso de armas químicas contra los críticos en tierras de la OTAN.

Y más allá de China y Rusia, actores regionales como Irán y Corea del Norte persiguen capacidades nucleares y de misiles que amenazan a los aliados y socios de Estados Unidos.

La segunda categoría son las amenazas no militares de muchos de estos mismos países: las tácticas tecnológicas, económicas y de información que amenazan nuestra seguridad. Entre ellas se encuentran el uso de campañas de desinformación y la corrupción utilizada como arma para alimentar la desconfianza en nuestras democracias, y los ciberataques que tienen como objetivo nuestras infraestructuras críticas y el robo de propiedad intelectual. Desde la flagrante coacción económica de China sobre Australia, hasta el uso de la desinformación por parte de Rusia para erosionar la confianza en las elecciones y en vacunas seguras y eficaces, estas acciones agresivas amenazan no sólo a nuestros países individuales, sino también nuestros valores comunes.

Y la tercera categoría son las crisis globales como el cambio climático y COVID-19. No se trata de amenazas planteadas por gobiernos específicos, sino que son globales. Las temperaturas más altas, el aumento del nivel del mar y las tormentas más intensas afectan a todo, desde la preparación militar hasta los patrones de migración humana y la seguridad alimentaria. Como la pandemia de COVID-19 ha dejado bien claro, nuestra seguridad sanitaria está entrelazada, y sólo es tan fuerte como nuestro eslabón más débil.

También nos enfrentamos al terrorismo mundial, que a menudo atraviesa estas categorías. Aunque hemos reducido considerablemente la amenaza del terrorismo, sigue siendo importante, especialmente cuando los grupos e individuos gozan del apoyo y el refugio de los gobiernos, o encuentran cobijo en espacios no gobernados.

Ahora bien, muchas de estas amenazas no estaban presentes cuando se formaron nuestras alianzas. Algunas ni siquiera existían. Pero esa es la gran fuerza de nuestras alianzas: se crearon para adaptarse, para seguir evolucionando a medida que surgen nuevos retos.

Así que he aquí cómo podemos adaptarnos hoy.

En primer lugar, debemos volver a comprometernos con nuestras alianzas, y con los valores comunes que las sustentan.

Cuando Estados Unidos fue atacado el 11 de septiembre, nuestros aliados de la OTAN invocaron inmediatamente y por unanimidad el Artículo 5: un ataque a uno es un ataque a todos. Sigue siendo la única vez en la historia que se ha invocado el Artículo 5, y fue para proteger a Estados Unidos. Nunca lo olvidaremos. Y nuestros aliados pueden esperar lo mismo de nosotros hoy. Como dijo el presidente Biden en la Conferencia de Seguridad de Múnich el mes pasado, tienen nuestra promesa inquebrantable: Estados Unidos está plenamente comprometido con la OTAN, incluido el Artículo 5.

Es una promesa que he reafirmado a nuestros aliados en la OTAN esta semana.

Y el secretario de Defensa Austin y yo expresamos ese mismo compromiso a nuestros aliados de Japón y Corea del Sur, donde recientemente concluimos negociaciones sobre los acuerdos de reparto de la carga que ayudarán a mantener la paz y la prosperidad en un Indopacífico libre y abierto durante años en el futuro.

Nuestras alianzas se crearon para defender valores comunes. Por eso, renovar nuestro compromiso requiere reafirmar esos valores y los cimientos de las relaciones internacionales que juramos proteger: un orden libre y abierto basado en normas. Tenemos mucho trabajo por delante en este frente. Prácticamente todas las democracias del mundo se enfrentan a desafíos en este momento, incluido Estados Unidos. Nos enfrentamos a profundas desigualdades, racismo sistémico y polarización política, todo lo cual hace que nuestra democracia sea menos resistente.

Depende de todos nosotros mostrar lo que siempre ha sido la mayor fortaleza del sistema: nuestros ciudadanos, y la fe que ponemos en ellos para mejorar nuestras sociedades e instituciones. La mayor amenaza para nuestras democracias no es que sean defectuosas, siempre lo han sido. La mayor amenaza es que nuestros ciudadanos pierdan la confianza en la capacidad de la democracia para arreglar esos defectos, para cumplir nuestro compromiso fundacional de formar una unión más perfecta. Lo que separa a las democracias de las autocracias es nuestra capacidad y voluntad de enfrentarnos abiertamente a nuestros propios defectos, y no fingir que no existen, ignorarlos o esconderlos bajo la alfombra.

También tenemos que exigirnos mutuamente los valores que constituyen el núcleo de nuestras alianzas y confrontar el retroceso de la democracia en el mundo. Todos debemos alzar la voz cuando los países toman medidas que socavan la democracia y los derechos humanos. Eso es lo que las democracias hacen: abordar los desafíos abiertamente. Y debemos también ayudar a esos países a volver a la dirección correcta, fortaleciendo salvaguardas de la democracia como la prensa libre e independiente, organismos anticorrupción e instituciones que protejan el Estado de derecho.

También esto significa volver a comprometerse con nuestras alianzas.

En segundo lugar, debemos modernizar nuestras alianzas.

Ello comienza con la mejora de nuestras capacidades y preparación militar para asegurar que mantenemos una disuasión militar fuerte y creíble. Por ejemplo, debemos asegurarnos de que nuestra disuasión nuclear estratégica siga siendo salva, segura y eficaz, especialmente a la luz de la modernización de Rusia. Esto es fundamental para mantener nuestros compromisos con nuestros aliados fuertes y creíbles, incluso mientras tomamos medidas para reducir aún más el papel de las armas nucleares en nuestra seguridad nacional. También trabajaremos con nuestros aliados del Indopacífico para abordar una amplia gama de complejos retos de seguridad en la región.

Debemos ampliar nuestra capacidad para hacer frente a las amenazas en los ámbitos económico, tecnológico e ideológico. Y no podemos limitarnos a estar a la defensa: debemos adoptar un enfoque afirmativo.

Hemos visto cómo Pekín y Moscú utilizan cada vez más el acceso a tecnologías, recursos, mercados críticos para presionar a nuestros aliados y abrir brechas entre nosotros. Por supuesto, cada país toma sus propias decisiones. Pero no debemos separar la coerción económica de otras formas de presión. Cuando uno de nosotros es coaccionado debemos responder como aliados y trabajar juntos para reducir nuestra vulnerabilidad asegurando que nuestras economías estén más integradas entre sí de lo que están con nuestros principales competidores. Esto implica cooperar para desarrollar innovaciones de vanguardia, garantizar que nuestras cadenas de suministro de elementos delicados sean resistentes, establecer normas y estándares para regir las tecnologías emergentes e imponer costes a quienes rompan las reglas. La historia nos muestra que al hacer esto más países optan por los espacios abiertos y seguros que construimos juntos.

Y debemos ampliar nuestra capacidad para hacer frente a las amenazas transnacionales, especialmente el cambio climático y las pandemias como COVID-19. Estos retos son tan amplios, y las medidas necesarias para abordarlos tan trascendentales, que su tratamiento debe integrarse en prácticamente todo lo que hacemos y coordinarse con una amplia gama de socios.

En tercer lugar, debemos crear coaliciones más amplias de aliados y socios.

Con demasiada frecuencia, ponemos nuestras alianzas y asociaciones en silos. No hacemos lo suficiente para unirlas. Pero deberíamos. Porque cuanto más puedan unirse los países con fortalezas y capacidades complementarias para lograr objetivos comunes, mejor.

Esa es la idea que subyace en el grupo de países que llamamos [el grupo] Quad “el cuadrilateral”: Australia, India, Japón y Estados Unidos. Recientemente el presidente Biden fue el anfitrión de la primera cumbre a nivel de líderes del Quad. Compartimos la visión de una región indopacífica libre, abierta, inclusiva y sana, sin restricciones de coerción y anclada en valores democráticos. Formamos un buen equipo. Y nuestra cooperación fortalecerá los esfuerzos paralelos para garantizar la seguridad en los mares de China Oriental y Meridional y para ampliar la producción de vacunas seguras, asequibles y eficaces y el acceso equitativo.

Otro ejemplo es la profundización de la cooperación entre la OTAN y la UE. Una mayor colaboración en cuestiones como ciberseguridad, seguridad energética, seguridad sanitaria y la protección de las infraestructuras críticas contribuirá a aumentar nuestra resistencia y preparación frente a las amenazas actuales. También nos hace más fuertes cuando defendemos nuestros valores.

Consideremos las sanciones que Estados Unidos acaba de imponer, junto con Canadá, la Unión Europea y el Reino Unido, a las personas implicadas en las atrocidades que se cometen contra los uigures en Xinjiang. Las sanciones de represalia que China impuso entonces a los miembros del Parlamento Europeo y del Comité Político y de Seguridad de la UE, a los académicos y a las organizaciones de investigación académica, hacen aún más importante que nos mantengamos firmes y unidos, o nos arriesgamos a enviar el mensaje de que la intimidación funciona. Esto incluye mantenernos firmes con nuestros socios no pertenecientes a la OTAN en Europa, muchos de los cuales siguen manteniéndose firmes junto a nosotros en el frente de la Alianza.

Y miraremos más allá de los gobiernos nacionales, hacia el sector privado, la sociedad civil, las organizaciones filantrópicas, las ciudades y las universidades. Una cooperación diversa y de amplia base resulta esencial para proteger los bienes comunes globales, aquellos recursos que todos los pueblos tienen derecho a compartir y beneficiarse, y que ahora están siendo limitados por nuestros adversarios.

Pensemos en 5G (la quinta generación), en la que la tecnología china conlleva graves riesgos de vigilancia. Deberíamos reunir a empresas tecnológicas de países como Suecia, Finlandia, Corea del Sur y Estados Unidos, y utilizar la inversión pública y privada para fomentar una alternativa segura y fiable. Llevamos décadas desarrollando relaciones con países que comparten nuestros valores en todas las partes del mundo. Por eso hemos invertido tanto en estas asociaciones, para poder unirnos de forma innovadora y resolver nuevos desafíos como estos.

A quienes duden de lo que podemos lograr cuando trabajamos juntos de esta manera, les señalaría la cooperación sin precedentes de los científicos que compartieron cientos de secuencias del genoma viral a través de instituciones y fronteras, investigación que fue indispensable para el descubrimiento de varias vacunas seguras y eficaces contra COVID-19, en un tiempo récord. La primera de esas vacunas en ser aprobada por la Organización Mundial de la Salud fue iniciada por un médico nacido en Turquía, que creció en Alemania, y que cofundó una empresa farmacéutica europea que se asoció con otra estadounidense para producir la vacuna.

Ahora bien, los aliados y socios de Estados Unidos pueden estar escuchando mis palabras hoy y diciendo: “Necesitamos saber qué podemos esperar de ustedes”. Porque, como he dicho, la confianza se ha visto afectada en cierta medida en los últimos años.

Por tanto, permítanme ser claro respecto a lo que Estados Unidos puede prometer a nuestros aliados y socios.

Cuando nuestros aliados asumen la parte de la carga que les corresponde, esperan razonablemente tener una participación justa en la toma de decisiones. Cumpliremos con eso. Se empieza por consultar con nuestros amigos, pronto y a menudo. Este es un aspecto clave de la política exterior de la administración Biden-Harris, y es un cambio respecto al pasado que nuestros aliados ya ven y están notando.

Trataremos los esfuerzos de nuestros aliados por desarrollar una mayor capacidad estratégica como una ventaja, no como una amenaza. Unos aliados más fuertes hacen unas alianzas más fuertes. Y a medida que Estados Unidos desarrolle sus capacidades estratégicas para hacer frente a las amenazas que he descrito hoy, nos aseguraremos de que sigan siendo compatibles con nuestras alianzas, y de que contribuyan a fortalecer la seguridad de nuestros aliados. A su vez, pediremos lo mismo a nuestros aliados.

Estados Unidos no obligará a nuestros aliados a elegir entre “nosotros o ellos” respecto a China. No hay duda de que el comportamiento coercitivo de China amenaza nuestra seguridad y prosperidad colectivas y de que están trabajando activamente para socavar las reglas del sistema internacional y los valores que nosotros y nuestros aliados compartimos. Pero eso no significa que los países no puedan trabajar con China cuando sea posible. Por ejemplo, en cuanto al cambio climático y la seguridad sanitaria.

Sabemos que nuestros aliados tienen relaciones complejas con China que no siempre se alinean perfectamente con las nuestras, pero tenemos que manejar estos retos juntos. Eso significa trabajar con nuestros aliados para cerrar las brechas en áreas como la tecnología y la infraestructura, que Pekín está explotando para ejercer presión coercitiva. Nos basaremos en la innovación, no en los ultimátums. Porque si trabajamos juntos para hacer realidad nuestra visión positiva del orden internacional, si defendemos el sistema libre y abierto que sabemos que ofrece las mejores condiciones para el ingenio, la dignidad y la conexión humanos, estamos seguros de que podemos superar a China en cualquier terreno.

Siempre haremos lo que nos corresponda, y reconoceremos cuando nuestros aliados hagan lo que les convenga a ellos. Permítanme ser franco: esto ha sido a menudo una cuestión polémica, especialmente en la relación transatlántica. Reconocemos los importantes progresos que han realizado muchos de nuestros aliados de la OTAN en la mejora de las inversiones en defensa, incluyendo avances hacia el cumplimiento del compromiso de Gales de destinar el dos por ciento del PIB a gastos de defensa para 2024. El pleno cumplimiento de esos compromisos es crucial. Pero también reconocemos la necesidad de adoptar una visión más amplia del reparto de la carga. Ninguna cifra por sí sola capta plenamente la contribución de un país a la defensa de nuestra seguridad e intereses especialmente en un mundo en el que un número creciente de amenazas no puede enfrentarse con la fuerza militar. Debemos reconocer que, dado que los aliados tienen distintas capacidades y fortalezas comparativas, asumirán su parte de la carga de diferentes maneras. Eso no significa abandonar los objetivos que nos hemos fijado o hacer menos. De hecho, las amenazas comunes a las que nos enfrentamos exigen que hagamos más.

Tenemos que ser capaces de mantener estas conversaciones difíciles, e incluso de no estar de acuerdo, sin dejar de tratarnos con respeto. Con demasiada frecuencia, en los últimos años, parece que en Estados Unidos hemos olvidado quiénes son nuestros amigos. Bien, eso ya ha cambiado.

Estados Unidos será juicioso en el uso de su poder, especialmente el militar, como medio para abordar los conflictos en el extranjero. Evitaremos los desequilibrios entre nuestras ambiciones con principios y los riesgos que estamos dispuestos a asumir para alcanzarlas, en gran parte porque cuando nos excedemos, obstaculizamos nuestra capacidad para centrarnos en otros retos que pueden tener mayor impacto en las vidas de los estadounidenses.

Por último, algunos de nuestros aliados se preguntan si nuestro compromiso con su seguridad es duradero. Nos oyen decir que “Estados Unidos ha vuelto” y se preguntan: ¿por cuánto tiempo?

Es una pregunta justa. Esta es mi respuesta.

Hay una razón por la que la gran mayoría del pueblo estadounidense, de ambos partidos políticos, apoya nuestras alianzas, aunque estén divididos por líneas partidistas en muchas otras cuestiones. Es la misma razón por la que los republicanos y los demócratas en el Congreso han asegurado constantemente a nuestros aliados que nuestros compromisos son firmes. Es porque vemos nuestras alianzas no como una carga, sino como una forma de recibir ayuda de los demás para dar forma a un mundo que refleje nuestros intereses y nuestros valores.

Pero para mantener ese apoyo firme, nosotros, que tenemos el privilegio de representar a Estados Unidos en la escena mundial, tenemos que asegurarnos de que nuestras alianzas den resultados para el pueblo estadounidense. No podemos perder esto de vista.

Debemos demostrar no sólo contra qué defienden nuestras alianzas, sino también lo que representan, como el derecho de todas las personas en cualquier lugar a ser tratadas con dignidad y a que se respeten sus libertades fundamentales. El hecho de que nuestra política exterior refleje el mundo tal y como es no significa que tengamos que renunciar a configurar el mundo tal y como podría ser: un mundo más seguro, más pacífico, más justo, más equitativo, un mundo con más salud, democracias más fuertes y más oportunidades para más personas.

En resumen, necesitamos tener una visión positiva que pueda unir a la gente en una causa común. Eso es algo que nuestros adversarios no pueden ofrecer. Es una de nuestras mayores fortalezas.

Aquí es donde nuestro interés por ser aliados dignos de confianza está ligado a la satisfacción de las necesidades de nuestros ciudadanos. No podemos construir una política exterior que satisfaga al pueblo estadounidense sin mantener alianzas eficaces. Y no podemos mantener alianzas eficaces sin demostrar que son útiles para el pueblo estadounidense.

Hace setenta años, un soldado raso del ejército estadounidense que se entrenaba en Fort Dix, en Nueva Jersey, envió una carta a Dwight D. Eisenhower, que entonces ejercía como primer comandante supremo de las Fuerzas Aliadas en Europa. En su carta, el soldado raso le preguntaba a Eisenhower si había algo más en su servicio que, y cito, “matar o morir”.

Eisenhower era un realista experimentado. Había visto de cerca la devastación de la guerra. Era consciente de las consecuencias mortales de arriesgar vidas estadounidenses para defender a nuestros aliados. Sin embargo, seguía creyendo, como respondió en una carta a ese soldado, que, y cito, “los verdaderos objetivos humanos comprenden algo mucho más rico y constructivo que la mera supervivencia de los fuertes”.

Estados Unidos y sus aliados, escribió, tenían que trabajar juntos para construir un sistema basado en valores comunes. Y estas palabras no eran tan diferentes de los valores que guiaban nuestra vida cotidiana en Estados Unidos: como dijo Eisenhower, “intentar resolver con decencia, equidad y justicia la multitud de problemas que se nos presentan constantemente”. Eso no significa tratar de resolver todos los problemas del mundo. Más bien significa que, cuando debamos abordar un problema, no perdamos de vista nuestros valores, que son simultáneamente fuente de nuestra fuerza y de nuestra humildad. Eisenhower le dijo al soldado que esperaba que sus palabras le proporcionaran “un poco de optimismo y fe”.

Ahora bien, Eisenhower no podría haber imaginado muchos de los retos a los que nos enfrentamos hoy. Pero sabía que cualquiera que fuera la nueva amenaza que surgiera, querríamos enfrentarnos a ella con socios que compartieran nuestros valores.

El último año ha sido uno de los momentos más difíciles de la historia de nuestros países, y todavía no hemos salido de la crisis, aunque veamos verdaderos motivos para tener esperanza. Pero nuestra cooperación con los aliados y socios nos proporciona algo más que un poco de optimismo y fe. Nos muestra el camino a seguir: juntos, arraigados en nuestros valores compartidos, y comprometidos no sólo a reconstruir nuestras alianzas y asociaciones, sino a reconstruirlas mejor. Si lo hacemos, no hay retos que no podamos superar y que no superaremos.

Muchas gracias.