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Elizabeth López, testigo ocular

| Lima (Perú)
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Alguien escribió que los personajes que esta talentosa pintora refleja en sus pinturas -en muchos de los cuales ella es su propio modelo- parecen seres a los cuales les gusta ser vistos, pero no les interesa devolver, ni menos aún confrontar, la mirada de quién los observa. En parte esa aseveración puede ser cierta, pues a los personajes de Elizabeth parecen no atraparle la aprobación, ni la contemplación por parte de quien observa. La indiferencia de sus personajes radica más en que no les gusta ser vistos como seres o imágenes bellas pues no pretenden ser objetos estéticos.

Hace unos días pasamos una larga tarde con la artista, dialogando sobre diversos matices de su obra y me ha sorprendido como pocas veces, la gran conciencia que ella tiene del oficio de pintar. Sorprenden también sus variados intereses sobre otras artes, sobre su interés de releer varios textos literarios, algunos de la literatura rusa y también sus eclécticos gustos musicales.

Hemos hablado de lo que ella ya ha logrado en su corta vida, muy bien reflejados en las cuatro exposiciones individuales ya hechas en Lima y la participación en innumerables de ellas en el extranjero. Los títulos de sus muestras, “Tranquila inquietud”, “Alegre melancolía” y “Silenciosa pasión”, al igual también que el nombre específico que les da a sus cuadros, parecen encerrar una contradicción conceptual, pero cuando ella nos explica el porqué de tal o tal título, descubrimos la secreta conexión, el invisible vínculo que une a cosas y temas aparentemente contradictorios. “No soy adicta a lo metafísico, pero creo que hay un orden en la realidad como en el cosmos y lo mismo es cierto en la forma como se escenifica la vida cotidiana, las relaciones afectivas y la misma forma como funciona nuestra subjetividad, en las formas que toma y también en las modificaciones de cómo evoluciona en el tiempo” nos dice y nos lo dice después de haber encontrado las palabras precisas para afirmar algo.

Le digo que su forma de ser y expresarse parece ser muy diferente de lo que uno podría imaginarse de una artista cuya obra transpira erotismo y a veces una cierta tensión. “Mis cuadros reflejan mis intenciones artísticas, pero no retratan mi personalidad necesariamente. En el fondo quisiera ser más tímida en mi expresión artística, pero sentiría que me estoy traicionando.”

Hablamos sobre el desnudo que prolifera en su obra. “El desnudo como tema artístico, no es algo que me obsesione -me dice- y quizás fue algo importante para mí como temática. Ahora que estudio arquitectura, mis intereses temáticos están variando. En una profesión como la arquitectura, la apreciación de los volúmenes o las formas es diferente. Después de “Continuum” que fue mi última exposición, vendrán cosas diferentes.”

¿Qué hay de tu vida actual en tu obra?, le pregunto. “La respuesta a eso la verás en mi obra futura. En nuestros inicios, los artistas muchas veces caemos en lo confesional, caemos en la ingenuidad que la sinceridad expresiva es por sí misma un valor estético. Algunos artistas parecen periodistas o fotógrafos de sus propios traumas o experiencias placenteras y se pasan la vida buscando la mejor técnica para exteriorizarlos. Lo importante de las vivencias es procesarlas y extraer lo aprendido, guardar lo esencial de las vivencias, no la loción sino el perfume. De las vivencias, positivas o negativas hay que guardar lo esencial, adherirlas como cicatrices invisibles dentro de la totalidad de nuestra personalidad. El error es que contaminen de una forma permanente el producto artístico.”

Gran parte de la obra de Elizabeth, más que una plasmación de la belleza, es una reflexión sobre el placer. Pareciese algo contradictorio, pero cuanto más experimentas placer en algo, menos interesado se está en la aprobación de los demás. El sufrimiento quizás se pueda compartir en forma democrática y la prueba es el dolor que varios hijos puedan sufrir por el deceso de los padres y más aún el de los padres por la muerte de algún hijo. El placer más bien, nos puede divorciar del grupo, pues cada uno lo vivimos con una subjetividad diferente. Lo que compartimos es la alegría, no el placer.

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La artista Elizabeth López

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