Red Voltaire
El modelo vietnamita aplicado en Irak

Operación Fénix

La destrucción de la ciudad de Faluya por las fuerzas la coalición marca el punto a partir del cual toda victoria militar de la campaña de contrainsurgencia se convierte de hecho en una derrota política. El Pentágono reproduce, al más alto costo en vidas, los errores que ya había cometido en Vietnam. La puesta en marcha de la altamente secreta operación Fénix contra el Vietcong sirve hoy de modelo al Estado Mayor estadounidense ante la resistencia coordinada por el partido Baas. A pesar de esta operación tardía, que se desarrolló durante cinco años, Estados Unidos no pudo mantenerse en el sudeste asiático. De la misma manera, la represión actual en Irak, aunque se aplique durante varios años, no logrará permitir a la coalición una ocupación prolongada.

| Paris (Francia)
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Violentos debates precedieron la invasión de Irak por la coalición anglosajona. Un grupo de expertos militares predecía una situación similar a la Vietnam. La rapidez de la victoria sobre el ejército regular iraquí y la ausencia de resistencia civil, con la excepción de algunas ciudades, parecieron desmentirlos. Nada más lejos de la verdad.

Los comentaristas fueron victimas de sus propias mentiras: a fuerza de hablar de la amenaza militar iraquí se habían persuadido a sí mismos de la existencia de un verdadero ejército iraquí cuando este en realidad estaba prácticamente desarmado desde 1991. Esta confusión había sido alimentada por las fotos que mostraban a los dirigentes políticos vistiendo un uniforme verde olivo que no tenía en realidad nada que ver con el ejército sino con el partido Baas. La resistencia civil contre los ocupantes no comenzó sino después que se disipó el efecto «choque y sorpresa» de los bombardeos intensivos contra las ciudades. Y es ahora cuando la situación iraquí se vuelve comparable con la de Vietnam.

No es difícil comprobar el fracaso de Estados Unidos en la «pacificación» de Irak, o sea, en el intento de imponerle a la población la ocupación militar de la coalición y el régimen títere de Iyad Alaoui. La utilización mediática de «la ofensiva de Faluya» por George W. Bush, para hacer olvidar el malogrado intento de iraquización de la represión, o sea la creación de una fuerza ocupante subalterna y autóctona, es un primer elemento a tener en cuenta para facilitar la comprensión. El exitoso sabotaje de dicho programa por parte de la resistencia iraquí, desde su inicio mismo, fue precisamente el primer indicio de la inexorable derrota militar de Estados Unidos en Irak.

Esa era ya, en el pasado mes de julio, la conclusión de Scott Ritter [1], quien trabajó durante diez años en contacto con el partido partido Baas como inspector de la ONU en Irak, y, más recientemente, la del ex general y secretario de Estado saliente Colin Powell, también veterano de Vietnam. Esta opinión lúcida se basa en un hecho indiscutible en todo conflicto de baja intensidad de tipo contrainsurgente: si los corazones y las mentes no se conquistan desde el primer momento, el poder de fuego es inútil, aunque sea al cabo de años de conflicto.

La guerra de Vietnam presenta el modelo de un conflicto verdaderamente asimétrico: de un lado, el más grande poder de fuego del mundo; del otro, una estructura popular que dispone de pocos medios pero es más capaz de conquistar el apoyo de la mayoría de la población. Si los dirigentes estadounidenses hablaban ya de ganar la «guerra de los corazones y las mentes», lo hacían sin albergar la menor duda que el poder de fuego acabaría por eliminar toda resistencia. A medida que la guerra se intensificaba, se fueron dando cuenta que la realidad era diferente [2].

El motor del dispositivo de resistencia Vietcong no era la guerrilla sino la red política, o infraestructura Vietcong (IVC) desplegada a lo largo del país. Mientras que los generales estadounidenses se enredaban en discusiones sobre dónde se encontraba el puesto de mando de la resistencia, la guerrilla se concentraba esencialmente en la desestabilización del gobierno títere de Saigón y, sobre todo, en la protección de su propia infraestructura en el terreno. Esta permitía a su vez dirigir la estrategia y la logística de las fuerzas guerrilleras en las acciones contra objetivos específicos.

La infraestructura política como base de la resistencia

Los acuerdos firmados en Ginebra en julio de 1954 habían divido Vietnam en dos partes: Norte y Sur. Hanoi, la capital del Norte, se sometió en parte a los acuerdos replegando sus tropas. Pero dejó en el terreno su infraestructura política conformada por 3 000 cuadros políticos y 5 000 cuadros militares. Estos militantes debían mantenerse en contacto con el pueblo y garantizar la existencia de un gobierno comunista fantasma.

Los acuerdos especificaban la realización de elecciones, a más tardar, en julio de 1956, pero Ho Chi Minh estaba seguro de poder ganarlas debido a su popularidad, que databa de la victoria sobre los franceses. En el Sur, el régimen de Ngo Dinh Diém se negó a organizar las elecciones. Los cuadros de la IVC redoblaron por consiguiente su actividad organizando al pueblo del Sur y sobre la base de las reivindicaciones populares contra el sistema social profundamente desigual que mantenía el régimen de Diem. Fueron muy cautelosos en no insistir en la doctrina marxista para obtener también el apoyo de los nacionalistas poco favorables a una reunificación. Esto desembocó, en 1960, en la formación del Frente de Liberación Nacional de Vietnam del Sur, o FLN.

A principios de los años 60, la situación es la siguiente en las zonas rurales: muchos individuos venden diariamente su fuerza de trabajo a los terratenientes y no obtienen por ella más que una paga de miseria, a veces hasta un salario que se les paga directamente en arroz, que les alcanza a duras penas para alimentar a sus familias. Cuando la miseria los empuja a pedir un salario mejor, se les ve enseguida como sospechosos de simpatizar con los comunistas y son denunciados a las autoridades al servicio del régimen corrupto de Diem y de los campesinos ricos.

Cuando la resistencia Vietcong incursiona en las aldeas, insiste en la promesa de establecer una mejor repartición de las cosechas a cambio de la cooperación de la población. Así, temiendo ser objeto de persecuciones por entendimiento con el enemigo, los más descontentos huyen sistemáticamente hacia la selva donde los guerrilleros, conociendo su fuga, no tardan en encontrarlos y proponerles unirse a ellos.

En aquella época, el gobierno títere de Ngo Dinh Diem daba poca importancia a las actividades de la IVC en las aldeas del Sur, y prefería concentrarse en la consolidación de su poder en Saigón para prevenir todo intento de golpe de Estado. Asimismo, mientras que Saigón se preparaba contra una invasión militar convencional proveniente del Norte, el FLN se infiltraba en el Sur por la retaguardia. Sólo después de 1963 y de la muerte de Diem, la CIA retoma el control de las operaciones políticas y militares, interesándose más por la situación existente en las aldeas. Pero, es tarde ya puesto que la IVC logra recolectar impuestos en cantidad suficiente como para poder adquirir armas, y esas armas le permiten a su vez recolectar más impuestos. A pesar de tener todavía por delante algunos momentos difíciles, la máquina guerrillera está en marcha ya.

En 1961, la guerrilla ha alcanzado una envergadura tal que el FLN actúa tanto en el plano militar como en el político, y comienza a confrontar serios problemas internos por no tener una línea política y no contar con una cantidad suficiente de cuadros políticos. Para resolver esos problemas, Hanoi convierte la rama Sur del Partido de los Trabajadores en Partido Revolucionario del Pueblo (PRP), encargado de poner el FLN bajo la tutela de revolucionarios veteranos.

Limitada al principio a nivel provincial, extendida después a los distritos, la influencia del PRP se hace sentir ya hasta en el màs pequeño caserío del golfo del Mekong cuando el plan Fénix es puesto finalmente en práctica, en 1967. Hanoi ejerce ya suficiente control sobre el FLN y se las arregla para separar de este a los indeseables. Para garantizar la coordinación con los principales cuadros del FLN y el PRP y transmitirles las órdenes operativas, Hanoi los había incorporado al Buró Central de Vietnam del Sur, que constituía la verdadera columna vertebral de la resistencia y, por consiguiente, tenía que mover constantemente sus puestos de mando para evadir las operaciones de limpieza.

Precedentes subestimados

Mientras que los servicios de inteligencia militar se concentraban en obtener informaciones sobre el plan de batalla de las tropas, la CIA y algunas agencias civiles eran las únicas que tenían a la IVC como objetivo. El ejército de Estados Unidos cometía un grave error al no tener en cuenta experiencias anteriores de la contrainsurgencia, sobre todo las de los franceses en Indochina o los británicos en Malasia.

Desde 1946, la administración francesa de la Cochinchina (apelación que se reservaba entonces al sur de Vietnam), aprovechando que el Vietminh (guerrilleros del Norte) era casi inexistente en esas provincias, había establecido un rudimentario programa de «pacificación» con el objetivo de conquistar los corazones y mentes, siguiendo la técnica de la «mancha de aceite».

La técnica es muy simple: al aportar importantes beneficios a los autóctonos, el ejército logra ser aceptado. Así se estacionaban tropas en una aldea desde donde llevaban a cabo sus operaciones contra el Vietminh en vez de lanzar sus operaciones desde las ciudades, donde sus maniobras hubieran sido más previsibles.

Las tropas establecían así, de entrada, un sentimiento de seguridad entre la población. A la inversa, veinte años más tarde, cuando los marines estadounidenses emprendían operaciones-relámpago en aquellas mismas aldeas y se replegaban después, estaban dejando el campo libre a la IVC que podía lanzar más tarde sus represalias contra los colaboradores y recuperar el control de la situación.

La población acababa así negándose a cooperar con las fuerzas ocupantes por temor a las represalias posteriores de los guerrilleros. Además, el ejército francés en Cochinchina dejaba a su paso una administración local que se encargaba del mantenimiento de las carreteras así como de la construcción de hospitales y escuelas, lo que representaba realmente un progreso a ojos de los autóctonos.

De esta forma, las fuerzas francesas de ocupación llegaron incluso a ganarse la simpatía de las sectas Cao Dai y Hoa Hao, que ejercían gran influencia en el Sur. Pero estos fructíferos esfuerzos tuvieron su contraparte en la ofensiva Vietminh en el Norte, conducida por el ilustre general Giap, que obligó al ejército francés a reasignar al Norte una gran cantidad de las tropas dedicadas antes a los esfuerzos de pacificación en el Sur.

La situación se deterioró rápidamente favoreciendo a los comunistas en las aldeas del Sur, y en el Norte las tropas de Giap lograron hacer fracasar todo intento de pacificación.

El caso de Malasia brinda un ejemplo todavía más impresionante, como si la administración británica hubiera comprendido que, al no poder detener a los insurgentes, tenía prácticamente que poner a la población bajo arresto. Y fue, en efecto, lo que hizo deportando a la totalidad de los habitantes de las zonas rurales donde la resistencia era activa hacia «aldeas estratégicas» estrechamente custodiadas y rodeadas de alambradas, obligándolos a portar un documento de identidad para evitar las infiltraciones enemigas.

La ocupación británica logró así debilitar a la resistencia, hambreándola hasta hacerla perder su eficacia, lo que dio lugar a gran número de rendiciones, hasta la victoria de los ocupantes, en 1953 [3]. Pero, para lograrlo, la ocupación británica había gozado de condiciones muy favorables, como el carácter secundario de tipo étnico de la insurrección (la mayoría de los guerrilleros eran chinos, minoría que representa solamente un tercio de la población de Malasia) y la imposibilidad para la resistencia de replegarse hacia el otro lado de la frontera con el fin de reorganizarse y reponerse.

En efecto, con excepción de una estrecha franja fronteriza con Tailandia en el norte, Malasia está rodeada de agua, mientras que la proximidad de Cambodia y una frontera que se caracteriza por una densa jungla permitieron a la resistencia vietnamita reponer, proteger y organizar su infraestructura con relativa tranquilidad.

La CIA trata de retomar el control

Para luchar contra la guerrilla después de la muerte de Diem, en 1963, la CIA constituye unidades especiales, las Provisional Reconnaissance Units (PRU). Son grupos paramilitares encargados de golpear a los guerrilleros en su propio terreno, o sea en las zonas rurales alejadas. Sus miembros son reclutados entre grupos de voluntarios sudvietnamitas especialmente motivados por su odio a los comunistas del Norte, a menudo por la muerte de miembros de sus familias.

Las PRU son la punta de lanza del plan Fénix y trabajarán en conjunto con las fuerzas especiales de la Marina de guerra estadounidense, los SEALS, a partir de 1968, en la realización de operaciones contra la IVC gracias a informaciones recogidas a través de otros elementos del plan. Se forja así en Vietnam la reputación de las Fuerzas Especiales, en la que tanto se ha inspirado Hollywood, y la del plan Fénix como programa de asesinato de civiles (los cuadros de la resistencia) a manos de militares (las PRU sudvietnamitas y los SEALS estadounidenses).

El programa estrictamente militar destinado a contrarrestar la influencia de la IVC, llamado «pacificación» y dirigido por el general Westmoreland desde junio de 1964 hasta junio de 1968, es prácticamente un plan aparte. Consiste esencialmente en llevar arroz, medicinas y materiales de construcción a las zonas rurales del Sur. Pero es un desastre ya que el aprovisionamiento acaba a menudo abasteciendo el mercado negro o, lo que es peor, en manos del Vietcong. Sin embargo, los consejeros y «pioneros» del plan Fénix, que al principio dependían mayoritariamente de la CIA, son reemplazados poco a poco por cuadros del ejército antes de que el programa entre en su fase de «vietnamizacion», hacia 1970.

El razonamiento de Westmoreland es la ilustración perfecta del fracaso de los militares en Vietnam: muchos estrategas del ejército admitían, como él, la existencia simultánea de la infraestructura política y la guerrilla armada, pero eran incapaces de determinar con precisión el papel de cada una de ellas y sus prioridades. Todos razonaban, hasta un punto avanzado de la guerra, en función del enfrentamiento convencional para el cual habían sido entrenados. Cuando la realidad no correspondía a este concepto, simplemente trataban de adaptarla según el método de autosugestión que tanta sangre está costando hoy en Irak.

El pájaro emprende el vuelo

Propuesto por la CIA y aceptado por el Estado Mayor en su conjunto, el plan que comienza a desplegarse de forma progresiva a partir de julio de 1967 es, por consiguiente, un ambicioso sistema de búsqueda y centralización de información, con una capacidad de reacción militar rápida - más mesurada y específica que masiva - a su disposición. Por el lado de la CIA, la concepción del programa es responsabilidad de Robert Komer, quien llegó al final de la Segunda Guerra Mundial como especialista del Medio Oriente en la CIA y pasó al National Security Council antes de ser nombrado asistente especial del presidente Johnson en 1986, con la misión de revitalizar la contrainsurgencia en Vietnam.

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La fuerte personalidad de Komer lo ayuda a sacudir la burocracia corrupta de Saigón para poner en marcha el programa. Recibe además el respaldo de Westmoreland, quien considera que la parte organizativa del plan corresponde a los civiles, aunque pone al servicio del programa la capacidad ofensiva del ejército.

L’USAID, que venía organizando hasta entonces la pacificación con pocos medios, juega un papel secundario. Del lado vietnamita, la policía nacional es incorporada también a las tropas de elite PRU. El plan Fénix, bautizado en su fase inicial como ICEX (siglas de Intelligence Coordination and Exploitation o Coordinación y Explotación de Inteligencia), aparecía en lo alto de la pirámide bajo el mando del ejército, pero tenía su propia cadena de mando. La clave era la libertad de acción de los pequeños grupos distribuidos en los distritos, a menudo bajo la dirección de un consejero Fénix de la CIA, y capaces de obtener rápidamente la intervención del ejército regular sudvietnamita o de las tropas estadounidenses como refuerzos para sus propias operaciones relámpago.

Muy a menudo, dichas operaciones estaban dirigidas contra escondites o lugares de reunión de cuadros de la IVC localizados gracias a las informaciones de inteligencia recogidas y centralizadas por el dispositivo Fénix. En las provincias o distritos se crean oficinas para procesar este flujo de información. Cuando se producen capturas se utiliza el sistema judicial local, cuyas insuficiencias dañarán bastante la eficacia del plan Fénix en su conjunto.

En efecto, la lentitud de los procesos contra los prisioneros políticos provoca rápidamente la saturación de las prisiones y obliga al gobierno vietnamita a ordenar la liberación de muchos sospechosos, sobre todo, de muchos inocentes también, después de un largo cautiverio. Por despecho, estos últimos se unen a menudo a la resistencia.

En cuanto a lo demás, el problema de las convenciones de Ginebra no preocupaba mucho al ejército estadounidense en Vietnam, como tampoco le preocupa hoy en Irak o Guantánamo. Se decía ya en aquel entonces que los prisioneros políticos del plan Fénix no entraban en la definición del prisionero de guerra que establecen las convenciones de Ginebra, o sea personas que puedan ser visualmente identificadas como militares.

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El jefe de la policía de Saigón (Vietnam) liquidando a un civil desarmado en 1968

En el momento más álgido de las protestas contra la guerra de Vietnam, la CIA intentó disociarse de las prácticas brutales observadas en el marco de Fénix. Pero la mediatización de la realidad de la guerra, paradójicamente más acentuada entonces que hoy en día, determinó seguramente la rápida decisión de transferir el programa a las autoridades sudvietnamitas.

En definitiva, el plan Fénix prueba que el blanco principal es la estructura política de la resistencia, lo cual comienza a arrojar resultados en el momento de la ofensiva del Tet, en la primavera de 1968. Una importante cantidad de cuadros infiltrados «durmientes» de la IVC entra entonces en actividad para asestar golpes en el Sur en coordinación con la guerrilla y desencadenar una revuelta popular que no llega a materializarse.

La ofensiva termina en un fracaso militar para el Norte que la desencadenó. Los cuadros se han puesto ya al descubierto y muchos de ellos prefieren ponerse a salvo en Cambodia, dejando temporalmente el campo libre al desarrollo de Fénix. Además, la participación de la IVC obliga al régimen títere de Thieu a admitir la importancia de la infraestructura política de la resistencia. Este incorpora entonces sus estructuras administrativas al plan Fénix dándole así un nuevo rostro al programa que adopta definitivamente como emblema al animal sagrado, presente en la cultura tradicional vietnamita. Símbolo de paz y prosperidad para los vietnamitas, el fénix es también un animal que huye ante el menor peligro.

Para los occidentales, simboliza lo que renace de sus cenizas. Pero, detrás de la ambigua imagen poética, se encontraba también la sórdida realidad de una gran operación de contrainsurgencia a la que tanto se le ha reprochado la falta de discernimiento en la importancia de sus objetivos, su brutalidad y, en general, su falta de eficacia en la tarea de contrarrestar la hostilidad hacia una ocupación extranjera injustificada. Esta última no hizo, al contrario, más que aumentar lo cual explica el apresuramiento en dejar las responsabilidades en manos de los vietnamitas, con el éxito que ya conocemos.

Una de las cartas de triunfo más importantes del plan Fénix fue su programa de «conversión» de cuadros de la resistencia, llamado Chieu Hoi. A este programa se debe un tercio de las «neutralizaciones» de miembros de la resistencia realizadas en 1970, lo cual no incluía a las personas encarceladas por menos de un año. Desgraciadamente, su eficacia era proporcional al nivel de infiltración y corrupción de las fuerzas sudvietnamitas implicadas.

El respiro que siguió a la ofensiva del Tet proporcionó a la CIA la oportunidad de perfeccionar su dispositivo, y dejar la responsabilidad del mismo en manos del ejército, pero siempre con el objetivo final de «vietnamizar» el conflicto para evacuar poco a poco las tropas estadounidenses. A medida que Estados Unidos confía las responsabilidades operacionales a las fuerzas sudvietnamitas, la poca disciplina de estas y la corrupción que reina en sus filas empañan todavía más la imagen de la operación. Todavía hoy se hacen esfuerzos por publicar estadísticas que demuestren la eficacia del plan.

En realidad, si bien ciertas unidades, en ciertas provincias, muestran buenos resultados, se trata de casos aislados. Estos estimados sitúan en 14,8% el índice de desgaste de la IVC entre enero y septiembre de 1969 [4]. Los documentos de Hanoi confirmarán en efecto que la estructura recibió duros golpes, hasta cierto punto.

El programa se desarrolla hasta 1970, pero la CIA se desliga de este progresivamente bajo el fuego de las críticas contra las operaciones secretas, que se hacen cada vez más numerosas y sangrientas para la población civil. Estas operaciones se extienden además, inevitablemente, a Cambodia y Laos, a pesar de la oposición del Congreso, al igual que los bombardeos. A partir de 1970, las operaciones militares de tipo convencional disminuyen seriamente, pero «la otra guerra» sigue siendo encarnizada.

La cantidad máxima de personal estadounidense consagrado al plan Fénix se alcanza en 1970 con la cifra de 704 consejeros militares y dos civiles. A pesar de todo, el plan es reagrupado en su conjunto bajo la apelación vietnamita de Phung Hoang. El ejército regular, las Fuerzas Especiales y la policía sudvietnamita se incorporan totalmente a él, con resultados moderados. Los servicios sudvietnamitas de inteligencia se caracterizan por su ineficacia, lo cual implica para la policía numerosos problemas en cuanto a la posibilidad de tomar la iniciativa, debido a la falta de información fidedigna.

Se comienza la aplicación de un programa de registro y entrega de documentos de identidad, que debe terminar en 1970, pero, contrariamente a la insurrección en Malasia, la resistencia vietnamita logra explotarlo a su favor como sistema de cobertura y cuando por fin se termina, en 1972, es ya demasiado tarde.

El hundimiento final

La ocupación del país por una administración militar con un sombrío pasado colonial y, a la inversa, la imagen de libertadores de la que gozaban los miembros de la resistencia desde su victoria contra Francia perjudicaron mucho las ambiciones del plan Fénix desde su puesta en marcha. Los métodos arbitrarios del régimen títere acabaron con la confianza de la población que vivía sometida a la represión; el precio, en términos de estabilidad social, era demasiado alto y la población tenía muy poco que ganar.

El súbito apuro de Estados Unidos por salir de Vietnam, alrededor de marzo de 1973, como estaba previsto en los acuerdos de París, agravó los problemas de la administración del Sur en la medida en que Hanoi había entrado para entonces en una estrategia de guerra convencional gracias a la ayuda de los soviéticos. Sin la guerra de desgaste contra el Sur, la cual había monopolizado los recursos del ocupante y de las fuerzas que lo sustituyeron, ello no hubiera sido posible.

El proceso de revisión de Fénix, emprendido entre 1972 y 1975 para adaptar este plan a una dirección enteramente vietnamita, no cambió prácticamente nada. Como toda operación de contrainsurgencia en la que se espera someter a la población, el plan Fénix habría tenido que comenzar desde las primeras manifestaciones de la insurrección.

De manera retrospectiva, podría decirse que el plan Fénix era el método más pragmático para lograr el control del país, propuesto por la CIA después de una observación minuciosa de la realidad sobre el terreno y según las lecciones aprendidas en Malasia o Indochina, pero demasiado tarde para que pudiera dar resultados tangibles. Fue rechazado por la opinión pública estadounidense porque implicaba tomar como blanco una resistencia bien organizada y, por consiguiente, perfectamente inmersa en la población, o, como dijera Mao, «como un pez en el agua», lo cual conducía inevitablemente a librar una guerra sucia. Mientras tanto, en el bando opuesto, la resistencia podía identificar más fácilmente sus posibles blancos, considerados como elementos no ligados a la población.

En Irak, la ceguera crónica del Pentágono, prisionero de su propia retórica sobre la «liberación» del país, no le ha permitido reaccionar en su debido momento ante la agravación de la situación. Convencido de encontrarse ante una «Intifada» al estilo palestino, Donald Rumsfeld recurrió a instructores israelíes para dirigir una operación limitada de contrainsurgencia bajo el nombre de «Martillo de hierro».

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Un marine del ejército de los EEUU matando un civil desarmado en Faluya (Irak) 2004

Engañado por sus propios agentes del Congreso Nacional iraquí, el Pentágono creyó poder «iraquizar» rápidamente las fuerzas represivas y liberar a su propio personal. Como en Vietnam, la resistencia ha priorizado la ejecución de colaboradores (ataques sistemáticos a los locales de reclutamiento) antes que la lucha contra el ocupante y ha roto toda posibilidad de establecer una dinámica favorable a los estadounidenses, en caso de que tal posibilidad haya existido en algún momento. Sólo al cabo de un año de errores militares, al que se sumaron algunos meses más à causa de la campaña electoral, el presidente George W. Bush ordenó la utilización de medios radicales. Demasiado tarde ya para esperar imponerse en el país.

La causa principal de que este error se repita hay que buscarla en el auto-engaño que ha llevado a los jefes militares a ver la realidad únicamente a través de su propia propaganda, sin tener en cuenta los datos brindados por la inteligencia militar. No era difícil saber que Saddam Hussein se había atribuido la autoría de una novela que escenificaba una romanza con fondo de guerrilla. El había preparado sicológicamente a su pueblo para esta situación. En el aspecto militar, había abandonado la organización jerárquica que enseñaban los soviéticos para adoptar la de los vietnamitas. Había organizado estructuras de resistencia en cada comuna, confiando su dirección a jóvenes militantes baasistas y estableciendo así una doble estructura partidista [5].

A partir de este momento, toda victoria militar sobre los insurgentes aparecerá como una derrota política a los ojos de la población. La destrucción de Faluya no será solamente un acto de barbarie sino que eliminará toda posibilidad de retroceso y dejará a la Coalición sin esperanza alguna de mantener pacíficamente su presencia en el país y, por consiguiente, de explotar su petróleo.

[1] «The Saddam-ist / Islamist Resistance Hill Win», por Scott Ritter, 24 de julio de 2004.

[2] Remitirse a la obra Ashes to ashes: The Phoenix Program and the Vietnam War, por Dale Andrade, Lexington Books, para los detalles sobre el plan Fénix. Diferentes documentos, como el manual de consejeros Fénix estadounidenses, pueden ser consultados en el servidor de Memoryhole.org..

[3] Ver: «1948-1960: "état d’urgence en Malaisie" [1948-1960: "estado de excepción" en Malasia» por Arthur Lepic, Voltaire, 23 de junio de 2004.

[4] Op. Cit., p. 138.

[5] Fuente: entrevistas con miembros del gobierno iraquí antes del inicio de las hostilidades.

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