“Acción nace, y no casualmente, en los prolegómenos del golpe del 66, que entre sus objetivos planteaba borrar del escenario nacional un cooperativismo en ascenso. Nace entonces en defensa del cooperativismo y del país, sin embargo, esa fuerte carga doctrinaria no le impidió, a contrapelo de publicaciones tradicionales del sector, volcarse de lleno a las formas periodísticas más renovadoras”, explica Gómez.

“El periódico siempre consideró a los destinatarios no solo como asociados a una cooperativa con sus intereses específicos sino también como ciudadanos ávidos de información en todos los órdenes de la vida nacional. Para nosotros –asegura– los lectores nunca fueron pasivos consumidores de actividades internas del movimiento, intentamos que el periódico, al mismo tiempo que profundizaba su rol de vocero reivindicativo, potenciara su despliegue informativo y analítico”.

– ¿Cómo definiría los rasgos esenciales de ese proyecto periodístico?

– La alternatividad es parte de nuestra naturaleza. Cuando se fundó el periódico no existía el concepto de prensa alternativa, menos aun contrahegemónica, no obstante, creo que de algún modo transitamos ese camino con la mejor guía: las ideas de transformación social que impulsa el movimiento cooperativo liderado por el Instituto Movilizador.

Estoy convencido de que no hay democracia informativa sin democracia económica, tal como se dijo en un pasado Congreso Mundial de Periodistas, y nosotros tenemos el privilegio de pertenecer a un movimiento que nuclea entidades que son autenticas células de democracia política y económica. Acción procuró siempre dar resonancia mediática a ese universo, sin apartarse de su línea fundacional, involucrándose en cada una de las luchas sostenidas por el IMFC desde sus primeras décadas de existencia y participando de manera creciente en la batalla de las ideas.

– ¿Cuáles son, a su juicio, los cambios sustanciales del escenario mediático en estos cuarenta años?

- Con la propiedad de los medios concentrándose en las manos de muy pocos, un posicionamiento crítico frente al mensaje de los medios se convierte en un componente necesario de la democracia. Hoy los medios distan de ser independientes –no sé si alguna vez lo fueron–, pero no tengo dudas de que cada vez más son parte constitutiva del poder dominante, y a su vez, pierden credibilidad. Su política informativa está guiada por los intereses de la concentración económica, del establishment del cual son activos integrantes.

Este es el gran cambio operado en las últimas décadas siguiendo un proceso global. Si hace 20 años 50 corporaciones mediáticas dominaban la comunicación mundial, hoy apenas son diez, y una de ellas, propiedad del magnate Rupert Murdoch, es leída, vista y escuchada por 3.000 millones de personas. En nuestro país, un puñado de holdings se lleva la parte del león, maneja los canales de aire de Buenos Aires, la mayor parte de los del interior, las tres mayores redes de televisión por cable, los diarios y revistas de mayor tirada, la telefonía fija y móvil, la conexión a Internet y la televisión satelital.

Mientras las grandes empresas sigan diseñando las políticas económicas, moldeando la información de masas y manejando las industrias culturales, será muy difícil instalar cambios de fondo en la sociedad. En general, los medios estimulan el consumismo y banalizan la información, su política editorial está emparentada con intereses que tienen que ver más con cuestiones de mercado que con el rigor periodístico.

Ni los protagonistas de la economía social ni los nuevos sujetos que irrumpen en el panorama social suelen ocupar el escenario mediático. Por eso, la voz propia, como desde hace cuarenta años lo viene demostrando Acción, se transforma en un elemento clave. Sin voz propia esos nuevos sujetos sociales corren el riesgo, como viene sucediendo, de ser ninguneados y, en todo caso, presentados solo como generadores de conflicto, nunca como portadores de un nuevo proyecto social.

# Revista Acción 951.