Desde el día en que salí de la cárcel, con el cuerpo marcado por las secuelas de la tortura y la conciencia más firme que nunca, mucha agua ha corrido por el río, pues al evocar mi pasado, que fluye a mi mente como una cascada, encuentro una realidad análoga a la metáfora de Heráclito: «Nadie puede sumergirse dos veces en el mismo río».

Sin embargo, hoy quiero recordar, sin trastocar las leyes de la dialéctica, un instante que conservo intacto en la memoria, una anécdota vinculada a la «solidaridad», a esta palabra abstracta cuyo significado es todavía motivo de controversias, al menos si partimos de la premisa de que el hombre no nace solidario sino que se hace solidario. Mas como mi intención es contarles la anécdota, y no definir la connotación semántica de la palabra, comenzaré diciendo que una sola vez sentí la verdadera solidaridad, esa temperatura humana que a uno lo protege y fortalece en los momentos de mayor necesidad.

Todo se remonta a mediados de 1976, cuando caí a merced de los esbirros de la entonces dictadura banzerista, acusado de subvertir el orden establecido por los sistemas de poder. Mientras me conducían a las cámaras de tortura del Departamento de Orden Político (DOP), no pensaba en otra cosa que en fugarme, aunque tenía las manos amarradas a la espalda y el cañón de una pistola apuntándome en la nuca. Esa tarde, bajo un cielo que se mostraba tímido entre las nubes, pude confirmar la siguiente tesis: la primera idea que se apodera del preso es la de evadirse de sus captores, de escabullirse entre el tumulto o de esfumarse como si a uno se lo tragara la tierra, sobre todo, si éste está consciente de que sus verdugos lo someterán a torturas físicas y morales. Cuando me dejaron en una celda solitaria, todavía encapuchado y maniatado, tenía el cuerpo lleno de hematomas y sangre. El lugar apestaba a humedad absorbente y por los resquicios de la ventanilla se filtraba una luz semejante a la raspa del pecado. Durante días y noches, no muy lejos de mi celda, escuchaba una descarga de golpes y alaridos, y en las paredes del pecho los violentos latidos de mi corazón.

Al cabo de una semana, mientras recordaba la historia del príncipe feliz, quien quiso regalar sus ojos a los pobres creyendo que eran rubíes, un compañero de cautiverio, cuya mano y rostro podían ser de cualquier preso, dejó caer por la ventanilla un libro de Cortázar y una cajetilla de cigarrillos. Así aprendí a conocer a ese personaje, sin voz ni rostro, llamado «solidaridad».

Días después, apenas desperté de una horrible pesadilla, otros presos entraron en mi celda, precedidos por una luz que de súbito invadió las penumbras. Uno de ellos, bigotes espesos y mirada penetrante, se detuvo cerca de mi rostro, cortándome la luz hiriente que cegaba mis ojos. Al verme tendido de bruces, sobre una payasa de paja brava, me sentó y arrimó contra la pared; un acto que, además de demostrar el coraje civil de la solidaridad, me bastó para comprender que no estaba solo, sino entre compañeros que compartían mi destino. Allí permanecí, sentado y arrimado, sin poder aventurar una pregunta ni poder sostener la mirada, pero sintiendo una profunda alegría interior. Me tranquilizaba el hecho de encontrarme entre quienes asumían con dignidad su condición de presos políticos y, consiguientemente, de opositores al régimen dictatorial, que censuró la libertad de prensa y prohibió el fuero sindical.

En la cárcel aprendí que la palabra «solidaridad» de otro preso era la solidaridad personificada, algo que daba ahínco y ganas de aferrarse a la vida, pues hasta entonces nunca había imaginado que algunas acciones podían ser más significativas que el vacío de las palabras, o que las palabras pudiesen cobrar tanta fuerza en circunstancias en las cuales no se escuchaba más que la voz del carcelero, cuya presencia, asociada a las brutales torturas, me provocaba la extraña sensación de que el mundo se hundía a mis pies.

El tiempo que pasé detrás de los barrotes de la cárcel, recobrando mis fuerzas y recordando el vértigo de mi adolescencia en los centros mineros de Siglo XX y Llallagua, me sirvió para constatar que la solidaridad, al igual que la libertad de acción y de expresión, es el tesoro más preciado al cual deben de aspirar los humanos, ya que la solidaridad, a pesar de ser tan antigua como el mismo hombre, jamás ha dejado de ser uno de los ideales más grandes de todos los tiempos.

Esta lección, quizá irrelevante para algunos, tuvo un profundo significado para mí, puesto que estando en la cárcel -mi primera gran escuela- encontré el verdadero significado de la solidaridad, como el ciego encuentra la luz en medio de las tinieblas.