(Pregunta Gleyzer a un campesino) - Adónde llevas esa leña?

- La llevo a San Cristóbal, a comprar un poco de salvo, de maíz, de chicharrón.

(Otro testimonio) - No sabemos hablar, no sabemos escribir, no sabemos preguntar (...).

Subhombres, borrachos del alcohol blanco, los indígenas forman parte del gran grupo de marginales que no tienen nada. Once millones de mexicanos no come pan de trigo, nueve millones no come carne, pescado, pan, leche, huevos. Ocho millones usan sandalias, cinco millones andan descalzos. Veintitrés millones viven en casas de adobe o madera y no tienen cuartos de baño ni agua corriente. (...)

El control que ejerce el PRI es total. Esta multitud de campesinos son arrastrados a los mitines del partido en camiones oficiales. No tiene la menor oportunidad de negarse. Controlada la prensa y la información cualquier agitación en el campo es reprimida brutalmente en el silencio más absoluto. El campesino se dice a sí mismo: "por una pinches elecciones, yo no me voy a quedar sin trabajo. De todos modos el PRI va a ganar". El partido que ha hecho de la revolución una institución firme e inamovible llega a los lugares más apartados del país.

Una vez cada seis años, próximas las elecciones, llega el partido y monta la farsa para recibir al candidato. Consigue la comida, la cerveza, la orquesta y empapela la aldea con retratos de un hombre que jamás han visto y que será el diputado por la aldea. El PRI tiene creada la ideología de la pancarta. La pancarta representa la posibilidad de ser visto cuando llegue el candidato. Tal vez mañana el cacique político le diga: "Has estado bien Fernández, te vi levantar la pancarta". Al que no va lo combaten, lo segregan. Ese hombre, que no está organizado ni tiene una ideología que sustente su existencia vuelve al redil. (...) El que está recibe un cuaderno, el que no está no recibe nada. El largo brazo del PRI llega hasta la choza más humilde".

# Fragmento del guión de “México, la revolución congelada”, filmada entre 1970 y 1971.