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Opinión
¿Se acuerdan de los forajidos?
por Guido Proaño A.

Los forajidos surgieron al escenario político en medio de una aguda crisis que desembocó en la caída de Gutiérrez y en el ascenso de Alfredo Palacio como presidente de la república, y más que un movimiento en el sentido marxista de la palabra, fue una eclosión social. Se incubó al calor de los fallidos esfuerzos realizados por la Izquierda Democrática y el Partido Social Cristiano para llevar la oposición parlamentaria a la acción callejera con participación de las masas, de allí su matriz política –no reconocida, por supuesto- y su composición social básicamente pequeñoburguesa media y alta, que se sentía resentida por tener como presidente a un “indio”, a un “yumbo” (como coreaban en las calles de la capital); y que encontró el momento para la revancha social.



26 de abril de 2006

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Quito (Ecuador)

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 Ecuador

Hace un año emergieron los forajidos; lo hicieron con fuerza y sobre todo con mucho apoyo de parte de los grandes medios de comunicación. Inusualmente al tratamiento que la prensa da a los movimientos sociales que toman las calles para hacer escuchar su voz, los micrófonos de las radios, los sets de televisión y las páginas de los principales rotativos del país se abrieron por entero para difundir y amplificar sus acciones, y decimos amplificar en el término exacto de la palabra: engrandecer, incrementar.

El contagio fue rápido, particularmente en ciudades como Quito y Cuenca, y en el exterior se habló bastante de la rebelión de los forajidos. Aquí y afuera se proclamó el nacimiento de un movimiento que rompía esquemas, sobre todo los prototipos “tradicionales” de la acción del sindicalismo y de una “izquierda anquilosada”, a quienes se vaticinó el deceso.

Al calor de una protesta que exigía la destitución del traidor Lucio Gutiérrez, también se lanzaron dardos en contra de las principales organizaciones populares, partidos y movimientos de izquierda. De hecho, se pudo advertir en ello una intencionalidad, más aún escuchando y viendo quienes promovían y azuzaban esos puntos de vista. Aunque podían parecer explicaciones novedosas presentadas sobre la espontaneidad del movimiento, la inexistencia de un centro conductor, el despertar de una ciudadanía, el apoliticismo de los actores y del movimiento en sí, en realidad, no era más que una recreación de conocidos puntos de vista que desde hace tiempo rondan –sobre todo en el exterior- como parte de un pensamiento postmodernista, reaccionario por su esencia y por los intereses y propósitos que defiende y encierra.

Los forajidos surgieron al escenario político en medio de una aguda crisis que desembocó en la caída de Gutiérrez y en el ascenso de Alfredo Palacio como presidente de la república, y más que un movimiento en el sentido marxista de la palabra, fue una eclosión social. Se incubó al calor de los fallidos esfuerzos realizados por la Izquierda Democrática y el Partido Social Cristiano para llevar la oposición parlamentaria a la acción callejera con participación de las masas, de allí su matriz política –no reconocida, por supuesto- y su composición social básicamente pequeñoburguesa media y alta, que se sentía resentida por tener como presidente a un “indio”, a un “yumbo” (como coreaban en las calles de la capital); y que encontró el momento para la revancha social. No fue la primera vez que estos sectores medios y altos de la sociedad buscaban tener presencia relevante en momentos de crisis política. En el pasado, y más exactamente en el levantamiento popular que echó del poder a Jamil Mahuad, optaron también por tomarse las calles… pero para defender a Mahuad. La tribuna de la Shiris, como hace un año, también fue su punto de convergencia. Equiparando diríamos, la Shiris es la plaza Altamira de los escuálidos en Caracas.

Calificar a los forajidos como expresión política circunstancial de las clases medias no niega la participación de sectores de trabajadores, de la juventud popular, de pobladores de barrios pobres en las jornadas de abril del 2005. Y es explicable porque en los meses y días previos, a raíz de la entrega abierta de Gutiérrez a los grupos oligárquicos criollos y a la política del gobierno estadounidense, la oposición popular tomaba cuerpo. El combate a la corrupción, la oposición a la participación en el ALCA y luego a la firma del TLC, la exigencia de expulsar a las tropas norteamericanas de la base de Manta, el rechazo al involucramiento en el Plan Colombia eran, junto a las reivindicaciones particulares de los distintos sectores sociales, medidas que el movimiento popular exigía al gobierno. La consigna “Fuera Gutiérrez, gobierno popular” fue asumida en enero del 2004 en una Asamblea Nacional de los Trabajadores y los Pueblos del Ecuador, en la que participaron las principales organizaciones sindicales, campesinas, indígenas, del magisterio, estudiantiles, poblacionales del país, excepto la CONAIE que, durante el gobierno de Gutiérrez y aún hasta hace poco, acusaba problemas internos y de una notoria flaqueza para poner en movimiento a sus integrantes.

De hecho, de manera circunstancial y como resultado también de las debilidades de la izquierda y del movimiento sindical y popular, el movimiento de los forajidos capitalizó el descontento social y apareció vigoroso y triunfante.

Efectivamente, los forajidos pusieron en Carondelet a Alfredo Palacio, abandonando inmediatamente la consigna ¡fuera todos!, arguyendo que eso había que entenderlo… en perspectiva. Nació el Gobierno de los forajidos, alguno de los principales funcionarios se autocalificó como el forajido número uno; el resto seguía en numeración, sin duda. El poderoso “movimiento asambleísta” (como fue presentado) pronto perdió el ritmo, y si hoy subsiste alguna asamblea es con mucha formalidad.

En un artículo escrito en esos días, que lo titulamos El límite de los forajidos, señalábamos que este se encontraba prefijado, porque su interés no era revolucionar la sociedad sino únicamente mejorarla, sin apartarse de lo que el Derecho permite, lo que ponía límite a su proyección histórica. La piedra angular del cambio estaba en el reconocimiento de los derechos ciudadanos, en el respeto a la Constitución, al Estado de Derecho, dando potestad para la resolución política de la crisis a una “sociedad civil” aclasista, no organizada y representada por ONGs en reemplazo de los partidos y del movimiento sindical y popular. Se trató de un movimiento funcional al sistema, en el que las clases dominantes y el gobierno norteamericano se apoyaron para proceder a un recambio, asegurando la continuidad de una política al servicio de los mismos grupos oligárquicos que han dominado al país, y en beneficio del capital financiero imperialista.

Lo que vino está más fresco; Palacio burló sus ofrecimientos de consultar al pueblo temas medulares como se comprometió la noche del 20 de abril, tiene prisa en firmar el TLC, decreta Estados de Emergencia en cuanta provincia se levanta para exigir atención a sus necesidades, el ejército y la policía reprimen con brutalidad las protestas que exigen la caducidad del contrato de la Oxy y rechazan la firma del TLC, los dirigentes populares son perseguidos, encarcelados, amenazados, en fin. Palacio se asemeja mucho al “dictócrata” que cayó hace un año, pero ya no se escuchan los “tablazos” ni se organizan los “rollazos” de los forajidos. Ahora por la Shiris solo transitan los vehículos y si suenan los silbatos o pitos es porque algún candidato abrió por allí su central de campaña para ganar el voto de los sectores medios y altos de la sociedad.

Mas, a quienes se proscribió su voz y se ocultó sus acciones en las jornadas de abril persisten con su trabajo. El movimiento popular y la izquierda revolucionaria tienen la iniciativa en las acciones de protesta de estos días; siguen peleando como lo han hecho durante mucho tiempo y mantendrán ese accionar cuanto sea necesario hasta alcanzar el verdadero cambio social. Tarea dura, no de pocas semanas, que a veces puede significar la lucha de toda una vida.

 Guido Proaño A.
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