Red Voltaire
En el corazón de los reaccionarios

El Manhattan Institute, laboratorio del neoconservadurismo

Para difundir el pensamiento libertariano, Sir Antony Fisher creó 90 institutos en todo el mundo. En el centro de esta telearaña se encuentra el Manhattan Institute de New York cuyo rol es romper los tabúes. La «Revolución conservadora» que promueve el instituto busca eliminar la contracultura de los años 60 y acabar con el feminismo. Sobre todo, apunta al desmantelamiento de los servicios sociales y por erradicar a los negros y la populación pobre de la grandes ciudades. En él fueron elaborados los discursos de la intolerancia moderna sobre la inadaptabilidad de los negros, la «tolerancia cero» ante el comportamiento social considerado inadecuado y la «compasión basada en la fe». Fue en él que se formaron los políticos republicanos de la costa este, como Rudolf Giuliani.

| Paris (Francia)
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Sir Antony Fisher

El multimillonario británico Antony Fisher, nacido en 1915, fue uno de los actores más influyentes del ascenso de los think tanks [Centros de investigación, propaganda y divulgación de ideas, generalmente de carácter político] libertarianos durante la segunda mitad del siglo XX. Lector de Friedrich von Hayek [1] desde 1945, lo conoció ese mismo año.

El economista lo convence entonces de que es necesario crear una red de think tanks para apoyar el proyecto de cambio de sociedad. Fisher trabaja en el asunto, gracias a su importante fortuna y a la red que ha creado en la sociedad Mont Pelerin. En 1955 crea en Londres el Institute of Economics Affairs, junto a Ralph Harris. Después, en 1977, crea en New York el International Center for Economic Policy Studies (ICEPS), con la ayuda del eminente abogado estadounidense William Casey, que se convertirá más tarde en director de la CIA [2].

Según Loic Wacquant, ambos hombres desean que el instituto «aplique los principios de la economía de mercado a los problemas sociales» [3].

Paralelamente, Sir Antony Fisher establece un organismo de consejería y financiamiento para ayudar a los libertarianos del mundo entero y crear think tanks equivalentes en sus propios países. El International Institute for Research engendra la Atlas Economic Research Foundation en 1980 y la International Policy Network en 2001. En unos 30 años Fisher instala de esa manera 90 centros de investigación en 39 países [4].

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William Casey

El comité director del ICEPS incluya a Lewl Lehrman [5], Irving Bristol [6], Ed Feulner [7] y William Casey. Bajo la influencia de Charles H. Brunie [8] y de William Hammet, que se convertirá en presidente de este think tank a principios de los años 1980, el ICEPS cambia de nombre y, a la vez, de objetivo. Al convertirse en el Instituto Manhattan, apunta, en premier lugar, hacia las elites intelectuales newyorkinas, a las cuales es necesario convencer de las bondades de la política de Reagan.

Estados Unidos prepara, en efecto, la futura «revolución conservadora» mientras que el presidente demócrata Jimmy Carter vive sus últimas horas en la Casa Blanca. Los neoconservadores reunidos alrededor de Ronald Reagan [9] y George H. W. Bush, que están a punto de sustituirlo, tratan de desarrollar un arsenal ideológico capaz de legitimar la destrucción, que planean desde hace tiempo, del Estado protector.

El Manhattan Institute jugará entonces el papel de proveedor oficial de ideología liberal-conservadora. Y se trata, efectivamente, de una ideología ya que las teorías que desarrolla no se basan en modelos científicos sino más bien en una curiosa mezcla de anticipaciones seudoeconómicas y sociológicas. Tal es el caso de una de las primeras obras que publicó el Instituto, bajo la firma de George Gilder.

Este antiguo alumno de Henry Kissinger, en Harvard, escribió varios discursos para personalidades políticas republicanas de primera línea, como Nelson Rockefeller, George Romney y Richard Nixon. A partir de los años 1970, se interesó súbitamente por las causas de la pobreza y de la riqueza en Estados Unidos. Publica entonces, en 1972, Sexual Suicide donde explica que la liberación de la mujer conduce al fin de la raza humana ya que todo hombre que no se case se ve esencialmente desestructurado, lo cual permite clasificar como desviado a todo aquel que no observe una práctica sexual «tradicional».

En Visible Man, publicado en 1978, Gilder afirma que el racismo no existe, que la sociedad estadounidense es ya «posracista» y que el peor enemigo del hombre negro es en definitiva él mismo a causa de su propio modo de vida, su familia dispersa y sus «reflejos de ghetto». Una retórica que le permite alegar que los subsidios federales no hacen más que perpetuar una sociedad en la que los negros «llevan una vida desenfrenada en espera de la marea verde de cheques gubernamentales» [10].

Ese es precisamente el discurso que trata de promover el Manhattan Institute. Así que, en 1981, el organismo le consigue a George Gilder una beca de la Smith Richardson Foundation [11] para que redacte Wealth and Poverty (Riqueza y pobreza), donde divulga sus teorías ultrarreaccionarias. George Gilder explica en este volumen que la causa de la miseria en Estados Unidos se encuentra en «la anarquía familiar entre los pobres concentrados en la inner city» favorecida por las ayudas sociales cuyos efectos no son otros que «pervertir el deseo de trabajar, minar la familia patriarcal y erosionar el fervor religioso, que son los tres resortes de la prosperidad» [12].

Gracias al apoyo del Manhattan Institute, la prensa económica ultraliberal acoge la obra con euforia, tanto que The Economist titula «Benditos aquellos que ganan dinero». La obra se convierte rápidamente en un best-seller, pero, más importante es que será el libro de cabecera de Ronald Reagan. Según un estudio sobre los discursos que pronunció el ex-presidente de Estados Unidos, George Gilder parece ser el autor vivo más citado en ellos.

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George Gilder

El Manhattan Institute repite la experiencia al año siguiente. Mientras Ronald Reagan realiza con bombo y platillo su revolución conservadora ultraliberal, el think tank, donde George Gilder conduce entonces un seminario, busca un nuevo promotor para sus teorías racial-económicas. Y escoge a un universitario aún desconocido, Charles Murray.

Este último hizo llegar uno de sus artículos a Irving Kristoll quien, interesado en el carácter panfletario del texto, se pone en contacto con Michael Joyce, a la sazón presidente de la Fundación Olin, y trata de reunir fondos para transformar el artículo en un libro. William Hammet, convertido en presidente del Manhattan Institute, acepta recibir a Murray en el seno de su estructura.

Según escribe entonces en un memorando interno, «cada generación produce un puñado de libros cuyo impacto es duradero, libros que cambian las concepciones clásicas de la manera en que funciona el mundo (o debería funcionar...). El Losing Ground de Charles Murray podría convertirse en uno de esos libros. Y si así fuera, eso alterará los términos del debate sobre lo que es quizás la cuestión política más fascinante de nuestra época: el Estado protector moderno» [13].

Por consiguiente, el Instituto concede 30 000 dólares y dos años de tranquilidad al autor, y este publica en 1984 Losing Ground: American Social Policy, 1950-1980 (Terreno perdido: la política social americana, 1950-1980). Según Loic Wacquant, su texto «aparece en el momento justo para brindar un aval seudo científico a la enérgica política de anulación de los compromisos sociales que aplica el gobierno republicano (con la aprobación del Congreso de mayoría demócrata)».

La argumentación es simple, incluso simplista: «la excesiva generosidad de las políticas de ayuda a los pobres puede ser responsable del aumento de la pobreza en Estados Unidos. Esta política recompensa la inactividad y conduce a la degeneración moral de las clases populares, sobre todo a las uniones "ilegítimas" que son la cause última de todos los males de las sociedades modernas, incluyendo la "violencia urbana"» [14].

A pesar de un gran número de disparates lógicos y de errores empíricos señalados por el sociólogo Christopher Jencks, el economista Robert Greenstein y hasta por el premio Nóbel James Tobin [15], la prensa en conjunto convierte el panfleto en un «clásico» y lo sitúa en el vértice de las discusiones sobre la ayuda social en Estados Unidos.

Es cierto que el Manhattan Institute no escatimó en la promoción: William Hammett envió 700 ejemplares a periodistas, personalidades políticas y universitarias «importantes» en Estados Unidos, y contrató a una experta en relaciones públicas para convertir al hasta entonces desconocido, Charles Murray, en un verdadero «fenómeno mediático». Su objetivo no es vender la obra en las librerías sino convertirla en centro de los debates políticos. Meses después, el Instituto llega incluso a organizar, alrededor de Losing Groud, un simposio cuyos participantes, ya sean periodistas, expertos en política pública o especialistas en ciencias sociales, reciben entre 500 y 1 500 dólares.

La carrera de Charles Murray ha comenzado. En 1994 publica The Bell Curve Intelligence and Class Structure in American Life (La Curva de campana: inteligencia y estructura de clase en la vida americana) [16], un «auténtico tratado de racismo científico (...) que afirma que las desigualdades raciales y de clase en Estados Unidos reflejan las diferencias individuales de ‘capacidad cognitiva’» [17].

El coeficiente intelectual, heredado genéticamente, sería entonces el factor determinante en el éxito social, la capacidad de mantener el matrimonio, de educar correctamente a los hijos y ser un buen ciudadano: «los niños más inteligentes de todas las clases sociales, incluso entre los más pobres, aprenden rápidamente cómo funciona el Estado y son más capaces de informarse y de discutir de asuntos políticos que de participar en ellos», escribe.

Por el contrario, un coeficiente intelectual bajo aumenta la propensión al crimen y, por consiguiente, la probabilidad de acabar en prisión. Uno no se convierte en criminal por causa de las privaciones materiales (deprived) sino debido a carencias mentales y morales (depraved). Esta argumentación da lugar a dos conclusiones: Primero, se deduce que si las minorías étnicas están excesivamente representadas entre los presos no es a consecuencia del aumento de las desigualdades en el seno de la sociedad estadounidense, sino más bien por el bajo coeficiente intelectual de dichas minorías.

Segundo, se deduce también que «el Estado debe abstenerse de intervenir en la vida social para tratar de reducir desigualdades fundadas en la naturaleza o correría el riesgo de empeorar los males que trata de aliviar al perpetuar "las perversiones del ideal igualitario surgido con la Revolución Francesa", ya que "jacobitas [sic] o leninistas, las tiranías igualitarias son peor que inhumanitarias pues son inhumanas"» [18].

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Charles Murray

Esta vez Charles Murray ha ido demasiado lejos para el Manhattan Institute, que se niega a asociarse al proyecto. El nuevo ídolo de los neoconservadores buscará entonces refugio en el American Enterprise Institute, con la bendición de Irving Kristoll. Eso no impide que el Instituto se interese por la problemática.

A fines de 1994, poco después de la publicación de su libro, el think tank organiza una cena de gala en homenaje a Murray y su último trabajo. Haciendo uso de la palabra, el politólogo ofrece una explicación genética de la diferencia de 15 puntos entre el coeficiente intelectual de negros y blancos, criticando de paso la inutilidad de los programas de discriminación positiva.

El Manhattant Institute se interesa después por la cuestión de la «violencia urbana» popularizando entonces por primera vez la turbia doctrina «del cristal roto», formulada en 1982 por James Q. Wilson, el teórico de la criminalística conservadora, y George Kelling en un artículo publicado en el Atlantic Monthly [19]. Los autores defienden en ese texto la idea de que la lucha cotidiana contra los pequeños desórdenes (actualmente conocidos como «incivilidades») permite hacer retroceder las grandes patologías criminales.

Esta tesis despierta particular interés en el fiscal de New York, Rudolf Giuliani, quien asiste por consiguiente, a mediados de los años 1990, a una conferencia organizada por el Manhattan Institute. El tema central que se defiende en la conferencia es que «"el carácter sagrado de los espacios públicos» es indispensable para la vida pública y, al contrario que el «desorden» en el que se complacen las clases pobres constituye por naturaleza terreno fértil para el "crimen"».

El futuro alcalde de New York, que acaba de perder las elecciones municipales ante el demócrata negro David Dinkins, busca allí los temas de su campaña victoriosa de 1993. De ahí saldrá la «tolerancia cero», doctrina que afirma que toda falta, aunque sea menor, debe ser objeto de una sanción sin la cual el delincuente se convertirá tarde o temprano en un criminal ya que «el que se roba un huevo, se roba un buey».

En la práctica, esa doctrina se traduce en una persecución implacable contra los delincuentes de poca monta y en una política que busca alejar a mendigos y gente sin techo del centro de la ciudad para mantenerlos en los barrios pobres. Este eje central de la campaña de Giuliani tiene la ventaja de ser del gusto de las clases media y alta de New York, que son precisamente las que votan. Repetido hasta el cansancio en las columnas de la nueva revista del Manhanttan Institute, el City Journal, este tema garantizará en definitiva la elección del ex-fiscal republicano.

Sin embargo, para poder aplicarla, la «tolerancia cero» supone renunciar a mantener una justa proporción entre la falta y los medios utilizados para reprimirla. La doctrina abre por consiguiente el camino a una espiral de violencia pública que barre con las libertades individuales.

Ya en el poder, Giuliani aplica el arsenal ideológico elaborado, en parte, en el Manhattan Institute. Para ello se apoya en William Bratton, el responsable de la seguridad del metro de New York convertido en jefe de la policía municipal [20]. En cinco años, el presupuesto de la policía de New York aumenta en un 40%, alcanzando los 2 600 millones de dólares.

La ciudad contrata también 12,000 nuevos policías mientras que, por otro lado, los servicios sociales pierden un tercio de su presupuesto y 8,000 empleados. Este espectacular despliegue de medios destinados a la represión de toda infracción (como el uso de helicópteros y varios autos policíacos para detener y multar a un conductor por una infracción menor del tránsito) deja una huella en la mente de la gente, pero desvía a la policía de la represión del crimen.

Lo más sorprendente es que el resultado de esta política es mucho menos impresionante que el arsenal que exige. Al comparar New York con San Diego, que utilizó la «policía comunitaria», se comprueba que «entre 1993 y 1996, la metrópolis californiana muestra una caída de la criminalidad idéntica a la de New York, pero con un crecimiento de los efectivos policiales de solamente 6%.

El número de arrestos realizados por las fuerzas del orden disminuye en un 15% en tres años en San Diego mientras que aumentó en un 24% en New York, alcanzando la enorme cifra de 314 292 personas arrestadas en 1996 (...) Finalmente, la cantidad de quejas contra la policía cae en un 10% en la costa del Pacífico mientras que aumenta al 60% en la ciudad de Giuliani».

Este aumento de la desconfianza de la población de New York, sobre todo entre los negros, hacia su propia policía revela la existencia de un clima de «guerra social» como corolario de la «tolerancia cero». Pero esos malos resultados no desanimaron a los partidarios de tal sistema, que difundieron enseguida el modelo newyorkino en el mundo entero. Después de ser despedido por el alcalde de New York -al parecer le hacia demasiada sombra-, William Bratton se convierte incluso en consultante habitual del Manhattan Institute, así como de numerosas ciudades de todo el mundo.

A lo largo de los años 1990, los autores del Manhattan Institute siguen desarrollando la ideología neoconservadora, cuya base son los prejuicios raciales y etnocéntricos y, principalmente, la superioridad del modo de vida del estadounidense blanco. El lenguaje es similar al que proponen, en la misma época, numerosos periodistas y expertos franceses sobre el carácter «inasimilable» del Islam y la amenaza de «invasión» que representa la inmigración. En Estados Unidos, las poblaciones negra y latina son las más atacadas.

Abigail Thernstrom, miembro del Manhattant Institute, escribe así, junto a su marido el profesor de Harvard Stephan Ternstrom, America in Black and White: One Nation Indivisible (América en blanco y negro: una nación indivisible) [21], obra sobre los efectos nefastos de la discriminación positiva. El libro es financiado por la John M. Olin Foundation, la Lynde and Harry Bradley Foundation, la Smith Richardson Fourdation, la Earhart Foundation y la Carthage Foundation.

Otro miembro del Manhattan Institute, Tamar Jacoby, escribe sobre la inutilidad de la integración estadounidense en Someone Else’s House: America Unfulfilled Struggle for Integration (La casa de otro: la lucha inconclusa de Estados Unidos por la integración), financiado por la John M. Olin Foundation, la Joyce Foundation y la Smith Richardson Foundation. En 1993, Myron Magnet denuncia en The Dream and the Nightmare (El sueño y la pesadilla) la responsabilidad de la contracultura de los años 1960 en la creación de la urban underclass [22].

Las fuentes de financiamiento del Manhattan Institute son variadas, pero este proviene esencialmente de las organizaciones supuestamente filantrópicas más reaccionarias [23], principalmente de la fundación Olin [24]. Su influencia es importante en Washington donde este think tank sirve tanto de aval ideológico como de vivero de ideas.

También permite, gracias a un gran dominio del arte de la promoción, preparar a los medios de difusión y, a través de estos, a la opinión pública, para las tesis más ultraliberales y socialmente retrógradas. En todo caso, la Casa Blanca presta oídos a sus teorías en materia social. Es así que George W. Bush encargó a John J. Diulio Jr. y Stephen Goldsmith, miembros ambos del Manhattan Institute, de aplicar una visión que el Instituto defiende desde hace mucho tiempo. La eliminación de los compromisos del Estado con el trabajo social y el traspaso de este último a congregaciones religiosas.

Esta doctrina fue retomada recientemente por el influyente Myron Magnet, del Manhattan Institute, en una obra intitulada What Makes Charity Work? A Century of Public and Private Philantropy (¿Cómo funciona la caridad? Un siglo de filantropía pública y privada). Publicado en 2001, justo después de la llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, este libro defiende un sistema de ayuda social basado en la caridad, no en la solidaridad, afirmando que esto sería más eficaz, más barato y sobre todo más noble, programa «compasivo» que la administración Bush rápidamente puso en práctica después de su toma de posesión y de la creación en la Casa Blanca de un Buró de Iniciativas basadas en la Fe [25].

En su trabajo de promoción de la reducción del Estado al mínimo, el Manhattan Institute ha mostrado el verdadero rostro del libertarismo justificando a la vez la ruptura del Estado con sus compromisos en materia social y su hipertrofia en materia de represión.

[1] «Friedrich von Hayek, el padre del neoliberalismo» por Denis Boneau, Voltaire, 4 de marzo de 2004.

[2] Thinking the unthinkable: think-tanks and the economic counter-revolution, 1931-1983, de Richard Cockett, Fontana Press, 1995. Durante la reforma de la CIA que emprendió en 1981, Casey promovió la actividad de la Agencia dentro del territorio estadounidense.

[3] Les prisons de la misère (Las prisiones de la miseria), de Loïc Wacquant, Ediciones Raisons d’agir, Francia, 1999.

[4] Antony Fisher, Champion of Liberty por Gerald Frost, Profile Books, 2002.

[5] Lewis (Lew) Lehrman es una importante figura del reaganismo triunfante. En los años 1980, participa en la creación de la asociación Citizens for America, que se define como «una liga cívica no partidista y apolítica dedicada a la promoción de la idea según la cual el American Way of Life es la esencia del programa legislativo de Reagan y de que su triunfo es la esperanza de toda familia, de todo ciudadano de Estados Unidos».

[6] De 1947 a 1952, Irving Kristoll dirigió Commentary, la revista casi oficial del Congreso por la libertad de la Cultura (en francés) antes de que lo remplazara Norman Podhoretz. Su hijo, William Kristoll, dirige actualmente la revista de los «neocons», el Weekly Standard. Este artículo será publicado posteriormente en la Red Voltaire.

[7] Edwin J. Feulner se convirtió después en présidente de la Fundación Heritage. Ver «Le prêt-à-penser de la Fondation Heritage» (texto en francés el cual será publicado posteriormente en la Red Voltaire), Voltaire, 8 de junio de 2004.

[8] Charles H. Brunie es fundador de Oppenheimer Capital y miembro de la sociedad Mont Pelerin.

Cercano a Alan Greenspan, se hizo también amigo de Milton Friedman a finales de los años 1960. Ver: la biografía de Charles H. Brunie en el sitio del Hudson Institute y el discurso de Roger Hertog presentando a Charles Brunie, laureado con el premio Alexander Hamilton en 2003.

[9] «Ronald Reagan contre l’Empire du Mal» (Ronald Reagan contra el Imperio del Mal, texto en francés), Voltaire, 7 de junio de 2004.

[10] Citado en el artículo «Techno-tyrants», por Emily White, Seattle Weekly, 14-20 de octubre de 1999.

[11] «The ’Right’ Books and Big Ideas», por Eric Alterman, The Nation, 22 de noviembre de 1999.

[12] Citado por Loic Wacquant, op.cit.

[13] Citado en «The ’Right’ Books and Big Ideas», op.cit.

[14] Citado por Loic Wacquant, op.cit.

[15] Para una refutación de las tesis de Losing Ground, ver Les Oubliés de l’Amérique (Los olvidados de América), por William Julius Wilson, Declée de Brouwer, 1995 (1era edición. 1987).

[16] The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life, de Charles Murray y Richard Herrstein, Free Press, 1994.

[17] Citado por Loic Wacquant, op.cit.

[18] Citado in Loic Wacquant, op.cit.

[19] La publicación del libro de Georges Kelling, Fixing Broken Windows: Restoring Order and Reducing Crime in Our Communities, The Free Press, 1996, fue financiado por el Center for Civic Initiative, el think-tank de Kelling con el que trabaja Richard Schwartz, responsable de los programas de trabajos forzados de la administración Giuliani y presidente-director general de Opportunity of America, firma privada que se dedica a la «búsqueda« de empleos para ciudadanos que dependen de los planes sociales de ayuda.

[20] «El "superpolicía" Bratton en Lima», por Edgar González Ruiz, Voltaire, 25 de agosto de 2004.

[21] Para una crítica de esta obra, ver «Denying the Obvious The Fallacies of America in Black and White», por Stephen Steinberg, Institute For Public Accuracy.

[22] «The ’Right’ Books and Big Ideas», The Nation, op.cit.

[23] Para una lista detallada de las fuentes de financiamiento de 1985 al 2002, ver el sitio de Media Transparency.

[24] La Fundación Olin fue creada en 1953 por el industrial John Olin y financia, desde 1977, carreras universitarias y políticas. Los fondos Olin permitieron así financiar actividades del American Entrerprise Institute que dirigen Norman Podhoretz e Irving Kristol, dos ex-directores de Commentary. El continuador del filósofo Leo Strauss, Allan Bloom, autor de The closing of the american mind, uno de los «clásicos» de la literatura neoconservadora, gozó del apoyo de la fundación, cuyo bastión es la universidad John M. Olin (Chicago). Por otro lado, la ultraconservadora Fundación Olin contribuyó a la formación de varios miembros de la administración Reagan como Murray Weidenbaum y Martin Feldstein.

[25] Ver «Pour Georges W. Bush, la foi tient lieu de politique» texto en francés, Voltaire, 26 de marzo de 2001.

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