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Desde las Huellas
“La hoguera bárbara”
por Alfonso Murriagui




11 de febrero de 2008

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Quito (Ecuador)

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Este año, el l2 de octubre, se cumplirán cien años del nacimiento de Alfredo Pareja Diezcanseco. Esta fecha deberá recordarse con mucho afecto y respeto, por tratarse de uno de los más grandes novelistas e historiadores que ha tenido el Ecuador. Por coincidencia en estos días, 28 de Enero, se cumplieron 96 años de uno de los episodios más lúgubres de la historian ecuatoriana, pues en ese día, en l9l2, los intereses del curuchupismo dominante y de la iglesia fanatizada y dogmática, consumaron un crimen execrable: el asesinato de Eloy Alfaro y sus generales.

Sobre este negro capítulo de nuestra historia, Alfredo Pareja escribió un extenso y perfectamente documentado relato denominado “La Hoguera Bárbara” en el que se pone al descubierto la verdad sobre ese brutal magnicidio. Creo que es justo y necesario que el pueblo, que no tiene acceso a la cultura y que por ello ignora los hechos históricos trascendentales, se le haga conocer estas verdades. Por ello vamos a transcribir los momentos culminantes de la inmolación de Alfaro y sus Generales, crimen en el que estuvo involucrado directamente el general Leonidas Plaza Gutiérrez, con la complicidad de “notables” como el Arzobispo Gonzáles Suárez, el que, como Jefe de la Iglesia Ecuatoriana, con su sola presencia, pudo haber evitado la masacre. .

El coronel Carlos Andrade, que acompañó a Eloy Alfaro en su viaje final desde Guayaquil, narra así la llegada a Quito: “Al amanecer, después de una noche horriblemente fría, llegamos a Tambillo. El Gobierno ordenaba el avance a Quito…La tropa del ‘Marañón’ nos inspiraba serios temores, y era imposible demorar en Tambillo, ni retroceder, razón por la cual el coronel Sierra recibió autorización para continuar… Ya en el tren, el general don Eloy llamó al citado coronel y a mí y nos dijo textualmente: “A mí me gusta preverlo todo: entiendo que en la estación de Chimbacalle (Quito) nos espera una poblada, y yo quisiera que ustedes enviaran adelante una comisión para que se entienda con la multitud, manifestando que me resigno a ir al panóptico, a esperar el resultado de un juicio, o lo que sea. Si acaso no convienen, que me permitan hablarles, y les convenceré de que estoy resuelto a irme al panóptico, y en último caso les diré que me perdonen. No quiero que me vengan a agarrar de las orejas o de la barba, ni ser ultrajado de cualquier otro modo”.

“El coronel Sierra y yo le dijimos que no tuviera cuidado, que ya estaban tomadas las medidas… Se resignó el General y no volvió a decirnos una palabra. Por lo demás, su actitud durante el viaje fue de completa serenidad y de una resignación imponderable. Ni un reclamo, ni una queja… Ya cerca del lugar en que debía parar el tren para que los prisioneros fueran trasladados a un automóvil, según lo convenido, el general don Eloy recomendó al mayor Alberto Albán, quien iba al frente de su asiento, el cuidado de dos maletitas de ropa interior, para que las mandara después al panóptico…Entonces los generales bajaron del tren y subieron al automóvil, con absoluta serenidad. Yo pedí un caballo para acompañarlos; y como no hubiera, el coronel Sierra me indicó que fuese en el automóvil. No hago comentarios sobre tal indicación, que quizá pudo ser inspirada por buenos fines, pero ya mi compañía, en esas condiciones, de ninguna utilidad podría ser para los prisioneros; y les vi partir sin imaginarme que me despedía de ellos para siempre…”

Alfredo Pareja sigue la narración de este modo: “Empezó la procesión. Piedras curvando el aire lleno de insultos. Una tocó la mejilla de Páez. Disparos de fusil. Don Eloy advirtió la palidez de sus camaradas. Medardo, medio paralítico, tenía un temblor extraño. -¿Tiene miedo a la muerte?- preguntó despacito Don Eloy- Ningún Alfaro ha temido nunca al peligro. Sigamos al sacrificio. Frente a frente, la fortaleza de piedra. Descendieron del automóvil. Don Eloy, arrastrando los pies, dificultado en su marcha por los anchos escalones, tropezó y cayó. Le dieron el brazo y siguió trepando.-

Se cerraron luego las puertas del panóptico. El coronel Sierra se dirigió a la multitud: “-Yo ya cumplí con mi deber. Y aquel soldado oscuro se marchó” “Cómo obró el notable historiador y prelado, Federico González Suárez, arzobispo de Quito? Simplemente, por no desoír las solicitudes de doña Colombia y del General Plaza (una del general Andrade nunca llegó a su destino), hizo circular ese pavoroso 28 de enero una candorosa y pequeña hoja suelta con el título de SUPLICA: “Ruego y suplico encarecidamente a todos los moradores de esta católica ciudad, que se abstengan de hacer con los presos demostración alguna hostil: condúzcanse para con ellos con sentimiento de caridad cristiana. Lo ruego, lo suplico, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo”. Bien poco era, por cierto, para quien mucho hubiera podido en población tan religiosa como era entonces la de la ciudad capital. ¿Temió el ilustre prelado a la multitud y a las maniobras del gobierno? He aquí la respuesta al general Leonidas Plaza: “Ayer a las siete de la mañana, recibí su telegrama. Estaba escribiendo la constatación cuando aconteció la acometida del pueblo al panóptico: así que los presos entraron al panóptico creí que se había salvado la vida de ellos. No es posible que usted pueda siquiera imaginar la escena de ayer; lo menos cinco mil personas, a quienes nadie podía contener. La fuerza militar fue arrollada”.-

“En salvo. Era increíble. Don Eloy se estaba llenado de paz interior. ¿Qué le importaba ya el poder? Vivir, si, un poco más, para ver a los hijos y dar consuelo a doña Anita. Cuanto silencio en la piedra. El frío le entró a los huesos. Apoyado contra el muro, se frotó las manos, dio vuelta a la cabeza y luego llamó: quería un cajoncito para sentarse”.

“De repente, como un estallido, gritos y carreras surcaron por los corredores. Las escaleras de hierro sonaron enmohecidas. Tiros de fusil se ahogaron entre las paredes grises. Don Eloy no lo quiso creer. Corrían, se empujaban, ola en furia, reventazón en los acantilados… ¡No! No lo creía. Se acercaban. ¿A qué? No distinguía palabras; eran nudos de garganta desatados los que trepaban a su celda. Y así estaba, recogido, los nervios finos por saber, cuando su puerta se abrió de un golpe. El se incorporó tieso y veraz:

 ¡Silencio! ¿Qué quieren de mí? -

Un tiro en la cabeza le hizo caer suavemente, como un desvanecer de piel y huesos. Sus brazos delgados se posaron en el pequeño cajón de madera y allí, sin una seña, reposó. Era la primera y última herida que recibía el Viejo Luchador en más de cuatro decenas de constantes batallas”.

 Alfonso Murriagui
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