Red Voltaire
Integración latinoamericana y las poblaciones originarias de América

Los pueblos caribes: una etnia-nación

Más de cuatro siglos han pasado desde que murió asesinado el jefe guerrero caribe Guaicaipuro, a manos del soldado español Francisco Infante. Durante largo tiempo, la mayoría de los historiadores hispanistas venezolanos, más interesados en promover una imagen civilizadora de los conquistadores españoles frente a una supuesta barbarie aborigen, magnificó la lucha colonial de los soldados castellanos, reduciendo la resistencia y el sacrificio indígena que dieron sus vidas defendiendo lo que consideraban su heredad, su patrimonio.

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Naciones y macrorregiones geohistóricas

La existencia de una Nación se fundamenta en «la aparición de un grupo social capaz de establecer su hegemonía y definir un proyecto político de autodeterminación que aglutine a todos los demás sectores subordinados», es decir, que logre determinar como lo recomendó Gramsci- «además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral», o sea, la unidad cultural en un sentido nacional; que asimismo, consiga colocar «todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha no sobre un plano corporativo (es decir, de los intereses puramente económicos de un grupo), sino sobre un plano universal...» [1].

Nuestra Constitución Bolivariana es un proyecto de nación que recoge esas ideas fundamentales y plantea la existencia de una cultura nacional como la síntesis de todas las experiencias históricas compartidas, de las hazañas colectivas, de las grandes luchas comunes y de los resultados y memorias de esas prácticas; se nutre de los valores resemantizados de los sistemas culturales autóctonos o que brotan de las tradiciones y costumbres populares [2]. Dentro de esa definición del proyecto nacional venezolano bolivariano, es pertinente analizar la gesta caribe, no como una una serie de eventos espasmódicos e individuales, sino entender la manera cómo, dicha sociedad, llegó a tener una clara definición territorial, una unidad de lengua y cultura, y una identidad social, todo lo cual la definiría, a nuestro criterio, como una etnia-nación cuyos aportes constituyen uno de los pilares fundamentales del Estado-nación venezolano y de la macroregión geohistórica caribeña.

Por su importante posición geográfica en el extremo norte de Suramérica, desde los más remotos tiempos, el actual territorio venezolano siempre fue el punto de confluencia de diversos movimientos de poblaciones humanas y culturas, así como de mestizaje y reformulación. para producir una nueva síntesis original lo que, a su vez, influyó en tiempos históricos posteriores, en la existencia de las poblaciones y cultura nacionales. Es por ello que Venezuela se formó con una fachada andina, relacionada con las poblaciones formativas originarias del noroeste de Suramérica, una fachada amazónica, vinculada con los pueblos originarios del este de Suramérica, y una fachada caribeña, producto de la dinámica histórica a partir de las poblaciones subandinas y orinoquenses originales.

La etnia-nación en el contexto histórico latinoamericano-caribeño

Más de cuatro siglos han pasado desde el día en que murió asesinado en su aldea de Suruapai, localizada a orillas de la quebrada Paragoto (actual Paracotos, Edo. Miranda), el jefe guerrero caribe Guaicaipuro, de la etnia Tequej, a manos del soldado español Francisco Infante [3]. Durante largo tiempo, la mayoría de los historiadores hispanistas venezolanos, más interesados en promover una imagen civilizadora de los conquistadores españoles como enfrentada a una supuesta barbarie aborigen, magnificó la lucha colonial de los soldados castellanos, reduciendo a su mínima expresión las de resistencia y el sacrificio de decenas de millares de indígenas que dieron sus vidas defendiendo lo que consideraban su heredad, su patrimonio.

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Como expresión simbólica de esa ideología neocolonizada, hasta hace poco, las oligarquías gobernantes en Iberoamé-rica celebraron como fiestas nacionales el 12 de Octubre de 1492. La conciencia social ha cambiado y hoy lo recordamos como el día cuado terminó la vida autónoma de las sociedades aborígenes americanas y comenzó el doloroso exterminio, físico y cultural, de millones de hombres y mujeres de las poblaciones originarias americanas. Dicho en palabras de Pablo Neruda:
«Los carniceros desolaron las islas./ Guanahaní fue la primera/ en esta cadena de martirios./ Los hijos de la arcilla vieron rota su sonrisa, golpeada/ su frágil estatura de venados,/ y aún en la muerte no entendían,/ Fueron amarrados y heridos,/ fueron quemados y abrasados,/ fueron mordidos y enterrados./ Y cuando el tiempo dio su vuelta de vals,/ bailando las palmeras,/ el salón verde estaba vacío...» [4]

El Holocausto de los indígenas americanos a causa de la conquista hispana, sólo puede ser comparado en número y sufrimiento al de los millones de africanos negros desarraigados, asesinados y esclavizados en América. En México, sólo entre 1519 y 1532, de los 25 millones de indígenas originarios desaparecieron ocho millones de personas. En la Isla de Quisqueya o Haití (Haití-Santo Domingo), entre 1492 y 1520, del millón de indígenas originales desaparecieron 986.000 personas, víctimas de la violencia física, de los maltratos, de la viruela y otras enfermedades contagiosas introducidas por los castellanos [5]. Para conseguir una población de reemplazo, muchos españoles se dedicaron a perseguir y capturar indígenas designados como caribes, en el litoral venezolano, los cuales eran luego vendidos como esclavos en la Española y Puerto Rico [6].

Nuestras investigaciones arqueológicas en el antiguo Hospital Real de Caracas, 1600 de la era, cuyas ruinas se hallan emplazadas bajo el actual Teatro Municipal, revelan que para dicha época una de las principales causas de muerte de los indìgenas caraqueños eran también las enfermedades infecciosas introducidas por los europeos [7]. Los ideólogos neocolo-nizados de nuestra burocracia cuarta república hicieron tabla rasa del holocausto indígena, exaltando la conducta genocida de muchos capitanes castellanos. Es así como vemos que mientras la memoria del capitán Diego de Losada, cuyos méritos militares no podríamos desmerecer, es recordada con una condecoración que otorga el Concejo Municipal de Caracas, la memoria de Guaicaipuro, ícono de los indios caribes caraqueños, se preserva en el nombre de un barrio y el de un mercado popular, lo cual nos honra a los caraqueños y, recientemente, de una condecoración, la Orden Guaicaipuro, que otorga la Alcaldía de Los Teques.

En el momento actual, uno de los objetivos centrales de la globalización neoliberal es la degradación del carácter nacional de los Estados del Tercer Mundo y del Sur en particular, en tanto se refuerza el carácter nacional y proteccionista de las metropolis imperiales del Primer Mundo. Una de las maneras más efectivas de lograr dicho fin, es promover entre los intelectuales y en la gente en general de los países sometidos, una actitud de vergüenza étnica y un desconocimiento hacia la historia de las comunidades históricamente formadas que conocemos como Nación y particularmente hacia sus referentes etnosociales y culturales. Esta es la forma de desmantelar las capacidades de resistencia que pudiesen conservar las sociedades de estos Estados nacionales, hasta volver imposible la constitución de fuerzas sociales populares eficaces que puedan defender su soberanía. Simultáneamente, la evolución del capitalismo contemporáneo de avanzada se articula en torno a la consolidación de cinco grandes monopolios: 1) el monopolio de las nuevas tecnologías de punta, 2) el control de los flujos financieros a escala mundial a través de la deuda externa de los países tercermundistas y la apropiación de sus empresas básicas, 3) el control al acceso de los recursos naturales, particularmente los energéticos, los mineros, los vegetales, los humanos, con alta formación técnica-científica y demás, 4) el control de los medios de comunicación y, particularmente. de los medios de comunicación de masas y las telecomunicaciones que sirven para controlar y modificar la mente y la conciencia de los pueblos, y 5) el monopolio de las armas de destrucción masiva, químicas, biológicas o nucleares, con las cuales chantajean a los países más pobres que tratan de independizarse con ellas del dominio de las metrópolis imperiales [8].

El análisis de la situación actual de Venezuela, enfrentada al acoso del capitalismo mundial, nos revela hasta qué punto esas presiones se están ejerciendo también sobre el gobierno del Presidente Chávez para que no se destruya la mentira mediá-tica que ha proclamado urbi et orbi la existencia en nuestro país de una falsa opción mayoritaria de la oposición que -en verdad- sólo representa un 1.6% del total de votantes inscritos. Frente a esta amenaza militar que pesa sobre países como Venezuela, Cuba, Argentina, Brasil y Bolivia, la única salida posible reside en la movilización permanente de todas las fuerzas políticas y sociales, populares y democráticas que operan en cada país, para defender el derecho de los hombres y mujeres a ser gobernados de la manera que beneficie su bienestar social y personal y no el de las cuatrocientas transnacionales que conforman actualmente el gobierno mundial.

La reevaluación crítica de la historia social venezolana es requisito ineludible para propiciar la movilización de nuestras fuerzas políticas populares y democráticas, promoviendo al mismo tiempo una toma de conciencia, un sentido de identidad con lo que hemos sido, somos y seremos como pueblo y nuestras raíces latinoamericanas. Sólo si llegamos a conocer y sentir cabalmente lo que somos como naciones, podremos integrarnos sin complejos y sin traumas dentro de la formación política regional de Mercosur+Cuba, lo que prefigura el carácter de los futuros Estados multinacionales que surgirán en América Latina durante el siglo XXI [9].

Con esto queremos expresar la necesidad de poder comprender y analizar nuestra historia como nación, como una comunidad históricamente constituida, no como líneas de eventos vinculadas exclusivamente a coyunturas puntuales, sino como parte y representación de los procesos históricos regionales y mundiales, única manera de comprender la relevancia de las particularidades de cualquier totalidad histórica.

Historia de los pueblos caribes y formación del capitalismo mundial

Reivindicar y darle un nuevo contenido a la historia indígena venezolana y en particular a la de sus líderes, como es el caso de Guaicaipuro, equivale a analizar la coyuntura social, política y cultural que se origina con la fase inicial del capitalismo, caracterizada por la expansión de lo que es hoy nuestra patria. Dentro de esta perspectiva, el caso concreto de los pueblos caribes entre los siglos XVI y XVIII comienza a reflejarse en el presente como un sujeto de estudio importante para la ciencia social venezolana. Cosificados por el reduccionismo de la historia hispanista como simples salvajes caníbales y guerreros, las investigaciones antropológicas e históricas sobre la sociedad caribe que se han venido haciendo y se están llevando a cabo en la actualidad muestran su complejidad e importancia para comprender la constitución de la comunidad histórica original del norte de Suramérica y El Caribe.

El origen de los pueblos caribes venezolanos

Hacia el segundo siglo de la era cristiana, grupos de agricultores ceramistas hablantes de lenguas caribes, provenientes de la región amazónica brasileña, ingresaron a la cuenca del Orinoco, el oriente, la costa central de Venezuela y el sur del Lago de Maracaibo, llegando controlar esa vasta región para el siglo XIII de la era cristiana. A partir de un centro inicial ubicado entre el Matto Grosso y las cabeceras del Amazonas, nuestros ancestros caribes se habrían expandido hacia el norte penetrando en la cuenca del Orinoco alrededor del siglo III de la era, en la costa atlántica colombiana hacia el siglo VIII, en la cuenca del Lago de Maracaibo hacia el siglo XI, en la costa centro-oriental de Venezuela hacia el siglo XIII, en la cuenca del Lago de Valencia hacia el siglo VIII y en el Valle de Caracas hacia el siglo XIII de la era, desplazando o absorbiendo a los antiguos pueblos arawacos que habitaban nuestro actual territorio desde por lo menos el año 1000 antes de la era cristiana.

Esta ola expansiva culminó, entre los siglos IX y XIV, con la ocupación del extenso territorio de la Guayana y la Amazonia venezolanas, Guyana, Surinam y Cayena, esto es, toda la costa noratlántica de Suramérica, desde Paria hasta las Bocas del Amazonas. De la misma manera, para el siglo XV de la era, los pueblos caribes habían logrado el control territorial de la mayor parte del Caribe Insular.

Las tribus indígenas caraqueñas que se enfrentaron a las diversas expediciones castellanas pertenecían al gran cacicazgo o señorío caribe, cuyo centro o territorio principal se hallaba localizado originalmente en la cuenca del Lago de Valencia. Aquéllas ejercieron, hasta el siglo XVI, un control absoluto de la región costera central de Venezuela, así como de las islas que se encuentran frente a dicho litoral. Este cacicazgo caribe estaba vinculado con otras grandes unidades sociopolíticas, también caribes, que entre los siglos VIII y XII de la era Cristiana llegaron a tener el control territorial de toda la región costera nororiental de Venezuela y la Cuenca del Orinoco, las cuales mantenían vínculos muy cercanos con los poderosos grupos tribales similares que habitaban las Antillas Menores, desde Trinidad hasta Borínquen (Puerto Rico), Haití-Quisqueya (Santo Domingo) y Cuba. Cuando se produjeron las primeras entradas de Ordaz y Berrío en el Orinoco, los caciques caribes de la región les enseñaron a ambos exploradores que hacia el norte también existían grandes poblaciones caribes, indicando con ello el conocimiento que tenían sobre la existencia y la ubicación de las otras etnias similares que habitaban el territorio de la actual Venezuela.

La resistencia de los caribes caraqueños a la ocupación castellana tuvo también su paralelo entre las etnias caribes que habitaban las Grandes Antillas a comienzos del siglo XVI, hecho que nos permite entender más claramente el carácter de la extensa organización sociopolítica global que mantuvo esta sociedad, pueblos caribes antillanos y venezolanos, hasta mediados del siglo XVI. Cuando decimos global, nos estamos refiriendo a un sistema de organización territorial que se fundamentaba en la existencia de vínculos y contactos regulares a larga distancia, lo cual permitía a los pueblos de la macroregión caribeña estar permanentemente informados sobre los eventos que estaban sucediendo en sus diversos territorios desde la entrada de los castellanos en 1492.

La arqueología legitima la existencia de aquella macroregión caribeña desde finales del último milenio a.C., así como los intercambios de manufacturas y, al parecer, de mujeres alfareras vía alianzas matrimoniales, desde el noreste de Venezuela hacia Las Antillas y viceversa. Ello explicaría la solidez del tejido social, la solidaridad de los pueblos caribeños y su fuerte arraigo territorial y, en suma, la existencia de una definida identidad cultural que distinguía a los caribes, particularmente los de la Macroregión Caribe Antillana, de los de Venezuela y las Guayanas.

La lucha de los caribes borincanos (Puerto Rico) contra la ocupación castellana, comandada por sus grandes jefes guerreros Guarionex, Mabodomoca, Cacimar, Yahureibo y Luquillo, se prolongó hasta 1530, produciéndose la toma y destrucción de los principales poblados castellanos de la isla: Sotomayor, Higüey, Caparra, Santiago y un gran número de haciendas. Más de dos décadas les tomó a los castellanos reducir el baluarte de los caribes borincanos. Éstos no solamente se defendieron, sino que a su vez se hicieron fuertes en otras islas de las Pequeñas Antillas como Islas Vírgenes, Dominica y Guadalupe, llegando a lanzar expediciones bélicas hasta la lejana isla de Trinidad, ubicada frente a la península de Paria [10]. Al igual que ocurrió en Caracas y en Guayana, luego de 1530, los caribes borincanos se aliaron con los comerciantes armados o «corsarios», ingleses y franceses, que trataban de minar la hegemonía de intercambios comerciales que había impuesto el imperio español a sus dominios caribeños.

En el caso de las etnias caribes de la región centrocostera venezolana, diversas expediciones fueron organizadas por los españoles entre 1555 y 1567 para tratar, sin éxito, de conquistar el valle de Caracas y su región litoral, las cuales consumieron gran cantidad de recursos humanos y fiscales. La feroz resistencia de las tribus caribes, comandadas por sus jefes guerreros Guaicaipuro, Paramaconi y Terepaima quienes controlaban el valle de Caracas y las montañas que lo rodean, imposibilitó la implantación de un asentamiento castellano estable hasta 1568. Aquellas expediciones tuvieron para los españoles, sin embargo, un producto muy valioso: la posibilidad de conocer y evaluar de manera más cabal la topografía y los recursos naturales de la región, las características culturales de las tribus indígenas que habitaban el valle, su estrategia militar y su potencial de combate [11].

Las expediciones de Fajardo, iniciadas en 1555, lograron -al menos temporalmente- fundar una base para la conquista del valle, al que llamó Fajardo de San Francisco y, otra. para controlar el litoral al que denominó El Collado, homenaje, quizás, al gobernador provincial de turno. Poco duraron aquellos asentamientos porque, en 1560, los ejércitos caribes, bajo el mando de Guaicaipuro, Paramaconi, Terepaima y otros importantes jefes guerreros caraqueños, finalmente quemaron sus bohíos, se apoderaron del ganado, derrotaron y expulsaron a los invasores castellanos de sus territorios, obligándolos a buscar refugio en la isla de Margarita [11].

El armamento de los guerreros caribes

El armamento de los guerreros caribes consistía principalmente de arcos, flechas, guaykas, macanas y hachas de piedra. La imagen transmitida por la historia tradicional ha mostrado a dichas armas como instrumentos atrasados e ineficientes, pero en realidad eran tácticamente superiores a los de los europeos. Los indígenas utilizaban potentes arcos manufacturados con maderas duras y flexibles como la «macanilla» (Bactris Gasipaes H.B.K); la longitud era de aproximadamente dos metros. Las puntas de flecha empleadas en la guerra eran generalmente de madera de macanilla o de hueso, incluyendo algunas armadas con aguijones de raya (Rajidae sp. [11]), que producían heridas muy dolorosas. El ástil de las flechas, hecho con cañas de fino grosor, podía llegar a tener un largo de 1.80 m. desde la punta del proyectil hasta el empenaje. Este último, manufacturado con plumas de pájaros, era el dispositivo que durante el vuelo estabilizaba y hacía girar el misil sobre su eje, aumentando su velocidad y alcance, su precisión y la capacidad de penetración. Seguían, pues, el mismo principio balístico que posteriormente se aplicaría en la fabricación de los rifles: un fusil de cañón estriado internamente que le imprimía rotación al proyectil, aumentando su velocidad, alcance y penetración. Las armas de fuego de ánima lisa, como los arcabuces de los europeos, por el contrario, funcionaban como las actuales escopetas: tenían capacidad para diseminar los proyectiles en un amplio espacio, pero poco alcance.

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Los arcos y flechas fueron las armas más populares en la infantería europea hasta la invención de los fusiles de chispa. El long bow, el arco largo, arma temible y mortífera, permitió que en 1346 los 10.000 arqueros escoceses del ejército de Eduardo III de Inglaterra, devastaran a los arcabuceros y a la caballería de Felipe VI de Francia en la Batalla de Crecy, en los inicios de la Guerra de los Cien Años. El uso táctico de arcos y flechas en una batalla como la de Crecy, se apoyaba en la presencia de arqueros organizados en batallones que cubrían los flancos de la caballería y la infantería, capaces de arrojar millares de flechas por minuto sobre el enemigo. En el caso de nuestros indígenas caribes, los arqueros no parecen haber formado un frente definido para concentrar su poder de fuego y apoyar a los que guerreaban armados de macanas o hachas, lo cual limitaba su efectividad en combates contra una fuerza militar organizada como la de Losada [11].

Las macanas eran especies de espadas de madera muy dura, hechas con la palma macanilla, las cuales eran utilizadas simultáneamente como arma de guerra o como instrumento agrícola para desbrozar las malezas y preparar los campos de cultivo.

Las hachas de piedra eran empleadas tanto para cortar árboles y desforestar la vegetación primaria de los conucos, como armas para el combate. Las guaykas eran jabalinas o lanzas de madera dura, cuyo extremo punzante había sido endurecido exponiéndolo al fuego. Las guaykas se utilizaban tanto en el combate cuerpo a cuerpo, como a distancia, para lo cual se arrojaban a brazo, tal como las jabalinas olímpicas que llegan a tener un alcance promedio de 50 a 60 m.

La debilidad de los aborígenes no residía, pues, en su armamento, sino en su propia concepción de la guerra. Entre cada batalla, se ganase o se perdiese, había períodos de calma durante los cuales cada quien regresaba a sus pueblos a vivir en paz hasta el próximo encuentro. Como ejemplo de lo anterior, podemos citar a Nectario María cuando dice:
«Paramaconi, cacique de los Toromaima declaró una guerra a muerte a quienes se habían implantado en el valle (...). En acechos y ataques sorpresivos había matado a varios españoles; pero dirigía, sobre todo, sus golpes contra los indios sometidos (...) curado de sus heridas, Paramaconi entró una mañana en la ciudad de Caracas y ofreció paz...» [3].

De la misma manera, Guaicaipuro, después de fundada la villa-campamento de Caracas, organizó un asalto contra dicho pueblo, el cual fracasó. Después se retiró a su aldea, donde lo sorprendieron los soldados de Francisco Infante y le dieron muerte [3].

Para los indígenas de la sociedad caribe caraqueña, la guerra era parte de la convivencia con otros grupos humanos, del ritual, de la vida cotidiana pública. Por el contrario, en las sociedades estatales, incluyendo en ellas los Estados preindustriales americanos Azteca e Inka, la guerra significaba la conquista de territorios, explotación de la fuerza de trabajo sometida, apropiación de recursos naturales e imposición de un sistema de dominación política, social y cultural sobre los grupos humanos conquistados.

Los castellanos, provenientes de una sociedad estatal organizada para la guerra y la conquista, utilizaron también el concepto de la guerra de exterminio, esto es, campañas destinadas a la conquista de territorios y a la aniquilación de los enemigos como grupos organizados. La guerra de conquista llevada a término por los castellanos contra los reinos árabes de la península española fue una guerra que duró siglos, en la cual los castellanos se aliaron con los árabes en diferentes oportunidades contra algún enemigo común coyuntural, pero sin dejar de llevar a cabo la ofensiva que culminó con la rendición de las taifas, particularmente la de Granada en 1492, y la supremacía política del reino de Castilla y Aragón en la península Ibérica. La guerra de conquista no finalizó con la caída de Granada, sino que continuó hasta la total obliteración del paisaje cultural que había sido producido durante los siglos de ocupación árabe.

Los castellanos que vinieron a Venezuela aprendieron las tácticas militares y políticas que integraban el concepto de la guerra surgido de aquella larga contienda y las pusieron en práctica con éxito frente a la formación militar de los caribes caraqueños, numerosos, bien armados y valientes, pero carentes de una concepción global de la guerra como estrategia política.

Las comunidades caribes del Bajo Orinoco

En el Bajo Orinoco, la resistencia de los pueblos caribes contra los conquistadores españoles se prolongó hasta mediados del siglo XVIII. Facilitaron esta larga resistencia diversos factores: 1 la existencia de poblaciones caribes muy numerosas y organizadas y el reducido número de soldados y frailes comprometidos en la conquista y reducción de las etnias indígenas. 2 la distancia que mediaba entre los enclaves españoles y sus bases logísticas y, 3 el apoyo material que brindaron los holandeses e ingleses al esfuerzo de guerra de los caribes.

Como resultado de la guerra, la organización jerárquica de las comunidades caribes se intensificó a partir de 1530, como forma de resistencia a la intervención conquistadora y colonizadora de los españoles. Para lograr dichos fines, algunos jefes caribes firmaron tratados con los holandeses en 1672 donde éstos prometían a los indios amistad, protección contra la esclavitud y paga por los servicios prestados. Los indios, a su vez, servían como canoeros y pilotos, proporcionaban insumos alimenticios y enseres, y mantenían expedita la ruta comercial y los puestos de comercio de la Compañía de las Indias Occidentales. Como consecuencia de esta relación, se estimuló la introducción de bienes de consumo suntuario en aquellas poblaciones caribes por parte de los holandeses, particularmente armas de fuego, pólvora, balas, espadas, hachas, cuchillos, tijeras, navajas de afeitar, espejos, telas, botellas de ron, platos de mayólica holandesa, inglesa o francesa, porcelana china y demás, cuya posesión debe haberse convertido en objeto de prestigio para los guerreros y miembros en general de dichas comunidades.

Sin embargo, el volumen de los aportes materiales holandeses e ingleses a los caribes del Orinoco no parece haber sido tan significativo y cuantioso como lo han establecido los autores que han escrito sobre el tema [12].

Al igual que en la costa centro-oriental de Venezuela, los caribes del Orinoco mantuvieron desde el siglo 1630 hasta 1740, una larga guerra de resistencia contra la dominación española para defender y preservar su dominio territorial sobre el Bajo Orinoco, comandados, entre otros, por los jefes guerreros Quirawera, Taricura y Yaguaría. En una primera fase, se aliaron con los expedicionarios ingleses enviados por la reina Isabel I para conquistar las bocas del Orinoco [12] y, luego, con los holandeses y franceses también enemigos de los españoles que buscaban desestabilizar el enemigo común: la presencia del imperio español en sus dominios caribeños.

La ayuda que brindaban los holandeses a las etnias caribes orinoquenses en el siglo XVIII, proporcionándoles armas de fuego y apoyo logístico, tenía también como contraparte la obtención de esclavos indios que los caribes capturaban en sus razzias, los cuales eran enviados a trabajar en las plantaciones de azúcar de Suriname.

La llamada Gran Rebelión Caribe de la región Aro-Caura-Cuchivero, comandada por el jefe caribe Yaguaría, ocurrida en 1730 [13], representó el último esfuerzo de dicha etnia para conservar con el apoyo de los holandeses y franceses la hegemonía política que habían podido consolidar en el Orinoco entre los siglos 9 y 14 de la era.

La información derivada del estudio de los sitios arqueológicos caribes de los siglos XVI, XVIII y XVIII en el Bajo Orinoco indica que la hegemonía política de los caribes no era exclusivamente el producto del sojuzgamiento de los otros pueblos indígenas de la región. Una de las causas principales de su predominio en dicha zona parece haber sido lo numeroso de su población. Según los resultados de nuestras investigaciones, los poblados caribes más grandes del Bajo Caroní llegaron a tener una extensión de varias hectáreas. En Cachamay, la población estaba organizada en diversos conjuntos de viviendas, cada uno compuesto por tres a cuatro grandes bohíos colectivos. Un cálculo aproximado nos permitiría suponer para cada conjunto, una población de 90 a 120 personas y una estimación aproximada de 600 a 700 habitantes por pueblo. ParaelsigloXVI, la poblacióncaribe, sólo para el Bajo Caroní, podríaserestimada aproximadamente entre 4000 y5000 personas [14].

Entre 1000 y 1600 años de la era, hallamos una cadena contínua de asentamientos caribes sobre la margen izquierda del Bajo Orinoco. No todos ellos tenían, sin embargo, las mismas dimensiones de los poblados del Bajo Caroní, fluctuando entre aldeas integradas por sólo una casa comunal y, en ocasiones, hasta cuatro o cinco viviendas de características similares. El poblado más extenso del Bajo Orinoco era el de Barrancas o Huyaparí, integrado a su vez por numerosas aldeas relacionadas entre sí, donde convivían poblaciones caribes y arawacas. Las observaciones de los cronistas del siglo XVI indican un estimado 400 viviendas para el mismo, es decir, unos 12.000 a 15.000 habitantes en total.

Las poblaciones caribes no eran solamente más numerosas, sino que parecen haber sido también buenos negociantes que se desplazaban en sus grandes curiaras a lo largo del Orinoco e incluso hasta Paria y las actuales Guyana, Demerara y Cayena, transportando y distribuyendo mercancías de distinto género. Unaactividad tal necesitaba tener poblaciones amigas a lo largo de sus rutas de intercambio, cosa que lograban manteniendo nexos de parentesco con todas las otras comunidades y etnias, caribes o arawacas, de los territorios bajo su control.

La guerra de conquista llevada a cabo por los españoles en la región centro oriental de nuestro país, poblada principalmente por pueblos de la etnia-nación caribe, duró dos siglos y medio, hasta que en el siglo XVIII, una parte importante de la misma aceptó acogerse al sistema misional. Las misiones Capuchinas Catalanas de Guayana se fortalecieron fundamentalmente con el aporte humano y cultural caribe, creando un proyecto político y económico que combinaba las ideas del Padre Las Casas con la modernidad capitalista del siglo XVIII: agricultura y ganadería intensivas, transformación artesanal de las materias primas, minería del oro y del hierro, grandes hornos para producción de alfarería refractaria, talleres de metalurgia para la producción de herramientas, alfarería industrial y un importante comercio de exportación hacia Las Antillas y Europa. Los frailes capuchinos actuaron como gerentes, pero fueron los caribes los que formaron la masa crítica de supervisores y trabajadores que dieron sustento al proyecto. Fue gracias al enorme producto que dejaron las misiones en sus diversos almacenes, a los grandes rebaños de ganado vacuno y mular, a la mano de obra preparada y calificada, como La República pudo establecerse en Guayana y luchar hasta la consagración de la Independencia en 1821 [12].

En el caso concreto de Caracas, los descendientes de la población caribe original y los mestizos, mulatos y zambos, constituyeron el fundamento del Bravo Pueblo que propulsó el nacimiento del Estado nacional en 1810. Aún después de vencidos militarmente, los indígenas, y en particular los pueblos caribes, constituyeron el componente cultural y demográfico más importante de nuestra nación, sin el cual los venezolanos no seríamos tal cual somos. De igual manera, su presencia constituye un componente importante del poblamiento original de Guyana, Suriname, Cayena y el norte de Brasil. Hoy día celebramos que sus avatares, sus exponentes principales simbolizados en el jefe guerrero Guaicaipuro, han sido finalmente reivindicados y legitimados por la historia, y sobre todo por el Estado que representa jurídicamente a la nación, como integrantes del panteón de fundadores de la patria venezolana.

[1] Héctor Díaz Polanco.1987. Etnia, Nación y Política.

[2] Iraida Vargas-Arenas. 2002. «¿De quién es la Cultura?». Question No. 4

[3] Hno. Nectario María. 1987. Los Indios Teques y el Cacique Guaicaipuro.

[4] Pablo Neruda. Canto General III: Los Conquistadores.

[5] Richard Konetzke. 1991. América Latina II. La Epoca Colonial.

[6] Mario Sanoja e Iraida Vargas. 1992. Antiguas Formaciones y Modos de Producción Venezolanos. 3. Ed.

[7] Iraida Vargas-Arenas et al. 1998. Arqueología de Caracas. San Pablo. Teatro Municipal.

[8] Samir Amin. 1997-1998. «Capitalismo, Imperialismo, mundializacón». Marx Ahora Nos. 4-5.

[9] Iraida Vargas-Arenas. «2003 Integración y Nuevos Estados». Question No. 14.

[10] Jalil Sued Badillo.1978. Los Caribes: Realidad o Fábula.

[11] Mario Sanoja-Iraida Vargas-Arenas. 2002. El Agua y El Poder, Caracas y la Formación del Estado Colonial Caraqueño: 1567-1700.

[12] Mario Sanoja-Iraida Vargas-Arenas. 2004. Las Edades de Guayana: Arqueología de una Quimera.

[13] D. Barandiarán. 1992. El Orinoco Amazónico y las Misiones Jesuíticas.

[14] MarioSanoja-Iraida Vargas-Arenas. 1999. Orígenes de Venezuela.

Mario Sanoja Obediente

Doctor en antropología, profesor titular UCV, investigador nacional nivel IV Conacit, individuo de número de la Academia Nacional de la Historia.

 
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Doctora en historia y geografía, Universidad Complutense de Madrid, profesora titular UCV, investigadora nacional nivel IV Conacit.

 
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