Es posible deducir que el presidente de Estados Unidos, chapoteando en los problemas que le reducen su popularidad, añore el estilo carnal de aquel presidente uruguayo que era su mejor amigo, que le firmaba contratos secretos y le hacía los mandados para los jueguitos de desaires en eventos internacionales.

Más aun: aquel amigo ponía arena en los engranajes de la integración latinoamericana a efectos de beneficiar la otra integración, la simplemente “americana” del ALCA; y era capaz de demostrar el necesario sigilo para impulsar un convenio que, para usar la definición de Guillermo Waksman, consagra la igualdad entre desiguales (véase BRECHA, 27-V-05). “Lindo tiempo aquél canejo/ en que entuavía me amabas/ y a los bailongos llegabas/ en ancas de mi azulejo.” Este presidente de hoy no es como el de ayer, tan funcional al pragmatismo globalizado; por lo tanto, habrá dicho George W Bush, es preferible eludir el contacto, abortar cualquier situación que cambie el estado de cosas. Así, pese a las reiteradas expresiones de interés, el inquilino de la Casa Blanca prefirió suspender el encuentro solicitado por Tabaré Vázquez, en la primera visita de un presidente izquierdista uruguayo a Estados Unidos.

Hizo bien: Vázquez estaba decidido a discutir mano a mano la necesidad de introducir modificaciones en el tratado de promoción y protección recíproca de inversiones, algunas de cuyas cláusulas, particularmente lesivas para la soberanía, están dilatando la ratificación parlamentaria. Y al presidente de Estados Unidos –que nunca suscribiría un documento de ese tenor– no le interesaba esa discusión; le resulta más conveniente utilizar la excusa de la tragedia en Nueva Orleáns, aun sabiendo que el desaire podía fortalecer las tendencias que apuntan a un relacionamiento político y diplomático de Uruguay con Estados Unidos esencialmente diferente al que prevaleció hasta el presente. Quizás no se esperaba el tono de la reacción que prevaleció, en la delegación visitante y en las principales autoridades uruguayas, tras la cordialidad de las sonrisas. En particular esa odiosa e inoportuna reivindicación de la figura de Hugo Chávez (véase nota aparte).

Signos sugerentes

La suspensión de la entrevista entre los dos presidentes se apoya en una excusa, porque la no realización del encuentro había sido adelantada, informalmente, a la cancillería uruguaya antes de que el huracán Katrina devastara las costas del golfo de México y colateralmente pusiera en evidencia la indiferencia de Bush ante la tragedia.

Tan esperada era esa entrevista, que algunos periodistas especularon con la posibilidad de que los dos mandatarios tuvieran un encuentro en la sede de las Naciones Unidas, en ocasión de la participación en la Asamblea General (véase página 38), o, si más no fuera, un breve tête á tête en un cóctel, o algún intercambio de palabras visto que ambas delegaciones, por razones de alfabeto, se sientan una junto a la otra en la Asamblea.

No se trata de escasez de oportunidades. En realidad, las relaciones entre Estados Unidos y Uruguay enfrentan algunos escollos importantes. El primero de ellos, el propio tratado de inversiones, agravado por el limitado tacto que evidenció el ex embajador Martin Silverstein cuando vinculó la ratificación del documento a las compras estadounidenses de carne uruguaya.

Silverstein estaba chantajeando, amenazando con una posible reducción de las cuotas de carne uruguaya en el mercado estadounidense si la ratificación se trancaba en el Parlamento. De paso, ejemplifica sobre cuáles pueden ser las represalias comerciales en aplicación de un tratado supuestamente referido al ámbito de las inversiones.

Pero también resultan un escollo las presiones estadounidenses (Silverstein otra vez) para entorpecer las relaciones entre Uruguay y Venezuela, y –para señalar sólo los episodios relevantes– la pretensión del Departamento de Defensa de que Uruguay otorgue inmunidad a las tropas estadounidenses que se despliegan en América Latina.

Si la parquedad es una medida del desagrado, entonces Vázquez estaba realmente molesto cuando comentó en Punta del Este el intempestivo anuncio del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, cancelando, sin explicaciones, su visita a Uruguay, a mediados de agosto último. Rumsfeld no recogía en Montevideo ningún apoyo, no ya a la inmunidad para eludir la competencia de la Corte Penal Internacional ante cualquier delito cometido por soldados estadounidenses, sino al descarado proyecto de instalación de una base militar en el Chaco paraguayo, a 200 kilómetros de la frontera con Bolivia, donde la acción de las organizaciones populares ha derribado presidentes privatizadores y ha rescatado el control de la producción y comercialización del petróleo.

La cancelación de la visita de Rumsfeld tiene la misma lectura que la cancelación del encuentro de los presidentes. Expresa una forma muy directa y poco cortés del gobierno de la nación más poderosa de decir que no le gusta la conducta de un gobierno díscolo. Por esa razón, tras la partida del embajador Silverstein, el Departamento de Estado sigue demorando la designación de un nuevo embajador, en tanto que ha designado ya a un nuevo encargado de negocios.

Las inversiones como herramienta de presión. En su momento el presidente Vázquez reaccionó airadamente cuando, en el tramo final de la campaña electoral, se enteró de que el presidente Jorge Batlle había firmado con Estados Unidos el tratado de inversiones sin consultar a las fuerzas políticas, y generando una situación de hecho que condicionaría al próximo gobierno. De la misma forma reaccionó cuando, dos días antes de abandonar el Edificio Libertad, el presidente divertido envió el tratado al Parlamento para su ratificación, cortando cualquier posibilidad de desandar el camino.

La intención de Batlle cuadraba con los intereses de la Casa Blanca: el tratado introducía por lo menos tres aspectos negativos para la soberanía y los intereses uruguayos. Por un lado, la aplicación de los términos del concepto de “nación más favorecida” implicaba otorgar a Estados Unidos los mismos beneficios que Uruguay recibiría o concedería en el marco del MERCOSUR, lo que supone una manera de distorsionar el sentido político y económico de la integración regional.

Por otro, otorga a Estados Unidos la potestad de tomar represalias cuando una empresa uruguaya, estatal o privada, se asocie con empresas de países que la Casa Blanca considere enemigos o con los que no mantenga relaciones diplomáticas. En lo concreto, esa cláusula introduce un elemento de distorsión en las relaciones de Uruguay con Cuba y con Venezuela. Y finalmente deposita en tribunales estadounidenses las decisiones sobre controversias.

Las particularidades del tratado –heredadas de la administración anterior con una condicionalidad: el documento no puede modificarse en la instancia de ratificación parlamentaria; se aprueba o se rechaza como un todo– dividieron las opiniones en el EP-FA. En particular el vicepresidente Rodolfo Nin y el ministro de Economía, Danilo Astori, son partidarios de aprobar el texto; el mpp, el Partido Comunista, el Partido Socialista y la Vertiente Artiguista han derivado hacia una posición de rechazo en los términos actuales y se inclinan por una negociación de “enmiendas” que eliminen los aspectos más lesivos.

El presidente Vázquez había evitado pronunciamientos públicos tajantes sobre el tema. Hasta ahora. Su insistencia en concretar una reunión con Bush explica la necesidad uruguaya de modificar los términos del tratado con vistas a mantener aquellos aspectos que se estiman positivos para el flujo de inversiones. Es que existe una nueva realidad que puede verse afectada directamente por el tratado.

La implícita prohibición de asociaciones con capitales de países “enemigos” influye directamente –si el tratado se ratificara tal como está– en las negociaciones comerciales que el gobierno uruguayo está realizando con el gobierno venezolano. En particular, el tratado introduce una contradicción insalvable si prosperan las negociaciones en curso para una asociación de PDVSA, la petrolera estatal venezolana, con ANCAP, que apunta, por un lado, a la inversión para multiplicar la capacidad productiva de nuestra empresa y, por otro, a la explotación directa, por parte de ANCAP, de pozos petroleros en la nación caribeña.

Un nuevo estilo

Fuentes de la delegación uruguaya que acompaña al presidente Vázquez en Estados Unidos no dejaron traslucir mayor optimismo tras la supuesta receptividad de Peter Allgeier, adjunto del Departamento de Comercio, y de Regina Vargo, encargada comercial para las Américas, sobre la propuestas de introducir enmiendas en el texto del tratado a efectos de viabilizar su ratificación antes de diciembre. [1]

El tono de los discursos pronunciados por Vázquez revelaba otra cosa. En el Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos, el presidente criticó las políticas proteccionistas y reclamó transparencia en el intercambio comercial. Dijo: “Los países del mundo desarrollado demandan de los otros que no pongan subsidios ni políticas proteccionistas. Nosotros hemos cumplido abriendo nuestras puertas y ventanas, no desarrollando políticas proteccionistas, eliminando los subsidios. Hemos encontrado en el mundo desarrollado que ellos, que nos piden que nosotros hagamos esto, nos fijan cuotas, subsidian sus productos agrícolas, nos cierran los mercados. Cuando nuestros pueblos se alzan pidiendo justicia social, lo que están pidiendo es igualdad de oportunidades”. Reiteró la voluntad de mantener las buenas relaciones con Estados Unidos, pero advirtió que no renuncia a “profundizar las relaciones bilaterales con otros países, con otros gobiernos, porque en eso no hay contradicción entre ser uruguayo y sentirse latinoamericano”.

La relación entre pobreza y discriminación comercial fue reiteradamente utilizada por Vázquez en un estilo que introduce la franqueza, que reclama un tratamiento igualitario y que alerta sobre las consecuencias políticas de esa desigualdad. “Cada pueblo tiene el derecho de su autodeterminación, de elegir su gobierno, de su forma de gobierno”, dijo, al rechazar un concepto de diferenciación entre izquierdas buenas e izquierdas malas en América Latina. Se refirió implícitamente a Venezuela cuando afirmó que un escenario latinoamericano complejo “puede llegar a ser más complejo aun si (una potencia) ignora, excluye o agrede a alguno de sus integrantes”.

Se trata de un nuevo estilo que anuncia la definición de una nueva política exterior. Un estilo que rompe con las prácticas anteriores y que es capaz de decir, como dijo la subsecretaria de Relaciones Exteriores Belela Herrera en Pekín, horas antes de la llegada de Vázquez a Washington: “No estamos de acuerdo con guerras preventivas y apoyamos el fortalecimiento de la Organización de las Naciones Unidas para que tenga mayor voz. Si el Consejo de Seguridad hubiera tenido fuerza, Irak no se encontraría en el estado actual”.

BRECHA

[1Las enmiendas en negociación refieren básicamente a tres aspectos: al de arbitraje de controversias (notoriamente favorable a los intereses estadounidenses en la redacción actual del tratado), al concepto de “nación más favorecida” (que iguala el tratamiento de inversiones del Norte a las que provienen del MERCOSUR) y al artículo 17 (que lesiona la soberanía uruguaya).