James Oscco Anamaría
Foto Letralia
Un puente llamado Pachachaca. Un poeta.
James Oscco, 35 años, catedrático de la Universidad de Apurímac, compañero.
Allá abajo, el cuerpo del poeta, envuelto en una bolsa. Allá arriba, testigo del accionar de los chacales, el puente.
Otra página infeliz sobre el Perú. Oscco, asesinado por alguno de los escuadrones de la muerte de aquello que llaman “fuerzas especiales” en el país de Toledo. Y el silencio de ese presidente cobarde, como tantos.
Otra página infeliz en la prensa argentina. Ni una palabra sobre Perú. Las secciones internacionales están ocupadas con la realeza inglesa, las depresiones en el principado de Mónaco y los dolores de cabeza del sucesor de la corona española.
Es gracias a ese silencio que los servicios asesinos pueden hacer, en Perú y en tantas partes de Latinoamérica, lo que hacen.
Aquí, en los primeros años de la democracia recuperada y alfonsinista, se llamaban “mano de obra desocupada”. Pues bien, en Perú está intensamente ocupada. Son los sucesores del Grupo Colina [1], tan bestias como las “patotas” del Río de la Plata, y que todavía operan gracias a que permanecen intactas dentro de los aparatos militares y policiales peruanos.
A Oscco no lo conocimos. De él nos cuentan sobre su juventud, su carácter amable, el buen recuerdo de sus alumnos y colegas en la Universidad. Se había puesto al frente de inquietos grupos de poesía y teatro, todos de contenido popular y clasista. Militante socialista, estudioso de las ideas de José Carlos Mariátegui (cuánta falta nos hace a los argentinos leer “Siete Ensayos de la Realidad Peruana”, su obra cumbre).
¿Alguien sabe por qué lo eligieron a él? Escuchen la hipótesis: En busca de información de presuntos “subversivos” ¿Nos suena no?
Le arrancaron las uñas. Le sacaron un ojo de la cara y finalmente le pasaron corriente eléctrica y lograron pararle el corazón. James murió con los ojos abiertos. La tortura habría sido en un local policial. ¿Nos suena, no?
Las autoridades de la provincia de Abancay, en Perú, le explican a la poca prensa sus caminos de investigación: que fue un “suicidio”, “un asunto de faldas”. ¿Nos suena, no?
A Oscco lo hostigaba desde hace un tiempo la Dincote, la Dirección Nacional contra el Terrorismo que tiene la policía peruana. Los represores de allá no sólo se pasean como muchos de los de aquí; gozan de todos los beneficios de la impunidad. Aún el de escribir en sus páginas web cosas como estas: La Policía Nacional desarticuló hasta casi su total extinción a las organizaciones terroristas, quedando únicamente algunos rezagos, cuyo exterminio sin duda será en plazos perentorios.
A la Dincote no le agradaba ni la capacidad organizativa de James ni su gran influencia sobre la juventud. Sus ideas se desparramaban por el pueblo (luchar contra la privatización del agua potable, apoyar las luchas de los docentes, de los estudiantes).
Para el escritor peruano Armando Arteaga éste abominable crimen tiene relación con un millonario proyecto llamado Las Bambas, en Abancay, camino al Cusco. Una empresa suiza (Xstrata), dispuesta a extraer cobre, habla de invertir 42 millones de dólares. La catástrofe ambiental que causará no importa a los gobernantes, tal como viene ocurriendo con Majaz en el norte y Tambogrande. Pero sí a los campesinos y las poblaciones que ya realizaron movilizaciones en defensa de su medio ambiente y en oposición a estas grandes empresas mineras.
James era una voz muy crítica a estos intereses, ahora que en Abancay se vive una situación de mucha corrupción debido al dinero que va a entrar con el proyecto de Las Bambas. Este caso es muy parecido al de Godofredo García [2] en Tambogrande, asesinado por oponerse a intereses mineros, al igual que a él le han tapado la boca, dice Armando Arteaga.
El grito de los escritores y periodistas peruanos es nuestro: ¡Pedimos al gobierno de Toledo investigar este crimen macabro. Responsabilizamos a las Fuerzas Armadas y policiales por su muerte!.
Y no olvidamos, James, no olvidamos.