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Política
Los medios impusieron las preferencias electorales
por Franklin Falconí*

A los medios de comunicación les conviene mostrar un show electoral. Se cubre la campaña como se cubriera una carrera de caballos. A los candidatos que ellos ubicaron como los favoritos solo se les hace hablar de las encuestas, de la campaña, se los hace pelearse entre ellos, etc., pero jamás los conducen a definirse en temas claves como el de soberanía; como el caso de la Base Aérea de Manta, la firma del Tratado de Libre Comercio, la deuda externa, etc. A “los demás” candidatos, porque así serán siempre tratados, como “los demás”, los candidatos de la izquierda que no tienen opciones, se les llamará a entrevistas para enrostrarles su poca opción, para atacarles con cuestionamientos y acusaciones sin fundamento cierto.



30 de agosto de 2006

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Quito (Ecuador)

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 Ecuador

Es una corta campaña electoral la que comenzó el 15 de agosto. Durará no más de 50 días, lo cual hace complicado el escenario para un debate serio, y con igualdad de oportunidades, para los binomios presidenciales respecto a sus propuestas y programas de gobierno.

Los medios ya comenzaron con sus entrevistas a los candidatos. Aunque aún no se ven espacios especiales, excepto uno que en Gamavisión se llama “Buenas noches, buena suerte”, y que por lo tarde en que se transmite seguramente será poco sintonizado. El criterio para establecer un orden de los invitados a estos espacios parece ser los resultados de las encuestas: comienzan desde los que aparentemente tienen menos opción, para ir dejando para los días clave en que la decisión de los electores se define, a los binomios que según esas encuestas parecen tener mayores posibilidades.

Parece lógico y democrático. Sin embargo, hay que tomar en cuenta que los medios iniciaron su accionar electoral mucho antes siquiera de que se definan los candidatos, y construyeron por tanto los actuales resultados de las encuestas. Ellos fueron quienes se encargaron de generar en la gente una corriente de expectativa electoral frente a ciertos personajes.

Con el antecedente del último proceso electoral, era fácil para los medios suponer que si León Roldós se presentaba como candidato sería uno de los más opcionados, porque fue él quien quedó en tercer lugar, después de Lucio Gutiérrez y de Álvaro Noboa. Y supusieron también que si Noboa seguía siendo candidato, como efectivamente lo era, entonces el mejor candidato para ellos iba a ser Roldós. Así que Roldós estuvo encabezando la preferencia electoral desde ese momento, porque así lo vieron los medios.

Roldós fue por ello el candidato más entrevistado, sus pasos eran los que con mayor interés se seguían. Había que tenerlo todo el tiempo en pantallas. Roldós se iba configurando como el proyecto político de la oligarquía que mejores condiciones tenía para presentarse como ganador: se conocía de su militancia “ligth” en el Partido Socialista, pese a haber sido también un personaje vinculado a la banca. Era el rector de la Universidad de Guayaquil, en la que no solo logró gerenciar bajo los estándares de la empresa moderna, sino que logró grandes pasos para su despolitización; les quitó fuerza sobre todo a las organizaciones estudiantiles y pretendió golpear a fuerzas políticas de izquierda que allí actuaban.

Roldós tenía el perfil adecuado para promoverlo como el más opcionado, y así se lo hizo. Para los medios Noboa no debía volver a estar en la segunda vuelta, así que comenzaron a buscar el candidato que podría reemplazarlo en ese puesto de preferencia. No era difícil crear ese candidato, puesto que personajes pintorescos, radicaloides y populistas si había en el escenario político. Este es el caso de Rafael Correa, a quien se lo hizo candidato en los medios después de que abandonó el Ministerio de Economía en el actual Gobierno. Hay que recordar que Correa no tenía más historia política que ese corto período en el régimen de Palacio, pero era un buen outsider para probar.

Estaba listo entonces el escenario de una posible segunda vuelta. Pero Correa podría resultar poco conveniente, porque en la posibilidad de ganar, su discurso no es del agrado completo de la oligarquía. Se hacía necesario que la derecha presente, esta vez sí, una opción fuerte. Así sucedió: Cinthya Viteri se convirtió en la nueva candidata a promover. Por su condición de mujer suavizaba la dura y dictatorial imagen que tiene el PSC. Se la entrevistó, se siguieron sus pasos, se la tuvo en escena lo suficiente como para hacer creer que era una candidata con posibilidades electorales. Todo esto, antes de que exista siquiera una encuesta que defina preferencias en la población.

Por supuesto que las encuestas vinieron luego, pero solamente a confirmar la efectividad que esa acción mediática había tenido en la población. Y se confirmó: las primeras encuestas daban como resultado que efectivamente existían esas preferencias; pero sucedía un problema: los encuestados en las ciudades de Quito y Guayaquil (únicas ciudades donde se toman las muestras) que se pronunciaban a favor de esas candidaturas eran un porcentaje mínimo, la indecisión electoral era de alrededor del 80%, tendencia que ha bajado poco hasta estos días. Algo pasa en la opinión pública. ¿Por qué no se decide?

Llegaron entonces los sociólogos, los marketineros políticos y una serie más de técnicos sociales que buscan explicarse el fenómeno. Una razón, dicen ellos, es la indefinición que hasta el final se mantuvo en el tema de las alianzas y binomios presidenciales. La otra razón la dicen con cierto recelo: los ecuatorianos ya no creen en las elecciones, porque ya no creen en esta institucionalidad. Hay ahí un problema de fondo que a esos medios no les interesa profundizar, porque sería generar un escenario adecuado para candidatos y propuestas radicales, de transformaciones profundas, es decir, sería darle chance a la izquierda.

Para los medios, lo mejor es seguir en el show electoral. Se cubre la campaña como se cubriera una carrera de caballos. A los candidatos que ellos ubicaron como los favoritos solo se les hace hablar de las encuestas, de la campaña, se los hace pelearse entre ellos, etc., pero jamás los conducen a definirse en temas claves como el de soberanía; como el caso de la Base Aérea de Manta, la firma del Tratado de Libre Comercio, la deuda externa, etc. A “los demás” candidatos, porque así serán siempre tratados, como “los demás”, que no tienen opciones, se les llamará a entrevistas para enrostrarles su poca opción, para atacarles con cuestionamientos y acusaciones sin fundamento cierto.

Los medios de comunicación ven a la izquierda y sus candidatos, como “los demás” candidatos, los colistas, a los que hay que presentarlos como incapaces, gastados, sin propuesta, dogmáticos y violentistas. Eso han hecho hasta hoy el programa Buenas noches, buena suerte” y Este Lunes, y los noticieros de Ecuavisa y el resto de canales. Lo que vendrá por delante será tal vez peor.

Por eso, lo que resulta evidente a estas alturas es que para la izquierda el mejor terreno para actuar no es el de esos medios, sino el de la gente, y en eso no hay quién le gane en preferencia a la izquierda auténtica, a la izquierda revolucionaria. La relación con el pueblo ha sido su condición de existencia política, la lucha junto a esos sectores por la defensa de la soberanía, contra la corrupción y por el aprovechamiento de las riquezas naturales del país en beneficio del pueblo, ha sido permanente y ha logrado importantes victorias.

Sí, habrá que estar en esos medios, es un espacio que no se puede renunciar a disputar, pero la fuerza fundamental de la campaña electoral para la izquierda serán las calles, los barrios, las comunidades, las asambleas, las visitas casa a casa. El proceso electoral para la izquierda es un escenario más de lucha política contra la oligarquía, no es un fin, es un medio para acumular fuerzas. Lo que las encuestas no han tomado en cuenta es la preferencia alta que existe en la población por la revolución social, y esa preferencia es con la que hay que trabajar, por la que hay que trabajar.

 Franklin Falconí
Editor general del quincenario ecuatoriano Opción.
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