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Cultura
Los años de la fiebre
por Alfonso Murriagui

Bajo este título, Ulises Estrella, infatigable soñador y permanente realizador de cultura, esta vez como editor, recoge el testimonio de algunos de los actores de ese gran movimiento transformador que se desarrolló en América y el mundo, testimonio que sintetiza “la pasión que nos sustentó en el momento histórico que vivimos los poetas, narradores e investigadores en los convulsivos años sesentas y setentas, en Ecuador y América Latina”.



16 de septiembre de 2005

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Bajo este título, Ulises Estrella, infatigable soñador y permanente realizador de cultura, esta vez como editor, recoge el testimonio de algunos de los actores de ese gran movimiento transformador que se desarrolló en América y el mundo, testimonio que sintetiza “la pasión que nos sustentó en el momento histórico que vivimos los poetas, narradores e investigadores en los convulsivos años sesentas y setentas, en Ecuador y América Latina”.

Este libro es una memoria de lo que entonces soñábamos los que aún teníamos firmes los puños, clara la mirada y una inmensa rabia contra todo lo falso y adocenado, contra la hipocresía y el oportunismo, contra la falacia y la corrupción reinantes en el sistema.

Entonces el mundo se encontraba convulsionado y “los años de la fiebre” comenzaban en México y Buenos Aires, en Caracas y en Managua, en La Habana y en Santiago de Chile, en Kioto y Helsinki, en Nueva York y París. En nuestra América mestiza, los jóvenes de entonces, la mayor parte poetas, comienzan su actividad juntándose alrededor de grupos o publicaciones que, coincidentemente, propugnaban los mismos principios, tenían las mismas ambiciones liberadoras y una fuerza incontrastable, que les conducía por las rutas de la insurgencia.

Al mismo tiempo, y como si se hubieran convocado para difundir las nuevas voces por el triángulo verde de nuestra América, aparecen las revistas Eco Contemporáneo, con Miguel Grinberg, en Buenos Aires; El Corno Emplumado, con Margaret Randall y Sergio Mondragón y Pájaro Cascabel, con Thelma Nava, en México; El Pez y la Serpiente, con Pablo Antonio Cuadra y Ernesto Cardenal, en Nicaragua; El Techo de la Ballena, con Edmundo Aray, en Venezuela; Pucuna, y su embajador itinerante Ulises Estrella, en Ecuador; Los Nadaistas, con Gonzalo Arango, en Colombia; Trilce, con Eduardo González Viaña y el Cholo Murillo Ganosa , en Trujillo, Perú.

Y aparecen los “cronopios”; Julio Cortázar es el encargado de hacer circular la invitación desde el extremo sur del continente: “Cronopios de la tierra americana, muestren sin vacilar la hilacha. Abran las puertas como las abren los elefantes distraídos, ahoguen en ríos de carcajadas toda tentativa de discurso académico, de estatuto con artículos del I al XXX, de organización petrificadora. Háganse odiar minuciosamente por los cerrajeros, echen toneladas de azúcar en las salinas del llanto y estropeen las azucareras de la complacencia con el puñadito subrepticio de sal parricida. El mundo será de los cronopios o no será”.

La respuesta no se hace esperar: Henry Miller, el cronopio de Los Trópicos, nos lanza la admonición: “Los poetas de este mundo están centurias más adelantados que los políticos y los estadistas. No esperen al rápido paso de la tiniebla. Tenemos que atravesar todavía un largo túnel. Pero el final está a la vista. Y este final es: libertad”. Albert Camus adelanta su presagio: “Tenemos que volver a coser a aquello que se ha desgarrado, hacer nuevamente concebible la justicia en un mundo tan evidentemente injusto, hacer que vuelva a adquirir significación la felicidad para los pueblos envenenados por la infelicidad del siglo”.

Y los Tzántzicos estuvimos presentes, nuestra presencia fue clara; en el primer Manifiesto lo señalamos: “Como llegando a los restos de un gran naufragio, llegamos a esto. Llegamos y vimos que, por el contrario, el barco recién se estaba construyendo y que la escoria que existía se debía tan solo a una falta de conciencia de los constructores. Llegamos y empezamos a pensar las razones por las que la poesía se había desbandado ya en femeninas divagaciones alrededor del amor ( que terminaban en pálidos barquitos de papel), ya en pilas de palabras insustanciales para llenar un suplemento dominical, ya en “obritas” para obtener la sonrisa y el ‘cocktail’ del Presidente”. ... “No decimos que encima de esos restos nos alzaremos nosotros. No. Se alzará por primera vez una conciencia de pueblo, una conciencia nacida del vislumbre magnífico del arte. Será el momento en que el obrero llegue a la Poesía, el momento en que todos sintamos una sangre roja y caliente en nuestras venas de Indoamericanos con necesidad de saltar, de combatir y abrir una verídica brecha de esperanza.... El arte, la Poesía es quien descubre lo esencial de cada pueblo. Nuestro arte quiere descubrir de este pueblo (que en nada se diferencia de muchos otros de América). Y, saltar es cosa del arte.

Saltar por encima de los montes con una luz auténtica, de auténtica revolución, y con una pica sosteniendo muchas cabezas reducidas...”. Se trataba de una utopía salvaje, como la describió el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro.

Esos proféticos y convulsionados años sesenta, si fueron el nacimiento de las utopías, también fueron el renacer de la esperanza de liberación, lo confirmaba Cuba, que con Fidel a la cabeza iniciaba la lucha contra el imperio; que ha sido tan larga y dolorosa, y también en nuestro país comenzaban los tiempos de las dictaduras militares, de los golpes de estado y de la corrupción galopante.

Han pasado 45 años de esos “tiempos de la fiebre”. Hoy recorremos otros caminos, hay quienes siguen creyendo que con el arte, con la poesía, se puede contribuir para cambiar el mundo; pero también hay la plena seguridad, de que solamente con la lucha de los pueblos por su liberación, se hará posible la realización de los cambios necesarios.

 Alfonso Murriagui
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