Querido Alexander Grigorievich, ¡queridos amigos!

El 27 de enero es una de las fechas más importantes de nuestra historia nacional común. Aquel día, en 1944, las tropas del Ejército Rojo rompieron totalmente el cerco de Leningrado y, un año después, en 1945, liberaron Auschwitz. Esos dos acontecimientos no están unidos únicamente por una misma época histórica. La tragedia y el martirio de los habitantes de Leningrado y el de los prisioneros de los campos de exterminio quedarán para siempre como pruebas de la naturaleza monstruosa del nazismo, del sufrimiento impensable de millones de ciudadanos inocentes y pacíficos.

En 8 décadas, no se ha extinguido nuestro dolor por aquellas víctimas, por los destinos rotos, por todos los que pasaron por pruebas increíbles. Nuestra compasión se transmite de generación en generación, sin fecha de prescripción, como tampoco prescriben los crímenes de los fanáticos de Hitler y de sus cómplices, de quienes planificaron fríamente y cometieron brutalmente el genocidio contra el pueblo soviético. Aquellos crímenes no fueron cometidos en los campos de batalla. Las masacres contra ancianos, mujeres y niños y contra personas desarmadas que no podían valerse por sí mismas, que ni siquiera podían defenderse fueron actos punitivos deliberados y sistemáticos.

De la cantidad total de bajas que sufrió la Unión Soviética durante la Gran Guerra Patria, más de la mitad eran civiles. Y eso es una prueba convincente de que los nazis y sus satélites no estaban en guerra contra un régimen político o contra una ideología. No. Su objetivo eran los recursos naturales más codiciados, los territorios de nuestro país y la destrucción física de la mayoría de sus ciudadanos.

Para los demás, habían previsto el papel de esclavos privados de su cultura, de sus tradiciones y de su lengua materna. Esos objetivos inmorales están reflejados en numerosos documentos nazis y se resumieron en ejecuciones masivas y en asesinatos terribles y espantosos perpetrados contra la población civil. Khatyn y Briansk Khatsun, Krasnoe, Babi Yar, Zmiyevskaya Balka y Tin Hill son sólo una pequeña parte de los lugares donde se perpetraron masacres. La muerte se convirtió en un instrumento en los campos de concentración, en los guetos, en las cárceles, en Alemania, en los territorios ocupados de Austria, Holanda, Checoslovaquia, Polonia y de la Unión Soviética. También hubo un campo de la muerte aquí, en Gatchina, y no lejos de aquí, había un campo de concentración para niños, para bebés, cuya sangre los nazis extraían literalmente para sus propios soldados.

Y, por supuesto, el asedio de Leningrado no tuvo precedente en términos de crueldad y de cinismo. La solución de los nazis era exterminar una ciudad entera. Más de un millón de habitantes de Leningrado, o sea, insisto, civiles, fueron víctimas del hambre, del frío, del fuego de artillería y de bombardeos incesantes.

Estos datos son fruto de las investigaciones de historiadores y de científicos reconocidos, de los documentos recogidos y avalados por los tribunales. También se realizará ese trabajo sobre todos los demás crímenes cometidos por los nazis durante la guerra contra la población civil de nuestro país. A todos los pacíficos ciudadanos de la Unión Soviética cuyas vidas se llevó el Moloch que fue el genocidio nazi, a todos ellos está dedicado el Memorial que hoy inauguramos. Está destinado a convertirse en uno de los símbolos de nuestra memoria, de nuestro deber moral y sagrado de investigar todos los crímenes y de identificar a los responsables.

Eso es importante para nosotros hoy. Es importante para el futuro. Vemos como los resultados de los juicios de Nuremberg, en los que el nazismo fue objeto de una evaluación jurídica sin ambigüedad, son vistos en el mundo de hoy. En ciertos países, no sólo reescriben la Historia y justifican a los verdugos: los revanchistas y los neonazis han adoptado la ideología y los métodos de los nazis.

En los Estados bálticos, decenas de miles de personas son declaradas «subhumanas» y son privadas de sus derechos más elementales, son sometidas a acoso. El régimen de Kiev glorifica a los colaboradores de Hitler, a los SS, y recurre al terror contra aquellas personas que considera indeseables. Los bárbaros ataques contra ciudades y aldeas pacíficas, continúan los asesinatos de ancianos, de mujeres y niños. En cierto número de países europeos, la rusofobia se promueve como una política de Estado.

Haremos todo para detener y erradicar finalmente el nazismo. Los partidarios de los verdugos nazis, sin importar cómo se denominen hoy, están condenados. Y nada puede detener la voluntad de millones de personas, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero, de alcanzar una libertad, una justicia, una paz y una seguridad verdaderas.

¡Un recuerdo luminoso para todos, para todos los que murieron! ¡Gloria al soldado soviético que aplastó el nazismo!

Gracias.